3/4/12

Las virtudes de la verosimilitud

El que sigue es el relato de una serie de circunstancias ocurridas en una reunión entre compañeros del trabajo la noche del 19 al 20 de marzo del 2011.
Esto puede llegar a ser gracioso para aquellos que hayan pasado por idéntica experiencia.
No me refiero a la repetición ominosa en tiempo y espacio, sino la de estar absolutamente reventados, dados vuelta en algún momento de sus vidas y que, como se dice comúnmente, los hayan “tomado de punto”.
Con menos suerte tendrá gracia para algunos de los partícipes de esa tertulia que aún conserven siquiera un escaso estado de lucidez producto de la sinapsis de un grupo de neuronas sobrevivientes en grado variable en la cabeza de cada uno acorde a un estado general que dejo la libertad de imaginar.
Con menos suerte aún lo que cuento continúa siendo gracioso sólo para mí. Hecho que no es malo en sí, pero, si este intento de dar cuenta de las virtudes de la verosimilitud a partir de una serie de circunstancias no genera al menos fastidio en quien esto leyese, es factible que mi risa pase a ser grave objeto de preocupación para mi analista y mi psiquiatra.
Bueno, ahí va. Sino esto terminará siendo una pésima imitación de “El museo de la novela eterna”.

Hinchazón

He bajado de peso en el último tiempo. Estar depre y tomar merca es someterse a un ejercicio de subidas y bajadas con dos efectos: un progresivo e irreversible adelgazamiento intelectual y una marcada pérdida del apetito.

A pesar que lo autobiográfico tiende a aburrir en cualquier relato, vale aclarar que a lo antedicho se suma el hecho de que vaya a saber porqué motivos mi exceso de peso  ha sido siempre inversamente proporcional al transcurso de los años.

Tengo casi 42. A los 60 presumiblemente tendré el peso que se idealiza es bueno tener a los 20 y pico.

Pensarán ustedes que podría ponerme a dieta en vez de abandonarme a esta ecuación corporal efectiva pero inútil en términos de salud y estética. Pero mi estructura psíquica funciona, creo, como la de aquellos que consciente o inconscientemente se consideran inmortales.

No es oportuno detenerme a pensar otros motivos que puedan servirles de respuesta.

La referencia a la inmortalidad se me ocurre porque ponerme a dieta o dejar de fumar es algo que prefiero no dejar para mañana si puedo postergarlo indefinidamente.

Pero volvamos a la reunión.

Estaba parada en el lado opuesto de una mesa donde se ubicaban cuatro mujeres a quienes les llamó la atención poderosa y burlonamente el volumen de mi panza que mi remera de modal colaboraba en destacar.

Indecorosamente exhibo mi ombligo. No recuerdo haber tenido una actitud semejante de impudor antes. Valoración que podrías lector considerar exagerada. Pero a veces se vive como una especie de fantasma y el amor y/o el dolor posibilitan la experiencia de la corporeidad. No la mera materialidad, sino la maravilla donde el amor tiene sustancia: sabor, tacto, olor. La delicia material de mirar. La felicidad de la resurrección a una muerte instantánea. El dolor puede llegar a ser más triste cuando locamente se transforma en la forma que el amor asume para poder existir.


Exhibir el ombligo era, el todo por la parte de una absoluta desnudez. El extremo hundido de un gesto de obscenidad a partir del cual argumento una primera aplicación fisiológica a mis sorprendidas observadoras.

Recurro al recuerdo de una experiencia posiblemente común que suele constituir un golpe terrible para la autoestima femenina. Pregunto: ¿les paso alguna vez que hayan pretendido cederles el asiento en un transporte público por considerarlas embarazadas sin estarlo? Situación generadora de una espantosa mirada autorreferencial sobre una posible gordura que en la modernidad es socialmente vergonzante. Hasta la más delgada afirma haber pasado por la experiencia y se suma al coro de risas desatado.

Verosímil es el modo en que se manifiesta lo verdadero. No debemos reducirlo a una mera semejanza o similitud. Suspende la duda, como decía Borges que Coleridge decía.

Nos vuelve crédulos y nos hace soportables cualquier experiencia por más cruel que sea, porque lo verdadero es vivido en el orden de lo meramente posible. Es el fundamento de la magia y en mi explicación el disipador del espanto de esa mirada autorreferencial sobre la obesidad.

Recuerdo entonces de una experiencia común donde la condenada gordura queda disculpada por la confusión. Risas.

(Risas).
Pero las cosas no terminan allí. Vaya a saber cuál de todas las porquerías que tomé tuvo efecto diurético.

La cuestión es que, al cabo de un rato, la casualidad me ubica en el punto de observación anterior y la pérdida de mi voluminosidad abdominal es objeto de una nueva sorpresa hilarante en mis congéneres.
En vano doy una segunda explicación fisiológica: fui a hacer pis, y agrego que en reuniones así uno bebe entreteniéndose en multiplicidad de boludeces que postergan hasta límites igualmente increíbles las necesidades urinarias. Pero mis explicaciones no disipan las inquietantes burlas. Lo que me lleva a exponer una tercera explicación: les confieso (seria) haber sufrido un aborto espontáneo.

Ah, ¡que fascinante! ¡La suprema virtud de lo verosímil capaz de hacernos creer en la más inconcebible de las posibilidades!

La verosimilitud tranquiliza, aún si su fundamento linda con el horror. Es liberadora. Absolutamente. Tanto así, que lejos ya de tener que argumentar nuevas explicaciones frente a inquisitivas miradas, salí divertida al bacón a disfrutar de un pucho, mientras adentro debatían en la búsqueda de un karaoke para cantar.

Silvia Jacobi



3 comentarios:

  1. como siempre, la afinada mirada de silvia nos cachetea con baño sin velos. Aguda mirada, y precisa escritura borgiana. Un gusto leerte.

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    1. silvia jacobi7/4/12 11:54

      Gracias. Creo Borges agradecería el elogio de ser precursor de un estilo de escritura :se mandaría una ironía humilde al respecto. Yo agradezco que lo reconozcas como uno de mis precursores.
      Cariños.
      Sil

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  2. silvia jacobi18/7/12 19:20

    soy de los salieris de Charly!

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