30/5/12

Matemos al monstruo

Algunas reflexiones a propósito del siguiente acontecimiento periodístico:

http://www.clarin.com/policiales/crimenes/mate-hijo-monstruo-convirtio_0_673132795.html




"Ud. hizo todo lo que era posible"

Si, tal vez, pero si hubiera hecho todo, mi hijo estaría vivo.

La presión de los medios –una vez más- se engolosina con la producción de un "otro" (adicto al paco) que no reviste características humanas, sino la de un aberrante extraño, que en función de su adicción, puede cometer cualquier tipo de ilícito (por lo pronto consumir esa sustancia diabólica -paco, cocaína, marihuana o cualquier sustancia distorsiva que lo convierta en antisocial-).
Con ese criterio, en el mejor de los casos va a tramitar su posible condena (jurídica), por otra pena disfrazada de bondadosa opción: un “tratamiento” que esconde obligaciones y sometimientos de toda índole: un cambio de la categoría “delincuente” a “enfermo”, sin más trámite, pero con idénticas características de desposeimiento de su voluntad, desconocimiento de su palabra, compulsión sin réplica, castigos por nimiedades, confusión de prolijidades externas (orden, limpieza, tareas subalternas, etc.) y ausencia de consciencia; u ordenamientos tales como los tratamientos de "chaleco químico", codificados e inducidos -en sentido alienante- por la ciencia y el "saber médico". Orden voluntario de aquellos que pasaron por la experiencia, se “salvaron y por lo tanto están habilitados para “curar” esta curiosa enfermedad que solamente los que la padecieron, pueden tratar...

Y esto se hace (ante la ausencia de palabras y conocimientos específicos) a través de órdenes, conductas visibles buenas, pulcritud, aseo y demás yerbas, que poco hacen a cambios trascendentes o de posición interrogante que permita resolver la actitud de consumo compulsivo y hecho esto  desde el criterio abstencionista, que pretende la falta de consumo como condición básica para la recuperación del usuario-. Esto es, cero reconocimiento a las condiciones de mínima autonomía del usuario. Y a pesar que se lo pueda considerar “paciente” en realidad se lo considera simplemente no autonómico, dejándolo en situación de cumplimiento de órdenes personales y de directivas colectivas de todo tipo.

Ese es el panorama para una persona que meramente consume, que en tanto transgresor moral, prácticamente se le desconoce todo derecho. Y eso se traslada casi sin transición a las formas de la mayoría de los tratamientos. Si esto es así, para los sistemas que se ocupan de los supuestos tratamientos desde la lógica moralista, imaginemos el posicionamiento y los comentarios inductores en apoyo del discurso oficial (el incorporado en sustancias, informes profesionales, informativos periodísticos, comentarios de “especialistas”, etc.). Discurso oficial -no de gobierno, sino del supuesto “deber ser” sobre el comportamiento social esperado- que y básicamente es un discurso de inclusión (el no consumo) y de exclusión (los consumos de sustancias) que usualmente ya tiene asignación previa sobre una supuesta peligrosidad, esto es: pobres, marginados, pobladores de asentamientos, personas pertenecientes a grupos “inadecuados” políticamente, artistas, bohemios, distintas pertenencias socialmente mal vistas, etc.
De forma que el daño, el problema de las drogas -la cuestión de las drogas y otras aseveraciones semejantes- por lo general está apuntalado por un discurso normativo de exclusiones anticipadas, que quiere controlarlo. Para eso y frecuentemente se usa ese discurso absurdo de la "peligrosidad" (y nada más) que puede llegar a crear al “monstruo” y usarlo de alivia conciencia y disculpador de todos los abandonos previos y actuales frente a todo el cuerpo social.  Obviamente quienes son "señaladores habituales" también son los que poco o nada se interesan por los derechos y déficits del resto de la ciudadanía.  

Alberto Calabrese




28/5/12

Mujer inmensa

(Poema escrito el 1 de diciembre de 2008)




Mujer inmensa… torre blanca y posesiva… no agaches la mirada, mi vientre te regala mi temblor más ciudadano... belleza silenciosa, inmejorable sueño de gigantes… tu cuerpo es mi semilla, mis pistilos… mi tallo a sangre viva… mi fotosíntesis… tu cuerpo es el sendero luminoso de mi obstinada religión sin nombre.
Mujer inmensa… torre blanca y posesiva… reliquia de mis huellas del pasado, vorágine futura del ciempiés.  Camino por tu fiebre… me jacto del calor de tu contacto… me río sin espejos que me escuchen, me muerdo en tus palabras y discursos… no sé cómo decirlo… no sé si debo hacerlo… tu cuerpo es Dios.
Mujer inmensa… torre blanca y posesiva… me duele hablar de un todo sin tu ausencia, me arañan la vergüenza y los rebaños… la paz es tu esencia virginal, tu sal desesperada, tu cansancio… falacia de los mares que se acaban… vapores de los sueños que despiertan… me caigo de ese toldo que me apaña… y vuelvo a ver tu cuerpo en mis demonios…
Mujer inmensa… torre blanca y posesiva… fetiche pretensioso de las almas… te veo en cada instante, en cada sombra… te busco en cien excusas… no sé mentir tu voz en mi garganta… no puedo con el pan de cada día, no puedo convencerlos si me faltas… tu cuerpo es mi templanza, mi optimismo… tu lluvia mi promesa de después…
Mujer inmensa… torre blanca y posesiva…  te quiero como quieren los poetas… te pierdo como pierden los que dan... mujer inmensa… libertad...
Maximiliano Postay







22/5/12

Feminismo Punitivo

Crónica de una actitud inexplicable.

A propósito de la incorporación del “Feminicidio” a nuestro Código Penal

(Nota originalmente publicada el día 16 de mayo de 2012 en www.asuntosdelsur.org)

El pasado miércoles 18 de abril del corriente año la Honorable Cámara de Diputados de mi país, Argentina, otorgó media sanción al proyecto de ley que incorpora la figura del “feminicidio” a nuestro Código Penal. Por unanimidad y tomando en consideración unos quince proyectos de similares características, más de doscientos legisladores de  bloques de las más diversas orientaciones ideológicas acordaron -sin mayores contrapuntos- sumarle una línea más a nuestra de por sí extensa legislación punitiva.

Lo que no logra casi ninguna temática lo hace -sin esfuerzo alguno- el derecho penal. Todo un dato para aquellos que descreemos por completo que el derecho penal tenga alguna utilidad positiva. El derecho penal parecería ser por estos días una insignia infalible a la hora de consolidar el proceso de “unidad nacional” por el que muchos abogan. Ironías al margen, y más allá de no ser esta la primera vez que nuestros legisladores actúan en esta dirección, no puedo dejar de ver lo sucedido con sincero desconcierto.
Políticos profesionales, con la venia de sus seguidores partidarios y buena parte de las agrupaciones de derechos humanos vinculadas a la  problemática de la “violencia de género” o en particular la “violencia contra las mujeres”, desde la celebración de medidas como la citada no sólo insisten en intentar resolver conflictos sociales desde el derecho penal –obsoleto por definición a  tal efecto- sino que también reivindican en forma contradictoria y muy difícil de explicar un instrumento históricamente misógino. El sistema penal, patriarcal por excelencia, lejos de ser una solución a la violencia contra las mujeres, sin duda alguna puede identificarse incluso como una de sus causas.
La violencia de género manifestada contra las mujeres responde a elementos estructurales. El hecho que explica la violencia de los hombres contra las mujeres en el marco de lo que podría denominarse también “violencia patriarcal” no son las características biológicas de unos y otras sino las variables socio-culturales asociadas.



El “Dios Hombre” de las principales religiones monoteístas; la razón masculina de la Atenas de Sócrates, Platón y Aristóteles; la supuesta debilidad corporal de las mujeres en comparación con “el macho musculoso”; la muchas veces arbitraria distribución de las tareas laborales; la utilización del “masculino” como artículo genérico a la hora de clasificar conjuntos integrados simultáneamente por mujeres y hombres; y un sinfín de factores históricos, culturales, políticos, científicos, lingüísticos, epistemológicos, etc. contribuyeron durante siglos a la edificación del estado de situación presente.

El sistema penal moderno, aquel que irrumpe en el siglo XIII d.c., con la santa inquisición como baluarte máximo -en sintonía con los ejemplos enumerados- tuvo desde su génesis un encono muy particular con las mujeres.  La irremediable asociación entre castigo, persecución, tortura, confesión, delito y pecado y el por entonces naturalizado rol de la Iglesia Católica como principal órgano de justificación ideológica de la persecución criminal premeditada e institucionalizada, explica de por sí esta peculiaridad.
La mujer fue por aquellos años “enemigo” declarado del “buen orden” que el sistema penal pretendía mantener indemne. “Bruja”, “genéticamente más débil que el hombre frente a las tentaciones demoníacas”, “culpable del pecado original” y/o “habitual partícipe de orgías y cofradías perversas”. Los manuales criminológicos de entonces y el imaginario socio-cultural de la época hacían referencia en estos términos a las representantes del sexo femenino.

Sumamente ilustrativo, en concordancia con lo dicho, es el modo en el que los monjes dominicos Jabobo Sprenger y Heinrich Kraemer, en su célebre obra “El martillo de las brujas” catalogan a las mujeres. Este libro publicado por primera vez en Alemania en 1486, enuncia en sus páginas frases como estas: “Dado que son débiles en las fuerzas del cuerpo y del alma, no es extraño que pretendan embrujar a aquellos a quienes detestan”;[1] “La voz: mentirosa por naturaleza lo es en su lenguaje, pues pica encantando. De donde la voz de las mujeres es comparada al canto de las sirenas, que por su dulce melodía atraen a los que pasan y los matan”;[2] “Una mujer que llora engaña: hay dos géneros de lágrimas en los ojos de las mujeres: unas para el dolor otras para la insidia. Una mujer que piensa sola, piensa mal”.[3]


Pero no todo es medieval y lejano si de misoginia punitiva se trata. Varios siglos más tarde, ya con la cárcel consolidada como instrumento de castigo generalizado, en pleno auge de la revolución industrial y en el marco del desarrollo teórico-práctico de la criminología positivista lombrosiana, “la donna delinquente”, cometería -según los principales expertos de esta tradición- delitos “no por mala, sino por loca”, reproduciendo de esta manera -con apenas sutiles variantes- la representación modular de la mujer como sujeto débil mental, maleable y con notoria permeabilidad a las influencias del medio ambiente. Su desviación no es genética –como en el caso de los hombres y sus delatoras fisonomías craneanas-, sino cultural. Su gravísimo error: no responder al estereotipo de “buena madre” y “buena esposa” que todas y cada una de las mujeres debe seguir con vehemencia y sumisión.
La cárcel en consecuencia tendrá como objetivo primordial reconciliar a la mujer con los valores cuya “vocación delincuencial” hizo perder de vista. La cárcel intentará reencontrar a “la mujer delincuente” con las características que “la mujer no delincuente” tiene en el ámbito extra-carcelario.

Lamentablemente por más arcaico que hoy suene, el positivismo referenciado se encuentra en nuestros días ciento por ciento vigente. La tendencia de los centros penitenciarios a reforzar la asistencia psicológica de las reclusas con mucha mayor facilidad que en el caso de sus pares hombres y la cantidad de pastillas “psiquiátricas” que las mujeres suelen recibir en su estadía en la cárcel así lo confirman.

Paréntesis mental: ¿Explicará esto tal vez la habitual tendencia de insultar a las mujeres diciéndole “locas de mierda” y la casi nula utilización de descalificaciones tales para los hombres? ¿Explicará esto la manera simpática –y no tanto- con la que algunos maridos hacen referencia a sus mujeres diciéndoles “bruja”, “ja-bru” o similares? Quizás. Puede ser. Pienso en voz alta, cierro paréntesis e impulso una pregunta: Atento lo dicho, ¿resulta razonable recurrir a un sistema que históricamente vapuleó a la mujer, para defenderla? Intuyo que no.




Asimismo cabe la realización de algunas consideraciones adicionales, más allá de los condicionamientos históricos referidos.  Si el derecho penal de por sí no sirve para nada, menos aún lo hace si se trata de resolver este tipo de problemáticas eminentemente socio-culturales. Carece de poder simbólico, potencialidad disuasoria y/o intimidante. Dicho en otros términos: el hombre no va a dejar de golpear a la mujer porque el Código Penal diga que su conducta merece un castigo de 5 o 100 años de prisión.  En este sentido la actitud festiva, lúdica y efervescente de los diputados, los militantes pro-derechos humanos y principalmente las activistas feministas, minutos después de la sesión a la que hice referencia en el párrafo primero, resulta cuanto menos sorprendente.

El encierro, consecuencia inercial de la puesta en marcha del aparato represivo, suele ser la más fácil de todas las respuestas posibles frente al conflicto social. Lamentablemente cuando los diferentes actores políticos no saben qué hacer frente a una “problemática x” recurren a él compulsivamente, demostrando que la “imaginación no punitiva” no es su fuerte. El encierro agrava el conflicto que  desde el Estado es regulado desde su implementación, haciendo que su universo particular repercuta en la sociedad en su conjunto multiplicado unas cuantas veces. La cárcel genera la violencia social que a través de ella el legislador pretende atemperar. Esto hay que decirlo sin eufemismos.

Finalmente me permito cerrar mi comentario con el enunciado de una convicción: a la violencia contra las mujeres se la combate cuestionando radicalmente todas las estructuras socio-culturales que la motivan, toleran y promueven. El aparato represivo sin duda alguna pertenece a este repudiable elenco. A la violencia contra las mujeres, entonces, también se la combate luchando por la desaparición definitiva del sistema penal.

Maximiliano Postay



  






[1] Kraemer, H. y Sprenger, J., Malleus Malleficarum, Felmar, Madrid, 1976, p. 101
[2] Ibídem, p. 105
[3] Ibídem, p. 100

19/5/12

Encerrada


Una militante. Un sueño ficcional. Una conversión. El discurso metafórico de lo político. La realidad puesta en crisis. Interpretación infinita. Desde LTF se agradecen enormemente intervenciones como esta. Multiplicar. De eso se trata...


Tengo la idea (acertada o no) que todos tenemos sueños recurrentes. El mío siempre fue “la ola gigante”, o lo que deviene de un tsunami.

Nunca lo llevé a terapia, tal vez deba hacerlo.

Ayer, sin embargo, soñé otra cosa. Algo diferente, o no tanto. Soñé que estaba presa.

Sé que uno cuenta los sueños como los recuerda, y que como no recuerda muchas cosas, agrega otras, por lo tanto, lo que escriba desde aquí en adelante será un relato a partir de mi sueño, y no mi sueño en sí –seguramente debido al estado (¿casi?) inconsciente en el que nos encontramos mientras dormimos.

Juro por…no, por nada… pero juro que puedo sentir los olores aún.

Los conozco, pero anoche eran más fuertes. Esos olores grises.

Yo estaba sola, en una celda, que era parte de un pabellón, que era parte de una cárcel, donde no había nadie. Ni siquiera guardias.

Era muy raro. No había hacinamiento, no había represión visible, pero sin embargo estaba encerrada.

Se sentía la humedad del ambiente, los olores –insisto con esto- me envolvían, y me repugnaban bastante. Mi sueño fue solo esa imagen.         

Yo estaba inmóvil, sentada, pensando, no sé en qué. Sola. No tenía un libro, no tenía comida, en ningún momento fui al baño. Estaba sentada en una cama sobre una frazada que si bien no tenía contacto directo con mi cuerpo, estoy segura que me causaba picazón, o al menos algún tipo de molestia.



Hacía frío, yo lo sentía, pero no me quejaba (¿ante quién?). No sé qué ropa llevaba puesta, pero estaba vestida. Pero igual tenía frío. Cada tanto me agarraba la cabeza con las dos manos, en un gesto de desesperación. Y seguía sola. Nada cambiaba, nada se movía, ni siquiera yo.

Había una ventana con rejas en la parte superior de esta celda que parecía tener muchísimos metros de altura. Seguramente si lograba asomarme de alguna forma vería la luna, las estrellas, el paisaje alrededor. Aunque seguramente era una noche nublada.

Más allá de todo eso, lo que más me impactó, fue una intensa sensación de INCERTIDUMBRE. No ver el final de esta situación, haberme convertido en una imagen, en algo inmóvil.  Profundo temor, si estamos inmóviles, estamos muertos.

Esa incertidumbre permeable sólo por la soledad, me hacía perder algunos sentidos, los innecesarios para esa situación.

Ya no importaba que siguiera viendo porque no había nada, pero sobre todo nadie para ver. Sin embargo los olores –otra vez- se esparcieron a lo largo de todo el proceso, proporcionalmente a la desaparición de la vista. No más.

Yo lo entiendo. Me interpela, como me interpeló aquella escena casi final de El Secreto de sus Ojos. "Al menos digale que me hable". Cada vez que comento esa película con alguien, recuerdo esa línea y comprendo que no a todos les generó lo que a mí. Sudor en mis manos y calor asfixiante principalmente en mi cabeza y en mi cara.

Eso me provoca el silenciio. No es fácil soportarlo. No es fácil escucharlo, y entregarlo tampoco.

Si bien yo me encontraba en una celda, estoy segura que este sueño vino a decirme que se puede estar preso de muchas maneras, de muchas cosas, en muchos lugares, de muchas ideas, y de muchas personas.

Yo creía que cuando uno recuerda sus sueños es porque no descansó bien, pero alguien me dijo que no. Aparentemente, cuando los recordamos es porque "se logró levantar la barrera represiva del inconsciente que suele dejarlos en el olvido".

Creo que eso me ocurrió anoche. Por suerte desperté.
F.P.L (Evey)




12/5/12

La realidad que pocos conocen y muchos ocultan

Testimonio desde adentro de los muros. Un compañero, integrante de LTF, actualmente privado de su libertad, comparte con nosotros alguna de sus principales inquietudes. Ejercicio militante. La "voz propia" como mecanismo anti-invisibilización.


 
Con estas breves líneas quiero acercarles a ustedes una somera visión de la “Problemática Carcelaria” que se está viviendo hoy en día en las cárceles de la provincia de Buenos Aires.
Me considero una persona idónea para hablar de este tema no por poseer algún título académico o por haber hecho algún estudio específico, sino porque he vivido y padecido en carne propia las falencias del sistema carcelario en diferentes unidades de la provincia de Buenos Aires, y todavía hoy las sigo padeciendo.

Hoy en día me encuentro detenido en una de las tantas Unidades Penales que posee el S.P.B. (Servicio Penitenciario Bonaerense).  En estas múltiples Unidades las falencias del sistema quedan en total evidencia, con el sólo hecho de visitarlas y conversar con sus habitantes diarios (nosotros, los detenidos).

En las diferentes cárceles bonaerenses hay una larguísima lista de problemas, en algunas se manifiestan con mayor gravedad y en otras con menos, pero en sí todas comparten un denominador común: la mala administración de los presupuestos recibidos por parte del estado, la falta de capacitación de los agentes penitenciarios, la superpoblación de las Unidades, la falta de asesoramiento jurídico por parte de un profesional idóneo, etc. 
En la provincia de Buenos Aires el S.P.B. recibe aproximadamente $ 5000 mensuales por cada persona detenida. En esa suma de dinero, va incluido todo lo que se refiere a comida, salud, educación, trabajo, higiene y alojamiento.




Dicho esto, vienen a mi cabeza cuestionamientos y preguntas que hasta el día de hoy no tienen respuesta.  En realidad desde el lugar en el que me toca estar trato de hallar una solución para los cientos de problemas o quizás miles que se pueden encontrar en el sistema penitenciario actual, pero sinceramente no puedo hacerlo.

No entiendo, por ejemplo, porqué una persona detenida que trabaja en alguna de las áreas laborales en contexto de encierro percibe un sueldo que no supera los $ 60 mensuales, siendo éste uno de los pagos más elevados en la escala de remuneraciones, sin mencionar que esos $ 60 se dividen en tres partes (fondo del penado o procesado 50%, ayuda familiar 25%, uso personal 25%) quedando sólo para el detenido la posibilidad de utilizar el saldo que tenga en su uso personal.
No entiendo porqué las condiciones de alojamiento de algunas unidades son inhumanas, tanto en pabellones que superan hasta en un 40% su capacidad de alojamiento, como también en pabellones de aislamiento o alojamiento transitorio, siendo estos últimos los que en peores condiciones se encuentran.

No entiendo porqué los agentes penitenciarios, que son los encargados de velar por la seguridad (tanto física como psicológica) de los detenidos, para que reciban supuestamente durante su condena un adecuado tratamiento que los ayude en su egreso, a reinsertarse en la sociedad, cometen delitos iguales o peores de los que cometieron las personas sometidas a su custodia y nadie haga nada al respecto.



No entiendo porqué en muchas unidades se pasa hambre cuando se recibe por cada detenido una suma de dinero que sobradamente alcanza para su adecuada alimentación. No sé porqué en muchas unidades la atención médica es insuficiente o inexistente en muchos casos. No sé porque en muchas unidades un justo reclamo puede desencadenar una terrible golpiza o puede activar un mecanismo de coacción como lo es el traslado arbitrario e indiscriminado de un detenido.

Sinceramente hay muchas cosas que trato de entender, pero no encuentro la manera de interpretarlas y encontrarles una lógica y una razón. No sé si ustedes pueden explicarme bien que es lo que pasa y responder alguna de mis preguntas. Hace 8 años y 8 meses que conozco y vivo estas deficiencias, y siempre esperé que esto cambie, pero lamentablemente cada día que pasa todo empeora un poco más.
La cárcel no sirve para nada, no educa a nadie, no mejora a nadie, no inserta en la sociedad a nadie, produce en el detenido el efecto contrario, y sólo sirve para generar más odio y violencia. A mi entender, la cárcel no soluciona ningún problema, al contrario, lo oculta por un tiempo y lo agrava cada día más.

L.M.C.





5/5/12

¿Dónde está mi nombre?


Búsqueda, redención, encuentro y Pachamama.

A modo de grito un fiscal chileno, integrante de LTF, comparte con nosotros la siguiente reflexión:

Se perdió el nombre del hombre y mujer y en su reemplazo encontraremos números, estadísticas, porcentajes, cálculos, comunicados, explicaciones, estándares… ¿Dónde está mi nombre y mi apellido, mi memoria, mi barrio, mi gente en las proyecciones del FMI, del Banco Mundial, del BCUE, de Bruselas, de Wall Street?

Parece ser que es una pregunta que debiésemos hacernos todos y cada uno para reflotar la realidad real; poco o nada me aporta o me sirve un PIB del 1000%, o una tasa comercial de iguales éxitos si mi madre no tiene acceso a un dentista o mi vecino no puede paliar el dolor del cáncer que lo consume… o si sus hijos reciben una educación tan mediocre que les impide romper el cerco del entramado neoliberal que los relega al último vagón de este tren putrefacto… o si no tienen plazas de juego para jugar como niños que son.

A diario, subliminalmente, nos invitan a ser parte, a no cuestionar el ser y a convertir en un deber ser el participar del modelo. ¡Y cómo no!, ¡Cómo oponerse  a algo tan evidentemente correcto! ¡Cómo no! Si ellos han sido quienes han salido vencedores.

Del camino crítico debiésemos salir. Somos simplemente dinosaurios amargados por pura ideología. Nuestra Némesis es tan amigable que nos permite abdicar de nuestro absurdo y adherir a su éxito. Entonces, ¿Por qué tanto quejumbroso en vez de exigir de otros –especialmente del Estado y de los poderosos- no se anima a emprender, a crear, a producir bienes y servicios?



Sobre todo si ya don capital mostró su fuerza al hacer caer el muro de Berlín y poner de rodillas a la URSS. Si ya don capital mostró ser mejor que el Estado de Bienestar llamado Welfare o New Deal, según la orilla del mar desde donde se mire.

Y ello no es gratis; es deber del vencedor humillar al vencido y someterlo… El vencedor impone sus términos y el vencido los obedece: es una regla…. Y he ahí que hoy en Grecia uno de cada cinco estén bajo la línea de la pobreza, que en España uno de cada cuatro no pueda trabajar y que uno de cada tres no sea capaz de solventar sus mínimas necesidades; he ahí que Italia, Portugal y en breve Francia -y quién sabe cuántos pueblos más- deban prontamente pagar el tributo ex-post de haberse atrevido en algún momento a desafiar los mandatos ideológicos de un poder tan incontestable –que antes pululó entre otras concepciones, pero que hoy no reconoce fronteras- que han convertido al mundo actual en un mero cálculo económico y que presionan a abandonar cualquier viso de humanidad de la arena cotidiana.

Pero, ¿Dónde está mi nombre y mi apellido, mi memoria, mi barrio, mi gente?

Es normal y querible que las personas emprendan y progresen. Es normal que los Estados desposeídos –como son los nuestros, los Latinoamericanos- entreguen sus aguas, sus fuentes de energía, sus minerales, sus bienes y servicios a privados que son más capaces y más eficientes para administrarlos y generar riquezas. Ello a nadie escandaliza; pero no es normal que un pueblo tome consciencia de su riqueza natural y actúe para retenerla o recuperarla. Ello sí escandaliza.

Escandaliza que Argentina quiera ser dueña de su propia producción de hidrocarburos, pero no que éstos hayan sido vendidos antes al mejor postor en desmedro de sus propios dueños: el pueblo argentino.

Escandalizó en su momento que el presidente Frei chilenizara el cobre en Chile y que luego, Allende, lo nacionalizara. Aquello nos costó un golpe de Estado y una dictadura brutal, genocida y torturadora de dos décadas… mientras, nunca provocó escándalo la vulgar intervención de la CIA en el país, ni la acumulación de productos de primera necesidad por parte de los poderosos en desmedro de los más urgidos.

Escandaliza Chávez con su discurso confrontacional; escandaliza Morales con su expropiación de una empresa eléctrica española… escandaliza en Chile que los estudiantes se enfrenten al poder conservador y reaccionario.



No escandaliza que las empresas multinacionales abusen de nuestras legislaciones febles  y acomodaticias –hechas en la mayor parte de los casos a medida- y que estén exentas o cuasi-exentas de tributos, que desangren a Latinoamérica hoy en día tal como lo venían haciendo sus antecesores –de otras layas- desde que el colonialismo intentó –o, derechamente lo hizo- erradicar a los hijos de la tierra que sometía para convertirlos o en súbditos, o en esclavos o en mercenarios.

Ya Galeano nos abrió los ojos con sus “Venas abiertas…”  ¿Cuánta más evidencia necesitamos?

Han pasado 500 años y poco ha cambiado. La alternativa es: o adherimos a esta forma de desangramiento que vampirísticamente nos vacía o tomamos el toro por las astas y nos decidimos a SER.

No somos estadounidenses, no somos europeos, no somos neoliberales, no somos esclavos ni súbditos; somos gente de la tierra, de la Pachamama, de la selva, del desierto, de la Patagonia. Desconozco el vínculo que pueda haber entre un Cherokee, un Garífuna, un Guaraní, un Mapuche o un Inca, pero sí estoy seguro que nuestros pasados, presentes y –ciertamente- futuros nada tienen que ver con esa “agenda oficial” de occidente que han tratado, tratan y tratarán de imponernos.

Probablemente no tengamos en nuestras tierras las respuestas o las soluciones a los conflictos de la modernidad, pero, al menos, tenemos el derecho a construir nuestro propio camino, a equivocarnos y a enmendar la ruta al interior de nuestras culturas, con nuestras formas, valijas y atavismos.

¿Dónde está mi nombre y mi apellido, mi memoria, mi barrio, mi gente?

Aquí mismo. En mi casa, en mi calle, en mis amigos y amigas, en mis parientes, en mis contactos, en mis  horas que son valiosas… Tan valiosas que son lo único que tengo, mi realidad, mi vida… y en la vida de otros seis mil millones de humanos más importantes, al fin y al cabo, más y mejores que cuanto tienen, cuanto producen o cuanto significan para los números que mezquinamente cuenta el capital.

Latinoamérica no es un territorio para los negocios de los poderosos, sino una tierra para el encuentro de los desposeídos, para los sueños reales, para el presente y el futuro.

Ya no tengo miedo ni vergüenza –de hecho, nunca los tuve-; hoy sé que nuestra cultura de la paz le lleva una ventaja incomparable a aquella beligerante que pretenden inocularnos.

Ivan Vidal Tamayo


3/5/12

Bien Común



                                                            “La familia es el manicomio disfrazado de buenas palabras. El manicomio es la institución familiar en su rígida desnudez”

Manifiesto antipsiquiatrico.

Ramón García


Vengo de una familia de obesos. Tristemente papá y luego mamá fallecieron jóvenes, y obesos.
En una de mis imprevistas y escasas visitas al "resto" de la familia (Yo he emigrado hace mucho por razones endogámicas que entenderán luego), Alejandro (cuñado) y Vanesa (hermana menor) me comentan con entusiasmo que junto con Patricia (hermana mayor y esposa de Alejandro) han emprendido una dieta familiar. Vanesa está desnutrida (hecho preocupante y desconcertante). ¿Colaboracionismo en pos de bajar de peso?
Siempre "la salud" en la familia ha sido preocupante, pero a dicha problemática se ha hecho "la vista gorda".
Lograron finalmente encontrar una nutricionista, comenta Alejandro, con mucho esfuerzo luego de la última y trágica experiencia, pues Vanesa acostumbra pedir en la obra social no el listado de profesionales sino "la carta".

Es de creer que este relato es metáfora de muchos vínculos de familia. Léase al respecto el cuento de Juan José Saer con título homónimo.

Silvia Jacobi