16/4/14

Violencia es mentir


La mentira naturalizada es violencia naturalizada. Decir lo que pensamos, hablar de lo que sentimos, mostrar lo que vemos no es violencia. Violencia es falsear lo que sentimos, callar lo que pensamos, ocultar lo que vemos. Para transformarnos tenemos que HABLAR de lo oculto, VISIBILIZAR la mentira.

·         ¿De qué hablamos cuando hablamos de mentira?

Eso que llamamos mentira nace, se desarrolla y vive en todos los ámbitos. En las relaciones interpersonales, en la religión, en la política, en la calle, en los medios de comunicación, incluso en la escuela porque  forma parte del proceso de culturización.

Hablamos de mentira y nos referimos a la incongruencia entre el discurso y la acción.   Entre aquello que se afirma con ímpetu  en términos de principios morales y éticos, principios fundantes de ideologías o creencias, y  que luego se contradice en los hechos cuando dichas  creencias, que habían sido expresadas en palabras, se disuelven en los comportamientos, en la interacción, en la práctica, ya que son antagónicos. La palabra que se enuncia desde la ética y que debería existir desde la praxis, se circunscribe a una suerte de discurso aleccionador que se mantiene como un códice de mandamientos que la comunidad conoce y afirma muchas veces apasionadamente  desde los enunciados, pero que luego no practica.

Los discursos juegan aquí un papel primordial. Es a través de ellos que se transmiten  enunciados que sustentan las  ideas de lo  políticamente correcto. Dichos enunciados son replicados por las  diferentes voces que interactúan en un medio social que los legitiman. Esto se complejiza en la interacción  porque la desconfianza se interpone entre los sujetos. Cada uno sabe que el otro tiene una intención detrás de lo que enuncia, un propósito, y es así como cada enunciado se convierte en un argumento para conseguir algo, más que para comunicarse o expresar sentimientos.  El objetivo es convencer 'al otro' de esas  afirmaciones  para 'hacerlo hacer', para que el otro se comporte de determinada manera en pos de un deseo que puede lucir  como colectivo, pero en definitiva termina siendo personal. Y la argumentación, cuyo objetivo es convencer, hacer creer, hacer hacer,  en fin, manipular, será el molde en el  que se ajusten estos enunciados. Cada sujeto sabe que el otro afirma para obtener y que actúa haciendo lo contrario de lo que enuncia, pero naturaliza esa práctica y termina haciendo lo mismo.

·         Comunicarse es mentir

La mentira está naturalizada porque forma parte del proceso  en la red de conexiones que se establecen entre las personas a través del lenguaje en el medio social. Pero además ha sido incorporada, aprendida, por el sujeto desde su nacimiento junto con la lengua. 

Podríamos decir que hoy los sujetos no establecen relaciones, establecen 'conexiones', se vinculan con los otros para obtener algo, pero antes es preciso convencerlo y para ello se apela a las argumentaciones, estructura discursiva que solemos conocer desde los textos de opinión, pero que  trasciende la escritura e inclusive la palabra misma. Los gestos, las miradas, el leguaje corporal, el tono de voz, la manera en que construimos las frases, es decir, la gramática forman parte de los recursos argumentativos. Y todo ello se aprende y se utiliza en el lenguaje oral antes, mucho antes, de que el sujeto aprenda a escribir. Un bebé cuando señala está argumentando, pues quiere que le acerquen el objeto  que señala, la mamadera, una galleta, un muñeco. El niño aprende a hablar argumentando, es decir usando al otro para satisfacer sus deseos, que serán pequeños al principio, pero que  irán creciendo junto con él y complejizándose influido por un medio social que lo incentiva a usar para satisfacer.

Nos atrevemos a  afirmar que la comunicación es argumentación y la argumentación es servirse del otro. Usar al otro es una práctica aprendida y naturalizada en nuestros días, y aunque casi  todos los individuos  son víctimas y/o victimarios de ello, alternativamente, aparentan actuar bajo los principios de  cariño y respeto mutuo ya que al mismo tiempo es natural apelar a la ética como si se hablara de 'los diez mandamientos', aunque como  ya dijimos,  la ética que solo se materializaría en la práctica, no se practica, solo se enuncia.  Los sujetos 'simulan' a fin de manipular y 'el otro' lo sabe, pero lo acepta porque también simula.  El otro sabe que va a ser utilizado, pero se deja, porque ese ritual forma parte de su cultura, de sus costumbres y porque al fin él hará lo mismo, pues es la única forma  que aprendió  para vincularse en un medio social en el que todo tiene un pago, un valor de cambio. En donde el otro es siempre un potencial adversario. En donde la palabra, los enunciados no valen nada. 
 
 

·          Visibilizar para transformar.

Debajo de todo ese maquillaje del que se suele dotar al lenguaje existe un discurso que nadie quiere escuchar: el 'discurso negado'.  Este es  el que está por debajo de las afirmaciones políticamente correctas y es el que sí se condice con los comportamientos, pero que rara vez se pronuncia.  Ese es el que conviene mantener escondido porque cuando se hace consciente lastima. Ese discurso se cuela a través de algunas voces también en todos los ámbitos,  en la política,  en la iglesia, en la escuela, en el trabajo, en la casa, etc. pero es ley implícita acallarlo. Por lo común existe, también en todos los ámbitos, una especie de acuerdo tácito para hacer como que todo funciona correctamente,  que el que está equivocado es aquel  que pretenda 'blanquearlo'. A ese se lo condenará, se lo tratará de loco, de agitador, de violento por  el simple impulso de describir lo que ve cuando los comportamientos de la mayoría no se condicen con las vociferaciones y  declaraciones de principios.  Acallar el discurso negado también es una práctica aprendida y naturalizada en el proceso de culturización.

Por eso creemos que una manera  de transformar nuestra sociedad y específicamente  transformar la cultura de la mentira y de la incongruencia, es visibilizar el discurso oculto. Porque la violencia es un síntoma, la enfermedad está enquistada en la bipolaridad del ser cuando no puede definir si   'es' lo que  dice o si  'es' lo que hace. Ese borde es el que debe borrarse para asumir una identidad genuina, para desterrar la mentira, para desactivar la violencia.

Sostener la mentira es alimentar la violencia. La transformación social implica un trabajo de unos con otros, un esfuerzo colectivo para cambiar algo que repercutirá en cada ser individual y que a su vez cada sujeto construye en la interacción con otros. Pero primero es preciso pensar, discutir y sobre todo asumir.

Asumamos esto...violencia es mentir.
 
Vero Zorzano
 
 

11/4/14

A propósito del “derecho penal mínimo” y otras “militancias parciales”


 
El derecho penal mínimo redunda en dos preocupantes escenarios. En primera instancia admite la “funcionalidad” del aparato represivo del Estado, aunque más no sea ante casuísticas excepcionales. Jerarquiza las diferentes “teorías de la pena” al plantear la arbitraria distinción entre conflictos sociales que merecen castigo penal y conflictos sociales que deben ser abordados desde otras latitudes y/o perspectivas institucionales y/o comunitarias. Justifica abiertamente la respuesta punitiva y con ella toda su potencia política, económica, social, histórica y cultural. Al darle “realidad” y principalmente “practicidad” a los mitos funcionales del sistema penal, corre el eje de la discusión central (estructural) sembrando estériles vacilaciones (y palpables retrocesos) en el núcleo mismo del medio ambiente crítico. La prevención general positiva o negativa, la prevención especial positiva o negativa y las teorías retributivas pasan a adquirir “cierto” sentido, ya sea para aleccionar violadores, homicidas seriales o criminales de lesa humanidad; y con esto el único favorecido no es la víctima, no es la sociedad y mucho menos el victimario, sino el propio sistema que en teoría se repudia, llegándose a conjeturar en el campo del activismo fáctico absurdos tales como proclamas anti-capitalistas combinadas con recalcitrante punitivismo pro carcelario, algo así como pretender debilitar al “enemigo” reverenciando su “herramienta” de culto, o creyendo ingenuamente que dicha “herramienta” -hecha a imagen y semejanza de su “creador”- alguna vez podrá adquirir “esencias” y “existencias” revolucionarias y operar abiertamente en contra de aquel.


En segundo lugar, como consecuencia natural de lo antedicho la posición minimalista genera una suerte de peligrosísimo espacio abierto de potencial crecimiento para la órbita penal, pues nada excluye apriorísticamente la posibilidad de incorporar nuevas conductas a ese ultra acotado grupo de figuras condenables cuando la autoridad de turno lo considere más oportuno.
 

A propósito de ello, una vez más, las enseñanzas de Nils Christie se vuelven indispensables. ¿Quién, cómo, dónde y cuándo merituar gravedades o dolores? ¿Con qué criterio? ¿Para y por qué? Como siempre los que mandan (y sólo ellos) habrán de tener las respuestas a estos interrogantes y como directa consecuencia de esto lo único que habremos cambiado es la fisonomía anecdótica de las figuras con capacidad de decisión, pero no el fondo del asunto.
 

Párrafo aparte merece la justificación del castigo que especialmente formula Luigi Ferrajoli cuando advierte sobre el creciente desarrollo de la violencia privada (justicia por mano propia) ante una supuesta cesión de terreno por parte del sistema penal. Sus palabras, plagadas de futurología y pesimismo antropológico contractualista, no resisten mayor análisis. Intentar justificar el mal organizado, para evitar el mal particular, se asemeja más a una reivindicación “italiana” (sui generis) de la “teoría de los dos demonios” argentina que a una verdadera posición criminológicamente crítica. La furia violenta del Estado, su organización, sofisticación y burocratización, jamás puede ser analizada en términos de equivalencia y con idéntica vara (en lo que a su capacidad dañina se refiere) que arrestos individuales, por definición excepcionales, de una víctima, un grupo de víctimas o un grupo de personas solidarias con una víctima, con ánimos vengativos y nulo funcionamiento de sus frenos inhibitorios. Dichas circunstancias serán motivo de debate social, pintorescas fotografías en la tapa de un matutino amarillista, excusa perfecta para que un “especialista” demagogo proponga el aumento de penas para alguna conducta en particular, pero jamás una variable de ajuste seria para consolidar, proponer o impulsar una “política pública” con vocación de trascendencia.

 

Por otro lado, centralizar nuestro activismo únicamente en la búsqueda de mejoras en las condiciones carcelarias o en la reivindicación de derechos particulares en ámbitos de encierro o en cualquiera de las fases de la criminalización estatal tampoco parece ser la mejor de las decisiones políticas. Semejante posición, debe saberse, no hace más que generar y/o multiplicar eventuales interlocutores capaces de concluir que nuestro afán transformador se satisface con cárceles sanas y limpias o presos con acceso a una educación o trabajo digno. Bajo ningún punto de vista debe admitirse tamaño reduccionismo. El sistema penal es repudiable más allá de sus rasgos circunstanciales. Su historia lo es, su naturaleza lo es y su ejercicio –no obstante sutiles concesiones fragmentarias- siempre lo será. No hay margen para imaginar un “sistema penal bueno”, así como tampoco hay margen para imaginar “esclavitudes buenas” o “torturas buenas”.

 
Si bien la lucha por una vida mejor del otro lado de los muros es sumamente destacable, y hasta diría indispensable, las perspectivas “individuales” no deben privarnos nunca de los cuestionamientos “generales”. Lo “urgente” y lo “importante” son facetas complementarias de una misma lucha política. No se excluyen, no se postergan, sino que se potencian. A propósito de esto indigna ver espacios “militantes” -en principio cuestionadores de la “realidad carcelaria”- ensayar argumentos contra el abolicionismo penal desde un supuesto transitar “con los pies sobre la tierra”. Como si el presente intramuros fuera una consecuencia mágica, azarosa, privada de contexto histórico-cultural o apenas una respuesta vertical a la voluntad maligna de alguna autoridad determinada. Si los presos están amontonados, mal alimentados, no tienen posibilidades de trabajo ni oportunidades de desarrollo intelectual es porque el sistema lo permite, posibilita y fomenta. Conocer la cárcel, transitarla, escuchar las demandas de los encerrados y sus familiares, respirar el aire viciado del encierro y no ser abolicionista penal es aún más reprochable que no serlo desde un cómodo sillón en algún piso exclusivo en alguna calle o avenida del coqueto barrio porteño de la Recoleta.
 

En sintonía con lo hasta ahora dicho, la doctrina internacional de los derechos humanos también merece ser fuertemente cuestionada. No obstante aparecer como una suerte de recurso anestésico ante las urgencias vitales referidas, da vía libre a la legitimación de las jaulas para humanos. 
 


No hay sutilezas ni margen de discusión alguno en los tratados internacionales de derechos humanos redactados en el planeta, principalmente después del ocaso de la segunda guerra mundial hasta nuestros días. De acuerdo a los articulados de estos textos las cárceles son “legítimas” de principio a fin. Recurso por excelencia a la que los estados (desde Nigeria a Estados Unidos; desde China a Nueva Zelanda; desde Bangladesh a Venezuela; desde Honduras a República Checa) están habilitados a echar mano a la hora de pretender resolver los conflictos sociales habitualmente catalogados como delitos.
 

Bajo ningún aspecto se cuestiona en sí misma la hipótesis del encierro de hombres y mujeres como yo o cualquiera de los lectores circunstanciales de este pequeño artículo. Se legaliza la tortura con cinismo, inhabilitando a partir de ello cualquier porción de credibilidad que puedan ostentar en paralelo, pues hablar de “derechos humanos” desde la mirada amistosa para con rejas, alambres de púa, llaves, candados u otros instrumentos de aislamiento es algo así como hablar de ventiladores de techo adentro de un iglú esquimal. Aislados del universo sensorial del sufrimiento, predican pseudo bonanza a un precio bastante elevado. Verse terriblemente patéticos, en sus trajes, sus oficinas y con sus protocolos a cuestas es el destino que merecen estos falsos operadores del beneplácito colectivo.

La discusión, repito, si queremos resultados afines a nuestra vocación transformadora y cuanto menos “despeinar” a este nauseabundo sistema, ha de darse con este nivel de intransigencia. Intransigencia ideológica, no por ello exenta de tácticas y estrategias. Tácticas y estrategias de las que seguramente hablaremos en próximas oportunidades.
 
Maximiliano Postay
 
 

 

7/4/14

Abolicionismo Penal


Algunas respuestas a los disparates de Macri, Massa, Cohen Agrest, Maslatón y Cía

 
En las últimas semanas -a raíz de la presentación de un anteproyecto de Código Penal elaborado conjuntamente por actores de diferentes procedencias ideológicas, la inmediata campaña en su contra impulsada por el diputado nacional Sergio Massa, la vocación del ex intendente de Tigre por reverenciar cuasi religiosamente la lógica de “premios y castigos”, la inmediata exaltación de esta mirada por parte de otros líderes opositores y la reciente multiplicación de linchamientos populares en diferentes ciudades del país, promovidos, exaltados y justificados por los habituales adoradores de “la ley y el orden”, “la mano dura” y “la tolerancia cero”- de un modo harto peculiar, y por demás confuso, se ha escuchado en los medios de comunicación masivos, quizás como nunca antes, hablar de “abolicionismo penal”.

Frases como “el abolicionismo no conduce a nada” o “el abolicionismo nos está degradando como sociedad” o “la culpa de la inseguridad la tienen los jueces abolicionistas” -en boca de familiares de víctimas que consideran insuficiente condenar a un ser humano a más de veinte años de cárcel, un jefe de gobierno feliz por tener a su hija “segura” viviendo muy lejos del distrito que él mismo conduce o un resucitado operador neoliberal, grotesco y peligroso en idénticas proporciones- demuestran lo poco que se sabe acerca de esta corriente, lo poco que se quiere saber al respecto y la perversa campaña de desnaturalización que esta concepción política ha padecido, cuanto menos, durante los últimos treinta años.
 
 

Como confeso militante abolicionista penal, y con ánimo de no permitir que la corriente ideológica con la que me identifico sea “definida” (bastardeada) por personas con nulo conocimiento en la materia, he aquí un pequeño aporte:

¿El abolicionismo penal es una postura pro-presos? FALSO. El abolicionismo penal no justifica la materialización de las conductas habitualmente catalogadas como “delito”. Tampoco justifica a las personas que llevan adelante estos comportamientos.  El abolicionismo penal no tiene una especial simpatía por las personas que hoy se encuentran privadas de su libertad. Sin perjuicio de ello el abolicionismo penal plantea como premisa básica el fracaso de la cárcel y cada una de las herramientas del sistema penal (e instituciones afines) a la hora de resolver y/o regular exitosamente los conflictos sociales. Dicho en otros términos, para el abolicionismo penal el sistema penal nunca resolvió una controversia, su puesta en marcha no genera ninguna consecuencia positiva, y por el contrario genera muchísimas consecuencias negativas.

¿El abolicionismo penal no tiene ningún tipo de consideración por las víctimas de delitos? FALSO. En relación a lo antedicho, el abolicionismo penal afirma que el sistema penal perjudica de igual manera a victimarios y víctimas de “delitos”. De hecho en el sistema penal la víctima no es parte natural del proceso judicial. No hay margen de reparación de los daños causados. La víctima queda absolutamente excluida de cualquier rol protagónico. Para el abolicionismo penal, el sistema penal debe interpretarse únicamente como una suerte de organización burocrática de la venganza. Bajo ningún punto de vista cumple con ninguna de las funciones que habitualmente suelen atribuírsele. Desde el sistema penal no se previenen delitos, no se reinserta socialmente a las personas que los cometen ni nada que se le parezca.

¿El abolicionismo penal pretende que las cárceles desaparezcan de un día para el otro? FALSO. El abolicionismo penal entendido como un movimiento político, con tácticas y estrategias propias, sostiene que la mejor manera de consolidar un paradigma no punitivo, es a través de la elaboración progresiva de alternativas concretas al actual sistema penal. Alternativas donde la víctima sea escuchada y ocupe un rol central y donde el victimario no sea tratado como un residuo cloacal. El abolicionismo penal repudia abiertamente las jaulas para humanos, a las que habitualmente se las conoce como “penitenciarías”, y a partir de este repudio pretende contribuir a la elaboración de métodos superadores y más efectivos, beneficiosos para todos los protagonistas de la controversia en cuestión y no sólo –insisto- para las personas actualmente privadas de su libertad. En este sentido, también es absolutamente falso afirmar  que el abolicionismo penal propone “no hacer nada frente al delito”. Por el contrario, en relación a esto último, la posición abolicionista penal es clara: hay que hacer algo, pero no precisamente lo que se hizo hasta ahora. 
 
 

¿El abolicionismo penal es sinónimo de garantismo? FALSO. Mientras el abolicionismo penal descree absolutamente del sistema penal y en consecuencia intenta progresivamente lograr su desaparición, el garantismo –a través de la pluma de su pensador más destacado, Luigi Ferrajoli- concede al sistema penal una función determinada: limitar la violencia privada. Para el garantismo la ausencia de sistema penal, despertaría en los particulares en conflicto el deseo de la mal llamada “justicia por mano propia”. Dicho enfoque, desmentido, como pocas veces, por la contundencia de los hechos acaecidos en nuestro país en los últimos días (el sistema penal existe, las cárceles existen, los patrulleros existen, las penas son cada vez más altas y, sin embargo, los linchamientos son casi una moda nacional) es la principal diferencia entre una posición y otra. A su vez, si nos alejamos de las discusiones meramente “doctrinarias” observamos que garantismo, no es ni más ni menos que la aplicación de la Constitución Nacional, ley suprema de nuestro país en el cual se esbozan todas y cada una de las garantías que en el marco del debido proceso en un Estado de Derecho jueces, defensores y fiscales tienen el deber de respetar.

¿Zaffaroni es abolicionista? FALSO. Más allá de ser uno de los referentes más críticos con el actual sistema penal, Raúl Zaffaroni no es lo que se dice un abolicionista penal. Su postura se resume en la idea de que la motivación principal de la necesaria vigencia del derecho penal es contener el poder punitivo del Estado. De acuerdo a su criterio, de no existir el derecho penal el aparato represivo estatal se pondría en marcha con total crudeza, con rasgos autoritarios y absolutistas. Al respecto el abolicionismo penal afirma que si bien es cierto que en la actualidad el poder punitivo debe limitarse de alguna manera, dicha contención es apenas un medio o una situación transicional y no un fin en sí mismo. El abolicionismo penal pretende un cambio cultural, mientras que el profesor Zaffaroni y sus seguidores consideran que los juristas y los criminólogos no necesariamente debemos auto-imponernos propósitos tan ambiciosos.

¿El anteproyecto de Código Penal es abolicionista? FALSO. No sólo no es abolicionista sino que desde la mirada del abolicionismo penal dicho anteproyecto podría ser catalogado como “conservador”.  Crea nuevos delitos, aumenta penas y mantiene inalterables ciertos principios del derecho penal, harto repudiados desde el paradigma no punitivo. Si bien es cierto que hablar de un “Código Penal abolicionista” es un oxímoron, desde el abolicionismo penal las expectativas alrededor de esta iniciativa eran otras. No obstante, y atento al “cambalache normativo” que padece nuestro país en materia penal, principalmente después de la puesta en vigor de las trágicas “leyes Blumberg”, la vocación ordenadora de la Comisión que elaboró el anteproyecto debe ser sumamente valorada. Tener un Código Penal que incluya en su articulado leyes especiales, que respete el principio de proporcionalidad y que, aunque sea tímidamente, de lugar a prácticas sustitutivas de la cárcel, es digno de elogio.  

¿El abolicionismo penal genera inseguridad? FALSO. Para el abolicionismo penal lo que ocurre es todo lo contrario. El sistema penal genera inseguridad. Las personas que por allí pasan maximizan su nivel de violencia y como se afirma habitualmente “regresan al medio abierto, peor de lo que ingresaron al sistema”. El sistema penal es uno de los principales generadores de violencia de las sociedades contemporáneas y como consecuencia de ello uno de los principales generadores de “delitos”. Multiplica desigualdad, exclusión, marginalidad y resentimiento. Nada bueno puede salir del sistema penal. Pretender resolver el problema de la inseguridad (reconocido como tal, abiertamente, por el abolicionismo penal) con sistema penal es igual de ridículo que pretender apagar un incendio con nafta.

El abolicionismo penal lejos está de ser ese germen maligno que algunos personajes pretenden describir. El abolicionismo penal es ante todo una posición humanista, pacifista y anti-violencia.
 
Maximiliano Postay
 
 

 

9/12/13

Policías


 
“Cuando me reciba de abogado, voy a renunciar a esto (a la policía). Me voy a dar la baja, porque ya no lo soporto más”

 “Como estudiante me he dado cuenta que los policías somos funcionales al poder y eso me da mucha vergüenza”

“Ojala exista un argentino que en los términos constitucionales y legítimos emprenda una iniciativa para que esto cambie, pasa que al propio estado quien exige el trabajo en blanco, nos paga en negro.... el mismo estado ausente que no instruye, no capacita, no remunera se encargó de darnos la imagen de negritos, pero cuando pasa algo no se ensucian, para eso tienen a los policías y gendarmes

(Frases de policías estudiantes de derecho)

 

A los policías históricamente se les ha designado una doble función: reprimir y asegurar. Reprimir  a alguien o a algún grupo que reclame algún derecho y así “asegurar” a que todo siga en su propio “statu quo”.

A los policías históricamente se les enseñó quien es el “enemigo” de ese “statu quo”: el atávico, el anarquista, el inmigrante, el desorganizado social, el desviado, el pobre, el excluido.

A los policías se les enseñó a actuar conforme el “espíritu de cuerpo”: todos para uno y uno para todos, pero siempre en contra de un  “otro”.

A los policías se los jerarquizó con una lógica que tiene sus propias lógicas. Se los militarizó y se los disciplinó.

La policía fue y son los “brazos” y las “manos” del Estado. Todo accionar estatal funciona y se ejecuta a través de esta fuerza de seguridad. El Estado mata a través de la policía.

Sin embargo, hoy la policía está de paro. Los brazos estatales no funcionan. El Estado se quedó manco, incapacitado. Y eso le generó miedo.

Los “brazos estatales” piden aumentos de sueldos, un gremio, nada distinto a lo que reclaman los grupos que ellos mismos  reprimieron y actualmente reprimen. Reclaman derechos, formar parte de la sociedad, sólo que ellos fueron disciplinados para no formar parte de la misma.
 
 

Esto nos da una pauta: Las disciplinas no son eternas ni forman parte de un “statu quo”.

Quieren ser personas. Pero ellos mismos se encuentran despersonificados. Despersonificación a causa de la militarización y la jerarquización.

Pero esto, no es más que la misma lógica del sistema penal.

Primero los despersonificó, los disciplinó, le quitó sus derechos, los empobreció, los estigmatizó y los excluyó de la sociedad.

Hoy en día, ellos son los “delincuentes”: son los atávicos, los pobres, los excluidos, estando en pie de igualdad con aquello que persiguió y mató.

Todas las agencias del sistema penal producen los mismos efectos y terminan excluyendo a sus propios individuos. Los envía a la picadora de carne, los aniquila y los mata.

El sistema penal en la búsqueda de enemigos, los  utilizó para hacer efectiva su violencia y su venganza. Sólo que ellos mismos no se han dado cuenta que esas mismas lógicas ingresan al “cuerpo” como “espíritus” y se instalan bajo el mandato del “espíritu de cuerpo”.

Para el sistema penal, estar de un lado o del otro de la reja o del chaleco antibalas, es lo mismo.

Pueden haber muchas opiniones, tanto académicas o mediáticas que propongan una solución o respuesta a esta situación. Pero el problema es uno solo: el sistema penal. Es el único culpable, sólo que nadie se da cuenta de esto, ni quiere hacerse cargo.

Y la respuesta es una sola: la eliminación del sistema penal, la cual no genera la violencia anárquica (como ha dicho algún autor garantista) sino previene que estos hechos sucedan. Previene que estas “pulsiones vindicativas” que caracterizan a esta máquina picadora de carne, se anulen.

La eliminación del sistema penal, anula las masacres por goteo generadas por el gatillo fácil. Pero también previene los suicidios de varios agentes de seguridad anómicos y despersonificados. Sólo que esta cifra no existe, nunca se investigó,  porque no interesa. Al sistema penal no le conviene saber quiénes son los “caídos al servicio del deber”.


 

El sistema penal se esconde cuando él mismo gatilla fácilmente a uno de sus integrantes.

La eliminación del sistema penal, permite redefinir la función policial. No más en la represión y el aseguramiento de un “statu quo”, sino que exista una policía realmente “al servicio de la comunidad”.

Quiero que algo quede claro: el abolicionista no es utópico, ni mucho menos idealista. Reconoce que el sistema penal produce violencia. Esto es real y no se soluciona limitando a la violencia dentro del mismo sistema.

El abolicionista también es realista en cuanto a la violencia que genera el mismo sistema en sus agencias. Sabe que las fuerzas de seguridad primero son eliminadas en sus entrañas, para que después eliminen hacia afuera. Sabe que para el sistema penal el policía, el “delincuente”, el empleado judicial de un juzgado penal y  el agente penitenciario son la misma cosa: objetos descartables que utiliza cuando le conviene y cuando ya no los necesita, los elimina.

El abolicionista no quiere un mundo sin policías, sino un mundo con policías que no maten ni sean suicidadas.

El abolicionista no quiere un policía bien pago, quiere un policía personificado.

El abolicionista, no quiere un mundo más justo. Solamente quiere un mundo sin sistema penal.

 
Silvana Vergatti
 
 

10/11/13

Cada vez falta menos...


Contra-Congreso de No Derecho Penal

21 y 22 de noviembre de 2013

Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires (pero del lado de afuera, en la plaza al costado de la entrada lateral)

Actividad Horizontal, Abierta, Gratuita y al Aire Libre

 

CRONOGRAMA

DÍA 1

Jueves 21 de noviembre

16:30 hs.

Presentación a cargo de los organizadores: Espacio Locos, Tumberos y Faloperos (LTF) y La Mella. Corriente Universitaria

¿Por qué hacer un contra-congreso? ¿Por qué de “no derecho penal”?

17 hs.

Conversación N° 1

Mujeres y Sistema Penal. Pasado, presente y futuro de una relación atravesada por la lógica del patriarcado.

18:30 hs.

Conversación N° 2

Sistema penal y medios de comunicación. Experiencias, ideas y herramientas para contrarrestar la hegemonía punitiva.

20 hs.

Conversación N° 3

El abolicionismo penal como política pública posible.  Realismo no punitivo e intervención práctica.   

DÍA 2

Viernes 22 de noviembre

17 hs.

Conversación N° 4

Adolescentes, “pibes chorros” y demagogia punitiva. Propuestas de abordaje para más inclusión y menos encierro.

18:30 hs.

Conversación N° 5

Militancia y organización intramuros. Tácticas y estrategias de resistencia frente a la cárcel y el encierro en todas sus variantes

Conversación N° 6

El día después de la cárcel. Hipocresías y contradicciones del Estado. Entre el mito resocializador y la realidad del abandono 

                                                                                                   

 

DINÁMICA:

Intervenciones poéticas y separadores musicales en vivo a lo largo de toda la jornada

Desaparición total de las jerarquías discursivas.

Académicxs consagradxs, estudiantes universitarios y profesionales del derecho o disciplinas afines ocuparán idéntico lugar que militantes de base o personas que en carne propia hayan padecido alguna de las problemáticas abordadas.

Cada conversación estará coordinada por una persona designada a esos fines, cuya única misión será garantizar la circulación fluida de la palabra.

Cada conversación contará con invitadxs especiales, vinculados a la temática específica que pretenda abordarse.

Lxs invitadxs especiales no son “panelistas”. Sus intervenciones introductorias deberán ser breves y funcionar como meros disparadores de debates colectivos más amplios. 

 

 

6/11/13

ALPEC. Bronca y dolor. Una foto, una oportunidad perdida


 
Por estas horas la Universidad Nacional de la Matanza asiste a un evento que huele a oportunidad perdida. A puñal. A golpe certero. Una vez más, como tantas otras veces el oscurantismo político preso de “sagradas coyunturas” le gana la pulseada a la verdadera vocación transformadora. La militancia se desvanece. Las convicciones ya no son determinantes. La demagogia destruye las ideas de fondo, las contamina. La demagogia reverencia la pobreza argumental y, sin más, retrocedemos casilleros a velocidades incuantificables.

Tenían absolutamente todo para barajar y dar de nuevo. Tenían consenso. Tenían apoyos. Tenían a los principales referentes latinoamericanos de la criminología y el derecho de su lado. Tenían vocación. Tenían voluntad. Tenían logística. Tenían recursos. Ganas de darle al pensamiento crítico de la región una impronta autóctona. Ganas de juntarse, de interactuar. Tenían la mística del pasado que regresa, el antecedente de la “criminología de la liberación”. Tenían futuro. Tenían coherencia. Tenían todo eso, pero ahora sólo tienen una foto con Ricardo Casal.
 
 

Estoy con muchísima bronca. Sin ganas de medir mis palabras. Hablo en caliente. No puedo hablar de esto en otros términos. Lo que sucedió hace pocos minutos en el Congreso organizado por ALPEC (Asociación Latinoamericana de Derecho Penal y Criminología) me duele profundamente. No logro entenderlo. O sí. Pero entenderlo duele aún más que la incomprensión absoluta.

A veces soy demasiado ingenuo. A veces realmente creo que hay cuestiones que no se negocian. Y que si escribís de una manera, lo mínimo que podemos exigirte es que actúes en idénticos términos.

Son mis amigos. Mis referentes. Los siento cercanos. Los admiro. Los respeto. ¿Por qué carajo se prestaron a compartir ni más ni menos que una apertura de un congreso de semejante prestigio con un personaje tan nefasto como el actual Ministro de Justicia del Gobierno de la Provincia de Buenos Aires?

No todo debe mezclarse. No todo debe ensuciarse. No todo da lo mismo. La tolerancia cero, la represión, la mano dura, la exaltación de las políticas punitivas, la complicidad con la tortura y una infinidad lista de etcéteras que sin duda alguna acompañan -casi por inercia- la figura de Ricardo Casal, no pueden ocupar  los mismos espacios que, por ejemplo, el pensador que popularizó en la Argentina y en la región la teoría agnóstica del derecho, la criminología cautelar o la selectividad por vulnerabilidad del sistema penal.

¿Acaso se imaginan a Rudolph Giuliani sentado en la misma mesa con Loic Wacquant, a Margaret Thatcher dialogando de igual a igual con Louk Hulsman o Stanley Cohen o a Alessandro Baratta o Massimo Pavarini compartiendo escenarios con Silvio Berlusconi? ¿Y entonces? ¿En qué estaban pensando? ¿Por qué lo permitieron?

Con el Gobierno Nacional hay idas y venidas, contradicciones muy fuertes, pero filtraciones también destacables. Al Gobierno Nacional podremos discutirle infinidad de cosas, pero por lo menos hay cierto margen para el diálogo y la construcción de algún escenario superador en alguna que otra materia específica. Con Casal y cía. esto claramente no es posible.

Que te sientes con el Gobierno Nacional incluso puede leerse como una estrategia política inteligente, merecedora de reproches únicamente  desde cierto “purismo ideológico” que bajo ningún punto de vista me identifica; pero que te sientes con Casal es demasiado, simplemente inaceptable.

No hace falta explicitar su currículum vitae o ensayar una mini biografía al estilo wikipedia. Con escuchar a los presos del sistema penitenciario bonaerense (y/o a sus familiares) y que ellos mismos te cuenten que significa Casal es más que suficiente.

No hay que ser un genio para saber que Ricardo Casal no tiene nada que ver con aquellos cuestionamientos que ALPEC pretende (o pretendía) poner sobre la mesa de la discusión acerca de la “cuestión criminal”. Basta con escucharlo hablar algunos minutos, con poner su nombre en google, con meterse en la página web de su cartera de gobierno o con simplemente preguntar qué opinan sobre él las organizaciones de base que día a día caminan de punta a punta la Provincia de Buenos Aires. Insisto. No hay que ser un genio. Insisto ¿por qué carajo lo hicieron?

Me hubiera encantado estar discutiendo en este documento, pronunciamiento o carta abierta otras cuestiones también sumamente relevantes. Manifestar mi repudio por la no inclusión del abolicionismo penal como temática de referencia en los diferentes paneles de la actividad. Manifestar mi rechazo por el formato del congreso y por no abrir el juego a otros sectores que por fuera de la academia también tienen mucho para decir. Me hubiera encantado únicamente tener que decirles “tibios”, precisamente por no asumir estos riesgos o enunciar teórica y políticamente las falencias del agnosticismo zaffaroniano.

Me hubiera encantado estar discutiendo ideas. Tácticas y estrategias. Me hubiera gustado no sentir lo que siento. Bronca, dolor. Sí. Eso. Nada más.
 
Maximiliano Postay

 

1/11/13

La Pampa, Habeas Corpus Correctivo Colectivo y Militancia Abolicionista


Pronunciamiento LTF N° 2: Adhesión a Habeas Corpus Correctivo Colectivo en beneficio de los presos de la provincia de La Pampa, encerrados en jaulas fuera de los límites de su provincia y a cientos de kilómetros de sus residencias y entornos familiares.   

 

Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 30 de octubre de 2013

 

El espacio abolicionista del encierro y toda otra variante punitiva Locos, Tumberos y Faloperos (Espacio LTF) a través del presente comunicado manifiesta su pública adhesión a la iniciativa de la Defensoría General de la Provincia de La Pampa de cuestionar abiertamente a través de un habeas corpus correctivo colectivo (“Shena, Roberto Emanuel y otros”, causa N° 9221/2) la situación de los detenidos juzgados por tribunales ordinarios pampeanos alojados en dependencias del Servicio Penitenciario Federal localizadas en otras provincias, a cientos de kilómetros de sus lugares de residencia al momento de consumarse el hecho que oportunamente motivó la detención y de sus entornos familiares más próximos.

La acción judicial, impulsada personalmente por el Defensor General de la Provincia de La Pampa Eduardo Luis Aguirre y el Defensor Oficial de Ejecución Penal de esa provincia Alejandro Javier Osio, no hace más que dar visibilidad a una situación angustiante e inaceptable que lamentablemente no sólo viven los presos pampeanos sino buena parte de los detenidos del país.

No conformes con la exclusión que en sí mismo representa el encierro carcelario, el sistema dominante facilita la consumación de agravantes sumamente perversos, inaceptables incluso de acuerdo a los parámetros elementales del hoy vigente Estado de Derecho.   

Los “delincuentes” tratados una y otra vez como “personas de segunda” no sólo parecerían merecer las atrocidades de “la jaula” y sus más que obvias consecuencias nocivas, sino también que sus familiares no tengan ni la más remota posibilidad de acercarse hasta sus celdas para intercambiar, cuanto menos, algunas palabras.

Hipocresía en su máxima expresión. El mismo sistema que permite estas variables, reza en su normativa vigente que la finalidad de la pena privativa de la libertad ambulatoria es la “reinserción social”.

Lamentamos decirlo con este énfasis, pero dichas contradicciones, a veces no son tales, sino por el contrario, constituyen la lógica medular del sistema penal pasado, presente y futuro, desde su génesis moderna allá por el año 1215 hasta nuestros días. Mal que nos pese, en materia represiva, la exclusión es ni más ni menos que una “política pública”.

No obstante lo dicho, lo urgente no desmerece lo importante ni viceversa. Más allá de sostener públicamente una postura “abolicionista penal” que como tal plantea como primordial necesidad la construcción de prácticas de resolución y/o regulación de conflictos sociales superadoras del encierro y con una matriz claramente no punitiva, creemos obligatorio y sumamente necesario acompañar activamente este tipo de reivindicaciones particulares. Nuestra militancia política así lo ratifica.

Mientras el encierro exista, que exista de la manera menos cruel. Sin descuidar el objetivo de fondo, pero conscientes de que del otro lado de la reja, hay seres humanos sufriendo. Aquella revolución o transformación radical que pierda de vista el eje de “lo humano” estará condenada a sembrar barricadas en aulas oscuras, libros rimbombantes o títulos académicos en la pared, pero jamás a incidir con contundencia en ese complejo macroclima que habitualmente llamamos “realidad”.

Luchar por la dignidad de los compañeros privados de su libertad y sus familiares, mientras construimos un cambio de paradigma cultural que tenga como propósito que la miseria del encierro y la cultura del castigo desaparezcan de la faz de la tierra, es también, al menos para nosotros, una práctica abolicionista penal.  

 

 

30/10/13

Monotemáticos...

 

Este año, a diferencia de elecciones anteriores, hemos visto más debates en los medios y distintas universidades. También vimos una  mayor participación de ciertos candidatos que antes se negaban a concurrir a estas instancias. Sin dudas que todo esto es positivo. Lo que no es positivo es que las ideas quedaron en un segundo plano. Los debates que tuvieron mayor publicidad se basaron en chicanas y ataques cruzados entre los distintos candidatos. Las ideas jugaron un rol secundario, fueron un dato de color. 

 
Si bien esto no deja de ser un elemento más que relevante, quiero avocarme en lo que, yo creo, fue el único tema sobre el que la gran mayoría de los partidos políticos se concentraron. 

Discursos y promesas sobre la (in)seguridad atravesaron todos las intervenciones, de derecha a izquierda.
 
Entre las muchas cosas que se dijeron, distintos candidatos bregaron por la imprescriptibilldad de distintos delitos. Hemos escuchado recetas mágicas para combatir la (in)seguridad, como "un crimen un castigo". Hemos visto como sectores autodenominados progresistas invocaban la necesidad de bajar la edad de punibilidad a 14 años para “controlar” la situación de los pibes.

Tampoco olvidemos la sociedad de control impulsada por cierto sector que basa su gestión en cámaras de seguridad y policías en todas las esquinas. Ni hablar del mito de la puerta giratoria, cosa que no existe y que la misma presidenta avaló en sus últimas apariciones públicas. Y qué podemos decir de la visita de referentes internacionales conocidos por implementar políticas de "tolerancia cero".


La (in)seguridad se comió el debate político y, como de costumbre, lo hizo con total irresponsabilidad, basándose en mitos populares, en la construcción estigmatizante y despreocupada de los medios masivos de comunicación y sin sustento empírico alguno. Esta liviandad y demagogia con la que se abordó el tema de la (in)seguridad solo legitiman el actuar de un sistema represivo que ha demostrado su ineficiencia, su contribución a la marginalidad y la discriminación de los sectores más pobres. 



Este discurso fácil y descomprometido con la realidad social le ganó la pulseada a discusiones más interesantes para abordar esta temática. Vimos poco sobre  la necesidad de generar políticas de inclusión social para así terminar con la desigualdad. Poco se oyó sobre políticas de trabajo y educación, sobre la urbanización de villas. ¿Alguien escuchó algo acerca de la necesidad de incorporar a la sociedad a toda esa gente que depositamos en cárceles? 
 

Los "políticos" profesionales siguen pensando que los conflictos sociales tienen poca relación con las condiciones de pobreza y marginalidad estructural en las que vivimos. Siguen pensando que las cárceles son la solución, que el avance hacia una sociedad de control es la manera de resolver nuestros problemas. 

Monotemáticos, nadie habla de abolicionismo penal, nadie critica integralmente a la cárcel, a la selectividad penal y/o al sistema penal en su conjunto.

 
Más allá de lo terriblemente adverso que resulta el panorama descrito más arriba, el cambio de discurso y la agenda política depende en buena parte de nosotros. Si el abolicionismo penal no aparece en la agenda de nadie, tenemos que militar activa y creativamente para revertir esta realidad cuanto antes, quizás esta sea la única manera de contrarrestar mínimamente semejante escenario represivo. Escenario que no sólo nunca solucionó un conflicto, sino que día tras día se encarga masivamente de generarlos.  
 
Santiago Mollis