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17/6/13

Pobre diablo

Contribución, experiencia, testimonio. Aporte para Locos, Tumberos y Faloperos del compañero Santiago Scotellaro. Lectura recomendada.
 
Mi vida era una mierda. Más bien es una mierda. La tiranía de las agujas se desplegaba de forma tal que daban exactamente las 4.00 AM. Esto es claro: mi día comenzaba a la hora de los pobres diablos; ahí donde ni siquiera el sol se animaba a asomar sus tentáculos, esa hora en donde la opulencia duerme y a su vez se oculta de la fealdad. Sólo yo y mis iguales emprendíamos el éxodo a la exclavitud así, de esa manera tan particular, tan huerfana de todo, tan solitaria y hundida en el barro del desprecio.
Apagué el puto reloj de una cachetada digna de un experto en artes marciales: di justo en el blanco de manera suave y precisa; pero colmada de odio, desde ya. Mi mujer embrutecía a cada ronquido. Se la veía relajada -quizá borracha- pero con aspecto a muerte. Era una pobre diabla más, tenía una visión de futuro semejante al de las cucarachas: ningún día era garantía de nada; en cualquier instante podía asomarse la bota del amo y aplastarla junto con nosotros y convertirnos en verdadera mierda tangible. Digo nosotros porque se suman a este zoológico de ratas desnutridas mis dos hijos. La mujer (¿mujer? ¿acaso algún hijo de puta ha osado en tocar a mi angelito? ¡ah, qué vida tan miserable!) se llama Sofia y el varón Arturo. Ella tiene unos 17 años cargados de estiercol pero los lleva adelante como una Juana De Arco. Su cualidad más relevante y -sobre todo- notoria, es que es bastante puta. Trato de no pensar en ello porque juro que dejaría la garrafa prendida y acabaría de una buena vez con esta comedia. Pero bueno, nunca fui egoísta y por eso mismo dejo que todo siga, aún sabiendo que el destino de todos nosotros, los pobres diablos, está digitado. Puede parecer cruel, pero, ¡mi vida es la más absoluta crueldad! Y luego esta él, es acreedor de 21 años de vida. Bah, vida; una porquería como la existencia de la hermana. A esto hay que añadirle que Arturo desde los 15 años se quiere morir; no deja de emborracharse ni de meterse drogas duras desde esa edad. Todavía no lo consigue; quizá lo logre antes yo.
 
 
 
A las 4.30 AM ya estaba en la estación de ferrocarriles festejando haber llegado sin despertar a ninguno de los míos. A esas horas de la madrugada si llegaba a cruzar alguna palabra con alguno de ellos era muy probable que cambiase mi virtual plan de la garrafa por algo más certero y efectivo, como el martillo que utilizo para derribar muros.
Siempre era lo mismo, pero a medida que pasaban los años se hacía todo más insoportable, más denso y apestoso. La rutina de viajar hacia la nada todos los días de mi vida me había convertido en un ser despreciable, una absoluta escoria, unmonstruo moral. Nada podía salvarme más del espectáculo de mi crusificción que unas líneas de cocaína de la peor calidad imaginable. Era lo que había. Y no tenía pretensiones de nada. La palabra esperanza había sido desterrada de mi podrido vocabulario por una mucho más implacable y verdadera: desesperación.
 
La droga enceguecía mis pupilas y relajaba mis demonios para no asesinar a mi jefe.
-Buen día señor -dije secamente ocultando todo mi pasado en mi laringe.
-¿Buen día? Llega 15 minutos tarde y pretende un "buen dia" -escupió el hijo de puta-, ¡ja! si son todos iguales; nunca cuidan su trabajo, no tienen disciplina, ¡son todos unos vagos!. Mire, yo le voy a contar. Cuando mi padre vino de Italia a esta tierra de mierda...
-Ya basta señor, disculpemé ¡sólo quiero ir a mi puesto de trabajo que queda mucho por hacer! -interrumpí con calma y con furia contenida.
El ambiente se había vuelto tenso. Yo sabía que no soportaría otra humillación más; mi cuerpo tenía ganas de estallar sobre la humanidad de ese viejo hijo de puta.
-¡No ve! Pretende hacer callar a su jefe; jajaja. Yo le voy a enseñar, pedazo de basura mestiza, híbrido de sangre putrefacta. Tenía razón Sarmiento cuando...
Las cosas se dieron así. Puedo jurarles que no quise, pero mi cuerpo cobró autonomía. Le hundí un destornillador que llevaba en mi bolsillo en medio de sus ojos. Casi que se asemejaba a un asesinato estéticamente perfecto. Había que verlo al viejo con mi herramienta clavada en su entreceja. Lo había matado a mi modo, con mi originalidad. El destornillador firmaba el crimen como: "lo ha matado un salvaje"
 
 
Regresaba a casa pensando que había renunciado a ese empleo de mierda de una manera poco usual, exquisita. Producir esa muerte me liberó, me mostró el camino de la resurreción. Mi comienzo estaba en poner fin. En acabarlos y acabarme. Sentí pánico, me temblaban las falanges de los dedos y los dientes. Compré una botella de Ginebra; tomé más cocaína y me dirigí a mi lugar, a mi tan vomitivo lugar. Al llegar a casa, todos tendrían una nueva oportunidad.
Eran las 9.16 de la mañana y aún los tres pobres diablos, mis tres pobres diablos, seguían durmiendo. Toda la casa estaba calma. Pude contemplar la armonía del estar dormido. En ese estado del alma no había mundo, reglas, ni siquiera moral. Todas las penurias de nuestras vidas, todas las muertes y crímenes eran piedras arrojadas en un desierto: nada. Decidí por fin hacerlo. Y lo hice por ellos. Sólo que me pareció adecuado seguir con el método anterior, el orginal. La garrafa era algo absolutamente impersonal y denotaba una democracia afeminada. Tomé tres de mis destornilladores y empecé por la más vieja, para luego continuar con mis angelitos. Hubo gritos, desde ya; pero era la liberación en su máxima expresión, eran los aullidos de la nueva vida, de la esperanza.
 
Tuve un sólo inconveniente: cuando los tres tenían cada uno su señal clavada y yacían en el sueño eterno, no encontré a nadie que haga lo mismo conmigo. Tuve miedo, no pude hacérmelo yo solo, por mi cuenta. Y ahora me encuentro sumergido en el fuego eterno. Soy un condenado de la tierra. La libertad de los mios la pagué con cadenas en mi corazón. No pude. No puedo. Soy un pobre diablo; ésa es mi existencia, este es mi destino.
Unidad Carcelaria Nro. 1 de Olmos. Otoño del 2001
 
 
 
 

30/4/12

La voracidad del verbo ser II


Hay quienes sólo existen fluctuando en una procesión aleatoria de significantes. “Pantalón vaquero y botas”. Sí, para él eso es una mujer. O tal vez “hoy, mañana y el año que viene, fui”. Es que aún no encontró un punto de anclaje. Secuencia infinita. Permanecen detenidos en una imagen que, una vez les otorgó el espejo de un otro. Le dio un ser frágil, a través de un puñado de palabras indelebles: "vos sos mi vida". Juntura de pedazos, que desde lejos, parece uno.

Otros, llevan una existencia itinerante, buscando por ahí alguien que se apiade y les diga quiénes son. Van vagando, buscando un amo, que les otorgue un ser cuya propiedad intrínseca es la de ser descartable. (¿descartable el ser o el amo?). Hay existencias incuestionables porque poseen artilugios que obturan cualquier agujero, hay quienes cuestionan su existencia.

Y así, entre el ser que devora y el otro que aprisiona; el Todo que puede encarnar en cualquier mortal y el que se siente Nada;   hay una cuestión que es indudable: existir duele.
Frente a tan humana problemática, múltiples recursos para aliviar semejante dolor: un trago para ver mejor; o quizás una frase filosa, pero escrita, nacida a tiempo; un sueño; una línea, una fantasía, una profesión; un síntoma; una palabra que cristalice un ser (Soy Adicto. Soy Ex Adicto, Soy Tumbero, Soy Artista).



Decime quién soy,

Sos imposible,

Decime quién sos,

Soy el origen de tu transparecia,

De tu inconsistencia

Lo que podría hacerte ser Nada.

Decíme.

Habláme.

(Silencio)

Entonces, si hay silencio, hay esperanza. El silencio, no siempre es ausencia. Puede ser espacio, traería oxígeno.

Ahí donde hay silencio, hay posibilidad de hacerse escuchar y de escucharse.

Un lugar donde alojarse, para descansar de ser o no ser.

Podría ser, el silencio,  tiempo propicio para crear.
Mariela Silva