20/9/14

El germen de la violencia



El sistema penal reproduce violencias”.

Sí, eso lo sabemos todos aquellos que en alguna medida estamos “emparentados” con el sistema penal. Es más, incluso lo escuchamos en más de una oportunidad y si somos docentes, lo repetimos en las aulas.

Ahora bien, aquellos que formamos parte de sus “agencias punitivas”, sobre todo la judicial, policial o penitenciaria, muchas veces, nos imaginamos que esas violencias se reproducen hacia un “afuera”, es decir, hacia los “usuarios” del sistema penal.

La cárcel, la expropiación del conflicto, la construcción misma del concepto “delito”, son claros ejemplos que el sistema penal no solo descontextualiza los problemas, sino que también despersonifica a los sujetos, incluso borrándolos del mapa con la reclusión en una jaula o la desaparición de la victima como parte, convirtiéndola únicamente en un medio de prueba.

Pero lamentablemente, quienes estamos dentro de esta “máquina”, pocas veces reconocemos o nos damos cuenta, que el sistema penal primeramente produce las violencias hacia adentro, para después reproducirlas hacia fuera.

El germen de la violencia se encuentra en nuestra propia “casa”.  

Podemos pensar en la policía o el servicio penitenciario como productores de violencias internas, pero pocas veces pensamos en la agencia judicial, la cual no es tan distinta a la agencia policial o la penitenciaria.

La agencia judicial no es otra cosa que un cuerpo militarizado amparado en garantías constitucionales y fines manifiestos que aseguran “justicias” e “igualdades ante la ley”. Pero bajo esta especie de “militarización”, basada jerarquizaciones, justificaciones abruptas e incoherentes de “poderes – saberes” vacíos de contenidos,  despersonifica, convirtiendo a sus sujetos en objetos “útiles” y pequeños engranajes que a través del despacho de expedientes, resoluciones en nombre de las garantías e imposiciones de moral y buenas costumbres,  borra del mapa las individualidades de cada uno de sus miembros, transformándolos en “empleados judiciales” u oficiales, auxiliares, escribientes o secretarios y reproduciendo “panópticos” invisibles a través del “buchonaje” policial realizado por  empleados que quieren mayor consideración a la hora de cargos o  simplemente tener el rotulo de “buen empleado del mes”.


No importa si sos abogado o abogada. Para la agencia judicial solo sos un engranaje. 

A ninguno de nosotros cuando ingresamos a trabajar en el poder judicial nos advirtieron que el empleado judicial sufre un proceso no muy distinto al preso: despersonificación, imposición del “yo” institucional y la etiqueta. Y todo esto debido a las violencias institucionales cuyo germen es el castigo.

Si se trabaja dentro de una maquina cuyo fin es la violencia y el castigo, es lógico que sea necesario primeramente anular a sus propios miembros, para que después como “ejecutores de la justicia” anulen al otro.

Entonces luego, no  importa si estas violencias se “reproducen” hacia el afuera a través del encierro, el maltrato, entender al “usuario del servicio de justicia” como un ser  “inferior” o “asocial”. Porque ya la agencia judicial se encargó de engendrar estas “lógicas” dentro suyo. Se impuso el “yo institucional”.

Tal vez algunos me pueden decir que no es lo mismo un juez que un policía, que la policía tiene armas, puede matar y es “discrecional” cuando selecciona primariamente a las victimas del sistema penal, mientras el juez garantiza derechos y limita al poder punitivo.

Sin embargo ¿No mata un juez cuando impone la prisión preventiva basada únicamente en la “peligrosidad” del “imputado” o fundamentada en una criminología mediática?  ¿No mata un empleado judicial cuando maltrata a los usuarios de la justicia, anulándolos en sus derechos y en sus realidades? ¿No mata un defensor por omisión cuando no va a ver a sus defendidos a los centros de detención?

La justicia penal es discrecional y tiene armas: dispone de los derechos de las personas, siendo la libertad el más preciado. La justicia penal mata disponiendo del tiempo y la libertad del otro, incluso de sus propios miembros. Dispone de sus vidas y las anula y como abolicionista penal no creo que esto se modifique con reformas o “perfeccionamiento” de la justicia, haciéndola más accesible o habilitando vacaciones pagas en el medio de la montaña para que sus empleados se relajen.

El germen de la violencia esta intrínseco en el sistema penal y quien niegue esto, legitima estas lógicas. Y al hacerlo es cómplice de estas masacres.

“Quizá ninguno de nosotros tenga el corazón duro; tal vez a todos nos gustaría ayudar a los acusados. Solo que como funcionarios de la justicia muy fácilmente asumimos la apariencia de tener el corazón duro y de no querer ayudar a nadie. Esto es sumamente lamentable” (Franz Kafka, El Proceso).
 
Silvana Vergatti
 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

12/9/14

Empezar por casa...


Texto escrito por Cintia Chibá, estudiante de la "cátedra" abolicionista penal de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires

 
Llegue a ésta vida en la primavera del año 1988 siendo simplemente Cintia,  la Hija de Sandra y Carlos, hermana de Ariel.. esa fue mi primer identidad, mi primer grupo de pertenencia, ni más ni menos que mi familia, donde aprendí los valores más importantes que hoy  tengo.
 
Pero creo que la identidad es más que un nombre,  se va formando con el correr del tiempo, con las experiencias, con la gente que nos rodea, con las elecciones que uno hace, con la cultura y con la influencia de la  sociedad en donde uno crece.
 
Es por eso que uno va mutando al pasar los años, va aprendiendo cosas nuevas y va formando su camino a medida que lo recorre... 
 
Siempre creí que el destino estaba escrito, pero hoy pienso que eso es bastante conformista en cierta manera, porque no intentaría cambiar nada entonces, porque aceptaría las cosas como son, porque que es la vida que me tocó, porque es mi destino etc... Y en la vida así como hay cosas buenas y malas (dependiendo a lo que cada uno le de el valor de bueno y malo, claro está) lo importante es darte cuenta que hay cosas que te pasan y que no sos una piedra, que sentís, que reís, que lloras, que empatizás con el otro y que con eso que te pasa podes hacer algo...
 
Hoy siento la necesidad de documentar de alguna forma ésto que me está pasando, de los cambios que hoy me hacen sentir útil, con una objetivo, con un fin para despertarme cada día y seguir éste camino.. 
 
MI CARRERA.. tiene mucho que ver en ésto, porque hoy  " el mundo universitario"  es al grupo al que pertenezco y mientras lo digo va perdiendo esa generalidad.. Soy estudiante universitaria, soy estudiante de la UBA,  soy estudiante de abogacía, seguramente siga la especialidad en derecho penal, estoy en un grupo de Abolicionismo penal... y ahí está la clave. 
 
 
 
 
Muchas veces quise dejar mi carrera, por diversas cuestiones; económicas; falta de impulso; desgano; llegar a desvalorizarme como futura profesional.  Pero en ocasiones el motivo  y el  que más me dolía era  ver que las cosas no eran como creía, que la justicia  no es  tan justa como yo pensaba, que las cosas en éste sistema son de una manera y no van cambiar, y yo sería funcional a él? Mmm había algo ahí que me hacía ruido...
 
Pero así también tuve la necesidad de volver, de re-enamorarme cada cuatrimestre de lo que elegí de muy chica como profesión y vocación.  Entendí que no era una simple elección en mi vida, que realmente amo lo que estudio, que tengo pasión por ésto. 
 
Y lo que también entendí es que, hay cosas que no me gustan y que no me van a gustar, pero... por algo siempre vuelvo, porque sabía que iba a encontrar el sentido y la utilidad en ésta vocación. 
 
Hasta que por esas casualidades o causalidades de la vida me anoté en la Cátedra Abolicionismos. teorías, prácticas y militancias... La primer Cátedra Abolicionista que se dicta en la UBA ni más ni menos.
 
Aunque  debo reconocer que jamás milité, porque la realidad es que nunca me sentí motivada y representada por algún partido político o agrupación militante universitaria, si bien las ganas de participar estaban, lo que me faltaba era la motivación y  la convicción que hoy se despertó en mi...
 
Aunque si milité por una lucha particular y personal porque pensándolo bien pedí por la libertad y hoy lucho  por la inocencia de una banda de rock (Callejeros), que es más que una simple banda en mi vida, donde sentí la injusticia del poder punitivo de cerca... 
 
Hoy estoy entrando en otra etapa en mi vida, en una etapa donde busco "hacer", mas que esperar a que hagan, y yo estar de acuerdo o no. Darme cuenta que hay más allá de lo que creía o me imponían, desde lo político y lo social,  de cuestionarme todo, de involucrarme más...
 
De empezar a preguntarme  porqué si se abolió la esclavitud, veo en la actualidad esa práctica "enmascarada" y   a veces hasta ni eso, en el trabajo donde las jornadas son muy largas, donde hay derechos violados, donde el límite usurero del patrón no existe y cree que tiene esclavos en lugar de empleados..
 
 
 
 
En la trata de personas que existe todos los días y no sólo cuando los medios la resaltan una semana... En la tecnología y el consumo a la que estamos expuestos desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, perdiendo de a poco  la libertad que nos hacen creer que tenemos...
 
A cuestionarme sobre el amor  a creer que se puede amar con libertad , a que cupido fue una invención poética y nada más..que cuando me enamore será de alguien que respete mi libertad y viceversa, hasta la libertad de decirnos basta, hasta acá llegamos!...
 
El  reconocer que hay personas que están olvidadas e incluso  casi escondidas en nuestra misma sociedad y están tan cerca, frente nuestro y no lo vemos!.. aprendí a ver que la locura, es locura para quienes les conviene, que hay un derecho al delirio, y que no por nada "muchos cuerdos" escapan de "el mundo real" al de las alucinaciones, será que es menos violento?, menos prejuicioso?,  menos represivo...?
 
Porqué  las cárceles nunca fueron sanas y limpias para seguridad  y no para castigo de los reos.. lo único que se me ocurre es que es mas fácil "depositar" a las personas en esos lugares,  estigmatizarlas y no buscar la forma de solucionar los problemas de fondo, a las causas sociales que los llevan a cometer los delitos, que el poder de turno decida que sean delitos...
 
Porqué se castiga al comprador y no a los narcotraficantes de drogas o los que realmente están haciendo de ello un negocio redituable, hasta para el sistema económico en el que hoy estamos inmersos... Y porqué a una planta que nos hace reír no la podemos cultivar, dónde quedó aquello de que las acciones privadas de los hombres que de ningún modo ofendan al orden y a la moral pública, ni perjudiquen a un tercero, están sólo reservadas a Dios, y exentas de la autoridad de los magistrados...Ya hasta la naturaleza y  lo que la tierra nos dá es un delito.
 
Porqué quienes nos deben cuidar son los que más daño nos hacen y son los que generan gran parte de la violencia, porqué tener una placa dá el derecho a inventar causas y encerrar a quien quieran o quien estorbe en muchos casos... porqué si pasa ésto mucha gente pide más represión en las calles, teniendo el peligro de en cualquier momento ser una victima más de la misma represión que se está pidiendo...
 
Porqué el Sistema Penal vigente olvida a las víctima y la deja en un segundo plano, si ella es quién sufre los perjuicios..
 
En fín preguntas y más preguntas que me estoy empezando a hacer seriamente...
 
Éste es un proceso que estoy viviendo y me estoy enriqueciendo mucho sin dudas, proceso el cuál me está dando las herramientas para imaginarme que un cambio es posible, y que primero el cambio debe empezar por casa, principalmente por mi cabeza...!!! 
 
 
 
      
     

2/9/14

Discurso político

Texto escrito por Julieta Nasi, estudiante de la "cátedra" abolicionista penal de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires
 
Cada vez que se plantea un discurso, del tipo que fuere, y especialmente político, se busca no solo convencer, sino comenzar a crear alianzas para propagar al mismo. ¿Cuál es el fin último? Creo que la consolidación del poder. Detrás de una ideología, se quiere plantar la duda, conmover, sacudir al otro para alistarlo en nuestras formaciones. ¿Por qué? Porque creemos en nuestras ideas, porque estamos convencidos de tener la verdad y, todos nos escondemos detrás de la pancarta del "bien común", "el amor por el prójimo", pero la realidad es que por algún motivo u otro, cuando se llega a la maquinaria nadie resuelve nada. ¿Será una lucha interminable? Más allá de nuestras creencias -religiosas, morales, éticas- "el mal" siempre tiene la capacidad de reinventarse, aunque no creo que eso sea motivo para dejar de luchar.

Nadie pide nacer, nadie sabe, pero cuando estamos acá, en el campo terrenal, no nos queda otra que vivir. Entonces comenzamos a vivir en sociedad, y primero a través de nuestro círculo más cercano asimilamos cuestiones, valores, culturas, idioma, y comenzamos a crecer... cada uno a su manera, desde nuestros sufrimientos, mentalidad, planteos, inquietudes, todos vamos armando nuestro camino a partir de las herramientas que vamos adquiriendo, de nuestra personalidad, y vamos conociendo, aprendiendo que en realidad crecer duele, porque todos, absolutamente todos tenemos marcas en el alma.
 
 

Sin embargo, este escrito no es para hablar de la vida y apelar a una retórica hacia el lector invitándolo a reflexionar de su existencia, de su lugar en el mundo. En este escrito, mas bien quisiera plasmar ciertas situaciones, tanto personales o sociales, que a mi entender, hace que una ideología no pueda sustraerse de la idea de Poder y maquinaria estatal. Todos convivimos en el mismo mundo, pero cada persona es un mundo. Los medios de comunicación han ayudado a conectarnos de cierta forma con otras culturas, otros estilos de vida, pero por supuesto, como elemento tecnológico, ese gran avance muchas veces podría llevar aparejada, paradójicamente, la distancia, la abstracción y hasta el desentendimiento ante el dolor del otro. Lo humano muchas veces se pierde, entonces en la vida cotidiana en vez de ir a tomar un café con una persona, decidimos que un mensajito de texto, a través de una red inalámbrica y satélites alcanza, con eso basta. Entonces, de repente nos encontramos discutiendo con gente que ni conocemos, acotando cosas que no sentimos porque no vivimos (en vez de escuchar y sentir), y atacando a otro sin criterio propio, pero presuponiendo una enemistad por el simple hecho de pensar diferente. Lo que muchos se olvidan a veces, es que en la diversidad de un mundo tan complejo y multi-cultural, con aciertos y desaciertos, el disenso debe seguir siendo la clave para el acuerdo, para el consenso. Vivimos quejándonos de otras épocas trágicas, en donde la libertad de expresión era proscripta, pero seguimos apagando voces, seguimos estando lejos uno del otro, y eso no sé si debiera responder a la lógica de un sistema, si la culpa la tiene el Estado, si todo se debe a la lucha entre la famosa bipolaridad del siglo XX que hoy vuelve a asomar en las fronteras de la partición del mundo. En el afán de encontrarle una explicación al sentido de la sociedad como relaciones de convivencia y justificación de la existencia de un Estado que todo lo controla, o supone igualar ciertas condiciones de desigualdad, concebimos esencialmente tres modelos: Hobbes, Locke y Russeau. En mi manera particular de ver las cosas, creo que mucho del pensamiento de cada persona se podría entender comenzando a preguntar cómo considera al hombre, si bueno o malo por naturaleza, aunque indefectiblemente eso nos lleve a una discusión bizantina.

Sin entrar en una gran discusión sobre el tema, ni polemizar posturas, de una u otra manera, lo que se busca es legitimar el Poder del Estado. Mediante un análisis menos naïve acerca de las distintas Revoluciones, se podría inferir que detrás de los estandartes proclamados se esconden las motivaciones por llegar a "la cima", por gobernar e ir, citando la literatura política, "por el poder tras el poder", tornándose claro, tangible, que pasados más de doscientos años le liberté, égalité, fraternité no ha llegado a todos los rincones de cada hogar en el mundo. De esta manera, la burguesía ascendente ha logrado cometer sus propósitos posicionándose en una situación individual ciertamente más ventajosa que la anterior, y por supuesto, utilizando a las masas demagógicamente para concretarlo. Entonces, si hablamos de los hombres que juzgan más por los ojos que por las manos, porque muchos son los que ven y pocos los que tocan, nuestra primera impronta es el reconocimiento de la humanidad y la lucha por más derechos incentivándonos en algún motivo, léase injusticia, moral, altruismo, etc; aunque por otro lado, la conclusión de cada historia nos demuestra a un grupo de personas -movimientos- que toman el Estado o mueren en el intento.
 
 

Es así como no podemos hablar de relaciones sociales sin hablar de Poder como máximo escalafón al cual se aspira, es más, desconfío del discurso político que rechaza la idea de Poder. Entonces, ¿quiénes son los más propicios a defender su ideología? Aquellos que no tienen nada que perder, no en sentido peyorativo, sino porque pueden discutir, y hablar sin depender del apoyo de nadie. Cuando nos preguntamos por qué el Dr. Zaffaroni no iza la bandera abolicionista, cabría preguntarse qué pierde y, ciertamente, podría ser mucho. Insertado en la red de Poder, hay que cuidarse más de las palabras y posturas, de los efectos que aquéllas puedan tener por sobre lo que rodea. Es decir, a mi entender, la llegada al Poder es inversamente proporcional a la autenticidad; cuando más se tiene del primero, más aislado se encuentra el ser. Abstraerse de la realidad para refugiarse en el ser del jurista, no hace más que traducir su egoísmo e individualidad que reina la humanidad. El manual del político aconseja "ser temido sin ser odiado (...) porque los hombres olvidan antes la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio." Es decir, hagamos de todo pero no avancemos sobre los bienes de nuestros ciudadanos, porque hay muchas cosas que duelen en el  mundo, generan rencor, recelo, ira, etc, pero el bolsillo no se toca, porque el mismo es el órgano esencial y primordial para el funcionamiento de nuestro propio sistema humano. En otras palabras, siendo un poco más vulgar y como me han dicho alguna vez: "putas somos todos, lo que cambia es el precio".

Por esto mismo, las transformaciones, los cambios sociales, revoluciones no son otra cosa que transiciones de Poder, cómo pasa de unas manos a otras y de esta manera, cómo cambian los conceptos tales como el de justicia. Si hoy proclamamos que cada cambio comenzó como una utopía, si en algún momento de la historia las cárceles eran una utopía y se lograron acentuar, legitimando al derecho penal y en consecuencia el poder punitivo como órgano represor del Estado de Derecho actual, ¿no cabría pensar que el día que la utopía de las no cárceles sea real se seguirá legitimando otros tipos de torturas y seguramente invisibilizadas como las cárceles? Porque el abolicionismo, aunque no lo nombre, ni lo discuta, ni se proponga, podría ser un movimiento más en busca del Poder y ser víctima de lo que hoy critica. Ocupando espacios, formamos redes; formando redes ganamos campos, mentes; y hablando, de boca en boca, con literatura, arte, va mutando la cultura y costumbres a través de un proceso centenario, incluso milenario. Porque lo que no se da cuenta es que dentro del discurso también se esconde la aproximación y control al aparato estatal y, como tal, futuro gobernante, decisor de lo que es legítimo y lo que no lo es. Porque tarde o temprano, de concretarse la utopía, se tornará en verdugo de otro sistema.
 

"Lo esencial es invisible a los ojos". El Poder, para el común denominador, también es invisible a los ojos (o aparenta serlo).

1/5/14

Intruso en el sector nueve

 

La librería en la que trabajo tiene un pasillo central que, bordeado por mesas y columnas con estanterías, va de la puerta de entrada hasta la oficina de mi jefe.

 

La oficina está elevada respecto al resto del local, se accede a ella subiendo una pequeña escalera, de cinco peldaños.

 

Esta altura basta para que mi jefe pueda dominar el panorama de un vistazo, a través de una ventana espejada.

 

Estructurada así, la librería funciona como una suerte de panóptico, aunque tiene algunas fisuras, algunos puntos ciegos.

 

Es regla impuesta por mi jefe que ningún visitante debe traspasar la mitad del local sin haber sido interceptado por alguno de nosotros.

 

Es tal la pasión con la que enuncia esta regla que más que potenciales clientes, parece que tratáramos con enemigos.
 
 

Hay, cada tanto, clientes decididos que ingresan al local sabiendo lo que quieren, y se dirigen raudos al sector correspondiente. Dan ganas de enlazarles las patas con un par de boleadoras.

 

Otros nos agarran distraídos, ocupados en alguna de las tantas tareas que hay que realizar en este lugar, y logran atravesar nuestras defensas.

 

Hoy casi sucede.

 

Me agacho para sacar un papel de la impresora, para cerrar la puerta del depósito, para guardar un libro en el estante de reservados, ya no recuerdo. Cuando me levanto, Mónica, que está facturando, me advierte:

 

—Hay alguien en el medio del local.

 

Abandono lo que estoy haciendo, me dirijo a la zona de conflicto. Registro la nave como Ripley. Veo asomar un pie detrás del sector de biografías. Rodeo el mueble, enfrento al invasor.

 

— ¿Te ayudo? —pregunto.

 

Un tipo de cuarentipico. Bajito. Campera y zapatillas que alguna vez fueron blancas, ahora amarronadas, amarillentas. Pantalones cortos. Rodilleras. Barbado, de pelo largo. El rostro curtido y sucio como si hubiese andado cuarenta años por el desierto. Y así es también como huele.

 

En las manos tiene la autobiografía de Gandhi. Hace correr las páginas para un lado, para el otro. No hojea, salvo que pueda leer tan rápido como Cortocircuito. Pasa las páginas como si buscara dónde dejó el señalador, ponele.

 

Me tiende el libro.

 

— ¿Cuánto sale este? —pregunta, acelerado.

 

—Prestame —digo. Paso el lector de la máquina del medio por el código de barras del libro—. Ciento quince.

 

Levanta las cejas, resopla.

 

—Mucho… ¿Y este?

 

Me tiende Las mujeres más solas del mundo, de Fernández Díaz.

 

—Noventa.

 

Le devuelvo el libro. No sé si mi jefe está atento a lo que sucede en el salón, pero por las dudas me paro de manera tal que con mi cuerpo oculto la escena de su mirada.

 

— ¿Y cuánto serían los dos? —me pregunta el pequeño nómade.

 

Ya olvidé los precios que le pasé. Estoy más preocupado por llevarlo a alguno de los puntos ciegos del panóptico.

 

—Doscientos cincuenta.

 

Resopla otra vez.

 

—Mucho… ¿Y estos?

 

De un manotazo, agarra seis libros del sector de religión, sin mirarlos siquiera. Aprovecho su movida para ganar terreno e ir arrimándolo a la parte delantera del local. Me tiende los libros y con un movimiento de la cabeza señala la computadora, a mis espaldas.
 


 
Hago un ademán indicando que esta vez no necesito la máquina para pasarle los precios. Son libros pequeños, en la portada del de arriba hay un papa rezando. Juan Pablo, Ratzinger, no lo puedo precisar. Mando fruta.

 

—Treinta cada uno.

 

— ¿Cuánto sería todo?

 

—Seis libros, treinta cada uno, seis por tres dieciocho, ciento ochenta pesos.

 

—Esperá, esperá —me dice con gesto de fastidio, y hace una cuenta que no termino de entender—. Bueno, los llevo.

 

Me entrega los libros.

 

 —¿Y estos?

Manotea cinco o seis más, del sector de música. Se cuela por mi costado y regresa a la máquina del centro, volviendo a ganar todo el terreno que le saqué y quedando otra vez expuesto al francotirador que tenemos en la cabina del fondo. Apoya los libros junto al teclado. Toma uno por uno y los somete al mismo tratamiento que al primero: hojas para un lado, para el otro, para un lado, para el otro. Es su modo de inspeccionar la mercadería.

 

No espera a que le dé los precios.

 

—Estos también.

 

—O.K. —le digo—. Acompañame que te los facturo.

 

Caminamos hacia el mostrador. Él sigue de largo. Atraviesa la puerta de entrada, se voltea, me mira.

 

— ¿Te los facturo, entonces? —pregunto.

 

— ¡Sí! —me dice con fastidio, y enciende un pucho. Se queda parado afuera en actitud de espera.

 

Mis compañeros y un par de clientas observan la situación perplejos y divertidos.

 

Paso detrás del mostrador. Dejo a un lado los libros de música, facturo sólo los de religión. Mónica me interroga con la mirada, conteniendo una sonrisa.

 

—Tal vez es un millonario excéntrico —le digo.

 

Deja escapar una risita.

 

—Yo te iba a decir lo mismo —interviene una clienta—. ¿Quién te dice? Tal vez te llevás una sorpresa…

 

Dejo la factura preparada en pantalla. Miro hacia fuera. El pequeño nómade ha desaparecido.

 

—Me dejó de garpe —le digo a Mónica—. ¿Vos podés creer?

 

Pongo los seis libros en la pila para acomodar.

 

—Ahí está —dice Enrique, señalando la puerta—. Te está esperando.

 

Me asomo. Abro los brazos.

 

— ¡Desapareciste! —le digo—. ¡Pensé que te habías ido!

 

Hace un gesto vago con la mano.

 

— ¿Te los llevás, entonces?

 

— ¡Sí! —me dice.

 

— Pasá que ya está.

 

Las clientas se fueron. Mónica y Enrique se mantienen a cierta distancia. Quedamos él y yo solos, uno a cada lado del mostrador.

 

—Ciento veinticuatro con cincuenta —digo.

 

Asiente. Saca de un bolsillo una billetera de cuero. La apoya sobre el mostrador. La manipula de un modo extraño, como si fuera un artefacto que no sabe manejar. Me tiende una tarjeta de crédito.

 

La tomo. Leo el nombre. Eduardo no sé cuánto.

 

— ¿Documento?

 

Asiente. Busca en la billetera. Me tiende un documento.

 

Lo abro. La foto no coincide.

 

—Vos no sos esta persona.

 

Me mira fijo a los ojos. Yo soy Gastón tanto, me dice, número de documento tal, aceptando que intentó engañarme.

 

— ¿Por qué me pediste el documento? —pregunta desafiante.

 

—Porque así lo exige la ley —respondo—. A toda persona que hace una compra con tarjeta se le pide el documento para comprobar su identidad.

 

— ¿Y por qué te quedaste con el mío? —pregunta—. Y con el documento de mi hijo.

 

Levanto las cejas.

 

—Vos encerraste a mi hijo en el Open Door —me dice—. ¿No te acordás?

 

No respondo.

 

Guarda la billetera y se aleja hacia la puerta. Antes de franquearla, se voltea.

 

— ¿No te acordás de eso? —pregunta.

 

—No —digo, sosteniéndole la mirada.

 

—Ya te voy a agarrar a vos… —dice.

 

Sale a la calle, da dos pasos y se lo traga la ciudad.
 
Guillermo Altayrac
 
 

18/4/14

Gabo y su criminología crítica


«SÓLO VINE A HABLAR POR TELÉFONO»

 

Gabriel García Márquez

 

Una tarde de lluvias primaverales, cuando viajaba sola hacia Barcelona conduciendo un automóvil alquilado, María de la Luz Cervantes sufrió una avería en el desierto de los Monegros. Era una mexicana de veintisiete años, bonita y seria, que años antes había tenido un cierto nombre como actriz de variedades. Estaba casada con un prestidigitador de salón, con quien iba a reunirse aquel día después de visitar a unos parientes en Zaragoza. Al cabo de una hora de señas desesperadas a los automóviles y camiones de carga que pasaban raudos en la tormenta, el conductor de un autobús destartalado se compadeció de ella. Le advirtió, eso sí, que no iba muy lejos.

 

   No importa — dijo María—. Lo único que necesito es un teléfono.

 

Era cierto, y sólo lo necesitaba para prevenir a su marido de que no llegaría antes de las siete de la noche. Parecía un pajarito ensopado, con un abrigo de estudiante y los zapatos de playa en abril, y estaba tan aturdida por el percance que olvidó llevarse las llaves del automóvil. Una mujer que viajaba junto al conductor, de aspecto militar pero de maneras dulces, le dio una toalla y una manta, y le hizo un sitio a su lado. Después de secarse a medias, María se sentó, se envolvió en la manta, y trató de encender un cigarrillo, pero los fósforos estaban mojados. La vecina de asiento le dio fuego y le pidió

un cigarrillo de los pocos que quedaban secos. Mientras fumaban, María cedió a las ansias de desahogarse, y su voz resonó más que la lluvia y el traqueteo del autobús. La mujer la interrumpió con el índice en los labios.

 

           Están dormidas — murmuró.

 

María miró por encima del hombro, y vio que el autobús estaba ocupado por mujeres de edades inciertas y condiciones distintas, que dormían arropadas con mantas iguales a la suya. Contagiada de su placidez, María se enroscó en el asiento y se abandonó al rumor de la lluvia. Cuando despertó era de noche y el aguacero se había disuelto en un sereno helado. No tenía la menor idea de cuánto tiempo había dormido ni en qué lugar del mundo se encontraban. Su vecina de asiento tenía una actitud alerta.

 

— ¿Dónde estamos? — le preguntó María.

   Hemos llegado — contestó la mujer.

 

El autobús estaba entrando en el patio empedrado de un edificio enorme y sombrío que parecía un viejo convento en un bosque de árboles colosales. Las pasajeras, alumbradas apenas por un farol del patio, permanecieron inmóviles hasta que la mujer de aspecto militar las hizo descender con un sistema de órdenes primarias, como en un parvulario. Todas eran mayores, y se movían con tal parsimonia en la penumbra del patio que parecían imágenes de un sueño. María, la última en descender, pensó que eran monjas. Lo pensó menos cuando vio a varias mujeres de uniforme que las recibieron en la puerta del autobús, y les cubrían la cabeza con las mantas para que no se mojaran, y las ponían en fila india, dirigiéndolas sin hablarles, con palmadas rítmicas y perentorias. Después de despedirse de su vecina de asiento María quiso devolverle la manta, pero ella le dijo que se cubriera la cabeza para atravesar el patio, y la devolviera en la portería.

 

— ¿Habrá un teléfono? — le preguntó María.

   Por supuesto — dijo la mujer—. Ahí mismo le indican.

 

Le pidió a María otro cigarrillo, y ella le dio el resto del paquete mojado. «En el camino se secan», le dijo. La mujer le hizo un adiós con la mano desde el estribo, y casi le gritó: «Buena suerte». El autobús arrancó sin darle tiempo de más.

María empezó a correr hacia la entrada del edificio. Una guardiana trató de detenerla con una palmada enérgica, pero tuvo que apelar a un grito imperioso: «¡Alto he dicho!»

María miró por debajo de la manta, y vio unos ojos de hielo y un índice inapelable que le indicó la fila. Obedeció. Ya en el zaguán del edificio se separó del grupo y preguntó al portero dónde había un teléfono. Una de las guardianas la hizo volver a la fila con palmaditas en la espalda, mientras le decía con modos muy dulces:

 

   Por aquí, guapa, por aquí hay un teléfono.

 

María siguió con las otras mujeres por un corredor tenebroso, y al final entró en un dormitorio colectivo donde las guardianas recogieron las cobijas y empezaron a repartir las camas. Una mujer distinta, que a María le pareció más humana y de jerarquía más alta, recorrió la fila comparando una lista con los nombres que las recién llegadas tenían escritos en un cartón cosido en el corpiño. Cuando llegó frente a María se sorprendió de que no llevara su identificación.

 

   Es que yo sólo vine a hablar por teléfono — le dijo María.

 

Le explicó a toda prisa que su automóvil se había descompuesto en la carretera. El marido, que era mago de fiestas, estaba esperándola en Barcelona para cumplir tres compromisos hasta la media noche, y quería avisarle que no estaría a tiempo para acompañarlo.

Iban a ser las siete. El debía salir de la casa dentro de diez minutos, y ella temía que cancelara todo por su demora. La guardiana pareció escucharla con atención.

 

   ¿Cómo te llamas? — le preguntó.

 

María le dijo su nombre con un suspiro de alivio, pero la mujer no lo encontró después de repasar la lista varias veces. Se lo preguntó alarmada a una guardiana, y ésta, sin nada que decir, se encogió de hombros.

 

— Es que yo sólo vine a hablar por teléfono—dijo María.

— De acuerdo, maja — le dijo la superiora, llevándola hacia su cama con una dulzura demasiado ostensible para ser real—, si te portas bien podrás hablar por teléfono con quien quieras. Pero ahora no, mañana.

Algo sucedió entonces en la mente de María que le hizo entender por qué las mujeres del autobús se movían como en el fondo de un acuario. En realidad, estaban apaciguadas con sedantes, y aquel palacio en sombras, con gruesos muros de cantería y escaleras heladas, era en realidad un hospital de enfermas mentales. Asustada, escapó corriendo del dormitorio, y antes de llegar al portón una guardiana gigantesca con un mameluco de mecánico la atrapó de un zarpazo y la inmovilizó en el suelo con una llave maestra. María la miró de través paralizada por el terror.

 

           Por el amor de Dios — dijo—. Le juro por mi madre muerta que sólo vine a hablar por teléfono.

 

Le bastó con verle la cara para saber que no había súplica posible ante aquella energúmena de mameluco a quien llamaban Herculina por su fuerza descomunal. Era la encargada de los casos difíciles, y dos reclusas habían muerto estranguladas con su brazo de oso polar adiestrado en el arte de matar por descuido. El primer caso se resolvió como un accidente comprobado. El segundo fue menos claro, y Herculina fue amonestada y advertida de que la próxima vez sería investigada a fondo. La versión corriente era que aquella oveja descarriada de una familia de apellidos grandes tenía una turbia carrera de accidentes dudosos en varios manicomios de España.

 

Para que María durmiera la primera noche, tuvieron que inyectarle un somnífero. Antes del amanecer, cuando la despertaron las ansias de fumar, estaba amarrada por las muñecas y los tobillos en las barras de la cama. Nadie acudió a sus gritos. Por la mañana, mientras el marido no encontraba en Barcelona ninguna pista de su paradero, tuvieron que llevarla a la enfermería, pues la encontraron sin sentido en un pantano de sus propias miserias.

No supo cuánto tiempo había pasado cuando volvió en sí. Pero entonces el mundo era un remanso de amor, y estaba frente a su cama un anciano monumental, con una andadura de plantígrado y una sonrisa sedante, que con dos pases maestros le devolvió la dicha de vivir. Era el director del sanatorio.

 

Antes de decirle nada, sin saludarlo siquiera, María le pidió un cigarrillo. Él se lo dio encendido, y le regaló el paquete casi lleno. María no pudo reprimir el llanto.

 

   Aprovecha ahora para llorar cuanto quieras — le dijo el médico, con una voz adormecedora—. No hay mejor remedio que las lágrimas.

 

María se desahogó sin pudor, como nunca logró hacerlo con sus amantes casuales en los tedios de después del amor. Mientras la oía, el médico la peinaba con los dedos, le arreglaba la almohada para que respirara mejor, la guiaba por el laberinto de su incertidumbre con una sabiduría y una dulzura que ella no había soñado jamás. Era, por la primera vez en su vida, el prodigio de ser comprendida por un hombre que la escuchaba con toda el alma sin esperar la recompensa de acostarse con ella. Al cabo de una hora larga, desahogada a fondo, le pidió autorización para hablarle por teléfono a su marido.

 

El médico se incorporó con toda la majestad de su rango. «Todavía no, reina», le dijo, dándole en la mejilla la palmadita más tierna que había sentido nunca. «Todo se hará a su tiempo». Le hizo desde la puerta una bendición episcopal, y desapareció para siempre.

 

   Confía en mí — le dijo.

 

Esa misma tarde María fue inscrita en el asilo con un número de serie, y con un comentario superficial sobre el enigma de su procedencia y las dudas sobre su identidad. Al margen quedó una calificación escrita de puño y letra del director: agitada.

 

Tal como María lo había previsto, el marido salió de su modesto apartamento del barrio de Horta con media hora de retraso para cumplir los tres compromisos. Era la primera vez que ella no llegaba a tiempo en casi dos años de una unión libre bien concertada, y él entendió el retraso por la ferocidad de las lluvias que asolaron la provincia aquel fin de semana. Antes de salir dejó un mensaje clavado en la puerta con el itinerario de la noche.

 

En la primera fiesta, con todos los niños disfrazados de canguro, prescindió del truco estelar de los peces invisibles porque no podía hacerlo sin la ayuda de ella. El segundo compromiso era en casa de una anciana de noventa y tres años, en silla de ruedas, que se preciaba de haber celebrado cada uno de sus últimos treinta cumpleaños con un mago distinto. El estaba tan contrariado con la demora de María, que no pudo concentrarse en las suertes más simples. El tercer compromiso era el de todas las noches en un café concierto de las Ramblas, donde actuó sin inspiración para un grupo de turistas franceses que no pudieron creer lo que veían porque se negaban a creer en la magia. Después de cada representación llamó por teléfono a su casa, y esperó sin ilusiones a que María contestara. En la última ya no pudo reprimir la inquietud de que algo malo había

ocurrido.

 

De regreso a casa en la camioneta adaptada para las funciones públicas vio el esplendor de la primavera en las palmeras del Paseo de Gracia, y lo estremeció el pensamiento aciago de cómo podría ser la ciudad sin María. La última esperanza se desvaneció cuando encontró su recado todavía prendido en la puerta. Estaba tan contrariado, que se olvidó de darle la comida al gato.

 

Sólo ahora que lo escribo caigo en la cuenta de que nunca supe cómo se llamaba en realidad, porque en Barcelona sólo lo conocíamos con su nombre profesional: Saturno el Mago. Era un hombre de carácter raro y con una torpeza social irredimible, pero el tacto y la gracia que le hacían falta le sobraban a María. Era ella quien lo llevaba de la mano en esta comunidad de grandes misterios, donde a nadie se le hubiera ocurrido llamar a nadie por teléfono después de la media noche para preguntar por su mujer. Saturno lo había hecho de recién venido y no quería recordarlo. Así que esa noche se conformó con llamar a Zaragoza, donde una abuela medio dormida le contestó sin alarma que María había partido después del almuerzo. No durmió más de una hora al amanecer. Tuvo un sueño cenagoso en el cual vio a María con un vestido de novia en piltrafas y salpicado de sangre, y despertó con la certidumbre pavorosa de que había vuelto a dejarlo solo, y ahora para siempre, en el vasto mundo sin ella.

 

Lo había hecho tres veces con tres hombres distintos, incluso él, en los últimos cinco años. Lo había abandonado en Ciudad de México a los seis meses de conocerse, cuando agonizaban de felicidad con un amor demente en un cuarto de servicio de la colonia Anzures. Una mañana María no amaneció en la casa después de una noche de abusos inconfesables. Dejó todo lo que era suyo, hasta el anillo de su matrimonio anterior, y una carta en la cual decía que no era capaz de sobrevivir al tormento de aquel amor desatinado. Saturno pensó que había vuelto con su primer esposo, un condiscípulo de la escuela secundaria con quien se casó a escondidas siendo menor de edad, y al cual abandonó por otro al cabo de dos años sin amor. Pero no: había vuelto a casa de sus padres, y allí fue Saturno a buscarla a cualquier precio. Le rogó sin condiciones, le prometió mucho más de lo que estaba resuelto a cumplir, pero tropezó con una determinación invencible. «Hay amores cortos y hay amores largos», le dijo ella. Y concluyó sin misericordia: «Este fue corto». El se rindió ante su rigor. Sin embargo, una madrugada de Todos los Santos, al volver a su cuarto de huérfano después de casi un año de olvido, la encontró dormida en el sofá de la sala con la corona de azahares y la larga cola de espuma de las novias vírgenes. María le contó la verdad. El nuevo novio, viudo, sin hijos, con la vida resuelta y la disposición de casarse para siempre por la iglesia católica, la había dejado vestida y esperándolo en el altar. Sus padres decidieron hacer la fiesta de todos modos. Ella siguió el juego. Bailó, cantó con los mariachis, se pasó de tragos, y en un terrible estado de remordimientos tardíos se fue a la media noche a buscar a Saturno.

 

No estaba en casa, pero encontró las llaves en la maceta de flores del corredor, donde las escondieron siempre. Esta vez fue ella quien se le rindió sin condiciones. «¿Y ahora hasta cuándo?», le preguntó él. Ella le contestó con un verso de Vinicius de Moraes: «El amor es eterno mientras dura». Dos años después, seguía siendo eterno.

 

María pareció madurar. Renunció a sus sueños de actriz y se consagró a él, tanto en el oficio como en la cama. A fines del año anterior habían asistido a un congreso de magos en Perpignan, y de regreso conocieron a Barcelona. Les gustó tanto que llevaban ocho meses aquí, y les iba tan bien, que habían comprado un apartamento en el muy catalán barrio de Horta, ruidoso y sin portero, pero con espacio de sobra para cinco hijos. Había sido la felicidad posible, hasta el fin de semana en que ella alquiló un automóvil y se fue a visitar a sus parientes de Zaragoza con la promesa de volver a las siete de la noche del lunes. Al amanecer del jueves todavía no había dado señales de vida.

 

El lunes de la semana siguiente la compañía de seguros del automóvil alquilado llamó por teléfono a la casa para preguntar por María. «No sé nada», dijo Saturno. «Búsquenla en Zaragoza». Colgó. Una semana después un policía civil fue a la casa con la noticia de que habían hallado el automóvil en los puros huesos, en un atajo cerca de Cádiz, a novecientos kilómetros del lugar en que María lo abandonó. El agente quería saber si ella tenía más detalles del robo. Saturno estaba dándole de comer al gato, y apenas si lo miró para decirle sin más vueltas que no perdieran el tiempo, pues su mujer se había fugado de la casa y él no sabía con quién ni para dónde. Era tal su convicción, que el agente se sintió incómodo y le pidió perdón por sus preguntas. El caso se declaró cerrado.

 

El recelo de que María pudiera irse otra vez había asaltado a Saturno por Pascua Florida en Cadaqués, adonde Rosa Regás los había invitado a navegar a vela. Estábamos en el Marítim, el populoso y sórdido bar de la gauche divine en el crepúsculo del franquismo, alrededor de una de aquellas mesas de hierro con sillas de hierro donde sólo cabíamos seis a duras penas y nos sentábamos veinte. Después de agotar la segunda cajetilla de cigarrillos de la jornada, María se encontró sin fósforos. Un brazo escuálido de vellos viriles con una esclava de bronce romano se abrió paso entre el tumulto de la mesa, y le dio fuego. Ella lo agradeció sin mirar a quién, pero Saturno el Mago lo vio. Era un adolescente óseo y lampiño, de una palidez de muerto y una cola de caballo muy negra que le daba a la cintura. Los cristales del bar soportaban apenas la furia de la tramontana de primavera, pero él iba vestido con una especie de piyama callejero de algodón crudo, y unas abarcas de labrador.

 

No volvieron a verlo hasta fines del otoño, en un hostal de mariscos de La Barceloneta, con el mismo conjunto de zaraza ordinaria y una larga trenza en vez de la cola de caballo. Los saludó a ambos como a viejos amigos, y por el modo como besó a María, y por el modo como ella le correspondió, a Saturno lo fulminó la sospecha de que habían estado viéndose a escondidas. Días después encontró por casualidad un nombre nuevo y un número de teléfono escritos por María en el directorio doméstico, y la inclemente lucidez de los celos le reveló de quién eran. El prontuario social del intruso acabó de rematarlo: veintidós años, hijo único de ricos, decorador de vitrinas de moda, con una fama fácil de bisexual y un prestigio bien fundado como consolador de alquiler de señoras casadas. Pero logró sobreponerse hasta la noche en que María no volvió a casa. Entonces empezó a llamarlo por teléfono todos los días, primero cada dos o tres horas, desde las seis de la mañana hasta la madrugada siguiente, y después cada vez que encontraba un teléfono a la mano. El hecho de que nadie contestara aumentaba su martirio.

 

Al cuarto día le contestó una andaluza que sólo iba a hacer la limpieza. «El señorito se ha ido», le dijo, con suficiente vaguedad para enloquecerlo. Saturno no resistió la tentación de preguntarle si por casualidad no estaba ahí la señorita María.

 

— Aquí no vive ninguna María — le dijo la mujer—. El señorito es soltero.

— Ya lo sé — le dijo él—. No vive, pero a veces va. ¿O no?

 

La mujer se encabritó.

   ¡¿Pero quién coño habla ahí?!

 

Saturno colgó. La negativa de la mujer le pareció una confirmación más de lo que ya no era para él una sospecha sino una certidumbre ardiente. Perdió el control. En los días siguientes llamó por orden alfabético a todos los conocidos de Barcelona. Nadie le dio razón, pero cada llamada le agravó la desdicha, porque sus delirios de celos eran ya célebres entre los trasnochadores impenitentes de La gauche divine, y le contestaban con cualquier broma que lo hiciera sufrir. Sólo entonces comprendió hasta qué punto estaba solo en aquella ciudad hermosa, lunática e impenetrable, en la que nunca sería feliz. Por la madrugada, después de darle de comer al gato, se apretó el corazón para no morir, y tomó la determinación de olvidar a María.

 

A los dos meses, María no se había adaptado aún a la vida del sanatorio. Sobrevivía picoteando apenas la pitanza de cárcel con los cubiertos encadenados al mesón de madera bruta, y la vista fija en la litografía del general Francisco Franco que presidía el lúgubre comedor medieval. Al principio se resistía a las horas canónicas con su rutina bobalicona de maitines, laudes, vísperas, y a otros oficios de iglesia que ocupaban la mayor parte del tiempo. Se negaba a jugar a la pelota en el patio de recreo, y a trabajar en el taller de flores artificiales que un grupo de reclusas atendía con una diligencia frenética. Pero a partir de la tercera semana fue incorporándose poco a poco a la vida del claustro. A fin de cuentas, decían los médicos, así empezaban todas, y tarde o temprano terminaban por integrarse a la comunidad. La falta de cigarrillos, resuelta en los primeros días por una guardiana que los vendía a precio de oro, volvió a atormentarla cuando se le agotó el poco dinero que llevaba. Se consoló después con los cigarros de papel periódico que algunas reclusas fabricaban con las colillas recogidas en la basura, pues la obsesión de fumar había llegado a ser tan intensa como la del teléfono. Las pesetas exiguas que se ganó más tarde fabricando flores artificiales le permitieron un alivio efímero. Lo más duro era la soledad de las noches. Muchas reclusas permanecían despiertas en la penumbra, como ella, pero sin atreverse a nada, pues la guardiana nocturna velaba también en el portón cerrado con cadena y candado. Una noche, sin embargo, abrumada por la pesadumbre, María preguntó con voz suficiente para que la oyera su vecina de cama:

 

— ¿Dónde estamos?

La voz grave y lúcida de la vecina le contestó:

   En los profundos infiernos.

 

— Dicen que esta es tierra de moros — dijo otra voz distante que resonó en el ámbito del dormitorio—. Y debe ser cierto, porque en verano, cuando hay luna, se oyen los perros ladrándole a la mar.

 

Se oyó la cadena en las argollas como un ancla de galeón, y la puerta se abrió. La cancerbera, el único ser que parecía vivo en el silencio instantáneo, empezó a pasearse de un extremo al otro del dormitorio. María se sobrecogió, y sólo ella sabía por qué. Desde su primera semana en el sanatorio, la vigilante nocturna le había propuesto sin rodeos que durmiera con ella en el cuarto de guardia. Empezó con un tono de negocio concreto: trueque de amor por cigarrillos, por chocolates, por lo que fuera. «Tendrás todo», le decía, trémula. «Serás la reina». Ante el rechazo de María, la guardiana cambió de método. Le dejaba papelitos de amor debajo de la almohada, en los bolsillos de la bata, en los sitios menos pensados. Eran mensajes de un apremio desgarrador capaz de estremecer a las piedras. Hacía más de un mes que parecía resignada a la derrota, la noche en que se promovió el incidente en el dormitorio.

 

Cuando estuvo convencida de que todas las reclusas dormían, la guardiana se acercó a la cama de María, y murmuró en su oído toda clase de obscenidades tiernas, mientras le besaba la cara, el cuello tenso de terror, los brazos yertos, las piernas exhaustas. Por último, creyendo tal vez que la parálisis de María no era de miedo sino de complacencia, se atrevió a ir más lejos. María le soltó entonces un golpe con el revés de la mano que la mandó contra la cama vecina. La guardiana se incorporó furibunda en medio del escándalo de las reclusas alborotadas.

 

   Hija de puta — gritó—. Nos pudriremos juntas en este chiquero hasta que te vuelvas loca por mí.

 

El verano llegó sin anunciarse el primer domingo de junio, y hubo que tomar medidas de emergencia, porque las reclusas sofocadas empezaban a quitarse durante la misa los balandranes de estameña. María asistió divertida al espectáculo de las enfermas en Pelota que las guardianas correteaban por las naves corno gallinas ciegas. En medio de la confusión, trato de protegerse de los golpes perdidos, y sin saber cómo se encontró sola en una oficina abandonada y con un teléfono que repicaba sin cesar con un timbre de súplica. María contestó sin pensarlo, y oyó una voz lejana y sonriente que se entretenía imitando el servicio telefónico de la hora:

 

— Son las cuarenta y cinco horas, noventa y dos minutos y ciento siete segundos.

   Maricón — dijo María.

 

Colgó divertida. Ya se iba, cuando cayó en la cuenta de que estaba dejando escapar una ocasión irrepetible. Entonces marcó seis cifras, con tanta tensión y tanta prisa, que no estuvo segura de que fuera el número de su casa. Esperó con el corazón desbocado, oyó el timbre familiar con su tono ávido y triste, una vez, dos veces, tres veces, y oyó por fin la voz del hombre de su vida en la casa sin ella.

 

— ¿Bueno?

Tuvo que esperar a que pasara la pelota de lágrimas que se le formó  en la garganta.

 

— Conejo, vida mía — suspiró.

Las lágrimas la vencieron. Al otro lado de la línea hubo un breve silencio de espanto, y la voz enardecida por los celos escupió la palabra:

 

— ¡Puta!

Y colgó en seco.

 

Esa noche, en un ataque frenético, María descolgó en el refectorio la litografía del generalísimo, la arrojó con todas sus fuerzas contra el vitral del jardín, y se derrumbó bañada en sangre. Aún le sobró rabia para enfrentarse a golpes con los guardianes que trataron de someterla, sin lograrlo, hasta que vio a Herculina plantada en el vano de la puerta, con los brazos cruzados, mirándola. Se rindió. No obstante, la arrastraron hasta el pabellón de las locas furiosas, la aniquilaron con una manguera de agua helada, y le inyectaron trementina en las piernas. Impedida para caminar por la inflamación provocada, María se dio cuenta de que no había nada en el mundo que no fuera capaz de hacer por escapar de aquel infierno. La semana siguiente, ya de regreso al dormitorio común, se levantó en puntillas y tocó en la celda de la guardiana nocturna.

 

El precio de María, exigido por ella de antemano, fue llevarle un mensaje a su marido. La guardiana aceptó, siempre que el trato se mantuviera en secreto absoluto. Y la apuntó con un índice inexorable.

 

— Si alguna vez se sabe, te mueres.

 

Así que Saturno el Mago fue al sanatorio de locas el sábado siguiente, con la camioneta de circo preparada para celebrar el regreso de María. El director en persona lo recibió en su oficina, tan limpia y ordenada como un barco de guerra, y le hizo un informe afectuoso sobre el estado de la esposa. Nadie sabía de dónde llegó, ni cómo ni cuándo, pues el primer dato de su ingreso era el registro oficial dictado por él cuando la entrevistó. Una investigación iniciada el mismo día no había concluido en nada. En todo caso, lo que más intrigaba al director era cómo supo Saturno el paradero de su esposa.

Saturno protegió a la guardiana.

 

— Me lo informó la compañía de seguros del coche — dijo.

 

El director asintió complacido. «No sé cómo hacen los seguros para saberlo todo», dijo. Le dio una ojeada al expediente que tenía sobre su escritorio de asceta, y concluyó:

 

— Lo único cierto es la gravedad de su estado.

 

Estaba dispuesto a autorizarle una visita con las precauciones debidas si Saturno el Mago le prometía, por el bien de su esposa, ceñirse a la conducta que él le indicara. Sobre todo en la manera de tratarla, para evitar que recayera en sus arrebatos de furia cada vez más frecuentes y peligrosos.

 

   Es raro — dijo Saturno—. Siempre fue de genio fuerte, pero de mucho dominio.

 

El médico hizo un ademán de sabio. «Hay conductas que permanecen latentes durante muchos años, y un día estallan», dijo. «Con todo, es una suerte que haya caído aquí, porque somos especialistas en casos que requieren mano dura». Al final hizo una advertencia sobre la rara obsesión de María por el teléfono.

 

— Sígale la corriente — dijo.

— Tranquilo, doctor — dijo Saturno con un aire alegre—. Es mi especialidad.

 

La sala de visitas, mezcla de cárcel y confesionario, era el antiguo locutorio del convento. La entrada de Saturno no fue la explosión de júbilo que ambos hubieran podido esperar. María estaba de pie en el centro del salón, junto a una mesita con dos sillas y un florero sin flores. Era evidente que estaba lista para irse, con su lamentable abrigo color de fresa y unos zapatos sórdidos que le habían dado de caridad. En un rincón, casi invisible, estaba Herculina con los brazos cruzados. María no se movió al ver entrar al esposo ni asomó emoción alguna en la cara todavía salpicada por los estragos del vitral. Se dieron un beso de rutina.

 

— ¿Cómo te sientes? — le preguntó él.

— Feliz de que al fin hayas venido, conejo — dijo ella—. Esto ha sido la muerte.

 

No tuvieron tiempo de sentarse. Ahogándose en lágrimas, María le contó las miserias del claustro, la barbarie de las guardianas, la comida de perros, las noches interminables sin cerrar los ojos por el terror.

 

   Ya no sé cuántos días llevo aquí, o meses o años, pero sé que cada uno ha sido peor que el otro — dijo, y suspiró con el alma—: Creo que nunca volveré a ser la misma.

 

   Ahora todo eso pasó — dijo él, acariciándole con la yema de los dedos las cicatrices recientes de la cara—. Yo seguiré viniendo todos los sábados. Y más, si el director me lo permite. Ya verás que todo va a salir muy bien.

 

Ella fijó en los ojos de él sus ojos aterrados. Saturno intentó sus artes de salón. Le contó, en el tono pueril de las grandes mentiras, una versión dulcificada de los pronósticos del médico. «En síntesis», concluyó, «aún te faltan algunos días para estar recuperada por completo». María entendió la verdad.

 

— — ¡Por Dios, conejo! — dijo, atónita—. ¡No me digas que tú también crees que estoy loca!

   — ¡Cómo se te ocurre! — dijo él, tratando de reír—. Lo que pasa es que será mucho más conveniente para todos que sigas por un tiempo aquí. En mejores condiciones, por supuesto.

 

   ¡Pero si ya te dije que sólo vine a hablar por teléfono! — dijo María.

 

Él no supo cómo reaccionar ante la obsesión temible. Miró a Herculina. Ésta aprovechó la mirada para indicarle en su reloj de pulso que era tiempo de terminar la visita. María interceptó la señal, miró hacia atrás, y vio a Herculina en la tensión del asalto inminente.

Entonces se aferró al cuello del marido gritando como una verdadera loca. Él se la quitó de encima con tanto amor como pudo, y la dejó a merced de Herculina, que le saltó por la espalda. Sin darle tiempo para reaccionar le aplicó una llave con la mano izquierda, le pasó el otro brazo de hierro alrededor del cuello, y le gritó a Saturno el Mago:

 

— ¡Vayase!

Saturno huyó despavorido.

 

Sin embargo, el sábado siguiente, ya repuesto del espanto de la visita, volvió al sanatorio con el gato vestido igual que él: la malla roja y amarilla del gran Leotardo, el sombrero de copa y una capa de vuelta y media que parecía para volar. Entró con la camioneta de feria hasta el patio del claustro, y allí hizo una función prodigiosa de casi tres horas que las reclusas gozaron desde los balcones, con gritos discordantes y ovaciones inoportunas. Estaban todas, menos María, que no sólo se negó a recibir al marido, sino inclusive a verlo desde los balcones. Saturno se sintió herido de muerte.

 

— Es una reacción típica — lo consoló el director—. Ya pasará.

 

Pero no pasó nunca. Después de intentar muchas veces ver de nuevo a María, Saturno hizo lo imposible por que le recibiera una carta, pero fue inútil. Cuatro veces la devolvió cerrada y sin comentarios. Saturno desistió, pero siguió dejando en la portería del hospital las raciones de cigarrillos, sin saber siquiera si le llegaban a María, hasta que lo venció la realidad.

 

Nunca más se supo de él, salvo que volvió a casarse y regresó a su país. Antes de irse de Barcelona le dejó el gato medio muerto de hambre a una noviecita casual, que además se comprometió a seguir llevándole los cigarrillos a María. Pero también ella desapareció. Rosa Regás recordaba haberla visto en el Corte Inglés, hace unos doce años, con la cabeza rapada y el balandrán anaranjado de alguna secta oriental, y encinta a más no poder. Ella le contó que había seguido llevándole los cigarrillos a María, siempre que pudo, y resolviéndole algunas urgencias imprevistas, hasta un día en que sólo encontró los escombros del hospital, demolido como un mal recuerdo de aquellos tiempos ingratos. María le pareció muy lúcida la última vez que la vio, un poco pasada de peso y contenta con la paz del claustro. Ese día le llevó también el gato, porque ya se le había acabado el dinero que Saturno le dejó para darle de comer.

 

Abril 1978.

 

Tomado de “Doce cuentos peregrinos”. Argentina, Sudamericana