Mostrando entradas con la etiqueta Criminología. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Criminología. Mostrar todas las entradas

6/11/13

ALPEC. Bronca, dolor, asco. Una foto, una oportunidad perdida


Por estas horas la Universidad Nacional de la Matanza asiste a un evento que huele a oportunidad perdida. A puñal. A golpe certero. Una vez más, como tantas otras veces el oscurantismo político preso de “sagradas coyunturas” le gana la pulseada a la verdadera vocación transformadora. La militancia se desvanece. Las convicciones ya no son determinantes. La demagogia destruye las ideas de fondo, las contamina. La demagogia reverencia la pobreza argumental y, sin más, retrocedemos casilleros a velocidades incuantificables.

Tenían absolutamente todo para barajar y dar de nuevo. Tenían consenso. Tenían apoyos. Tenían a los principales referentes latinoamericanos de la criminología y el derecho penal de su lado. Tenían vocación. Tenían voluntad. Tenían logística. Tenían recursos. Ganas de darle al pensamiento crítico de la región una impronta autóctona. Ganas de juntarse, de interactuar. Tenían la mística del pasado que regresa, el antecedente de la “criminología de la liberación”. Tenían futuro. Tenían coherencia. Tenían todo eso, pero ahora sólo tienen una foto con Ricardo Casal.

Estoy con muchísima bronca. Sin ganas de medir mis palabras. Hablo en caliente. No puedo hablar de esto en otros términos. Lo que sucedió hace pocos minutos en el Congreso organizado por ALPEC (Asociación Latinoamericana de Derecho Penal y Criminología) me duele profundamente. No logro entenderlo. O sí. Pero entenderlo duele aún más que la incomprensión absoluta.

A veces soy demasiado ingenuo. A veces realmente creo que hay cuestiones que no se negocian. Y que si escribís/hablás/pensás de una manera, lo mínimo que podemos exigirte es que actúes en idénticos términos.

Son mis amigos. Mis compañeros. Mis referentes. Los siento cercanos, pero lo que hicieron es desastroso. Sumamente desagradable. ¿Por qué carajo se prestaron a compartir ni más ni menos que una apertura de un congreso -con semejante potencial- con un personaje tan nefasto como el actual Ministro de Justicia del Gobierno de la Provincia de Buenos Aires?

No todo debe mezclarse. No todo debe ensuciarse. No todo da lo mismo. La tolerancia cero, la represión, la mano dura, la exaltación de las políticas punitivas, la complicidad con la tortura y una infinidad de etcéteras que sin duda alguna acompañan -casi por inercia- la figura de Ricardo Casal, no pueden ocupar  los mismos espacios que, por ejemplo, el pensador que popularizó en la Argentina (y en toda la región) la teoría agnóstica del derecho, la criminología cautelar o la selectividad por vulnerabilidad del sistema penal.

¿Acaso se imaginan a Rudolph Giuliani sentado en la misma mesa con Loic Wacquant, a Margaret Thatcher dialogando de igual a igual con Louk Hulsman o Stanley Cohen o a Alessandro Baratta o Massimo Pavarini compartiendo escenarios con Silvio Berlusconi? ¿Y entonces? ¿En qué estaban pensando? ¿Por qué lo permitieron?

Con el Gobierno Nacional hay idas y venidas, contradicciones muy fuertes, pero filtraciones también destacables. Al Gobierno Nacional podremos discutirle infinidad de cosas, pero por lo menos hay cierto margen para el diálogo y la construcción de algún escenario superador en alguna que otra materia específica. Con Casal y cía. esto claramente no es posible.

No hace falta explicitar su currículum vitae o ensayar una mini biografía al estilo wikipedia. Con escuchar a los presos del sistema penitenciario bonaerense (y/o a sus familiares) y que ellos mismos te cuenten que significa Casal es más que suficiente.

Casal no es sólo un nombre. Casal es un concepto. 

No hay que ser un genio para saber que Ricardo Casal no tiene nada que ver con aquellos cuestionamientos que ALPEC pretende (o pretendía) poner sobre la mesa. Basta con escucharlo hablar algunos minutos, con poner su nombre en google, con meterse en la página web de su cartera de gobierno o con simplemente preguntar qué opinan sobre él las organizaciones de base que día a día caminan de punta a punta la Provincia de Buenos Aires. Insisto. No hay que ser un genio. Insisto ¿por qué carajo lo hicieron?

Me hubiera encantado estar discutiendo en este documento, pronunciamiento o carta abierta otras cuestiones también sumamente relevantes. Manifestar mi repudio por la no inclusión del abolicionismo penal como temática de referencia en los diferentes paneles de la actividad. Manifestar mi rechazo por el formato del congreso y por no abrir el juego a otros sectores que por fuera de la academia también tienen mucho para decir. Me hubiera encantado únicamente tener que decirles “tibios”, precisamente por no asumir estos riesgos o enunciar teórica y políticamente las falencias del agnosticismo zaffaroniano.

Me hubiera encantado estar discutiendo ideas. Tácticas y estrategias. Me hubiera gustado no sentir lo que siento. Bronca, dolor, asco. Muchísimo asco. Sí. Eso. Nada más.
Maximiliano Postay

17/6/13

Pobre diablo

Contribución, experiencia, testimonio. Aporte para Locos, Tumberos y Faloperos del compañero Santiago Scotellaro. Lectura recomendada.
 
Mi vida era una mierda. Más bien es una mierda. La tiranía de las agujas se desplegaba de forma tal que daban exactamente las 4.00 AM. Esto es claro: mi día comenzaba a la hora de los pobres diablos; ahí donde ni siquiera el sol se animaba a asomar sus tentáculos, esa hora en donde la opulencia duerme y a su vez se oculta de la fealdad. Sólo yo y mis iguales emprendíamos el éxodo a la exclavitud así, de esa manera tan particular, tan huerfana de todo, tan solitaria y hundida en el barro del desprecio.
Apagué el puto reloj de una cachetada digna de un experto en artes marciales: di justo en el blanco de manera suave y precisa; pero colmada de odio, desde ya. Mi mujer embrutecía a cada ronquido. Se la veía relajada -quizá borracha- pero con aspecto a muerte. Era una pobre diabla más, tenía una visión de futuro semejante al de las cucarachas: ningún día era garantía de nada; en cualquier instante podía asomarse la bota del amo y aplastarla junto con nosotros y convertirnos en verdadera mierda tangible. Digo nosotros porque se suman a este zoológico de ratas desnutridas mis dos hijos. La mujer (¿mujer? ¿acaso algún hijo de puta ha osado en tocar a mi angelito? ¡ah, qué vida tan miserable!) se llama Sofia y el varón Arturo. Ella tiene unos 17 años cargados de estiercol pero los lleva adelante como una Juana De Arco. Su cualidad más relevante y -sobre todo- notoria, es que es bastante puta. Trato de no pensar en ello porque juro que dejaría la garrafa prendida y acabaría de una buena vez con esta comedia. Pero bueno, nunca fui egoísta y por eso mismo dejo que todo siga, aún sabiendo que el destino de todos nosotros, los pobres diablos, está digitado. Puede parecer cruel, pero, ¡mi vida es la más absoluta crueldad! Y luego esta él, es acreedor de 21 años de vida. Bah, vida; una porquería como la existencia de la hermana. A esto hay que añadirle que Arturo desde los 15 años se quiere morir; no deja de emborracharse ni de meterse drogas duras desde esa edad. Todavía no lo consigue; quizá lo logre antes yo.
 
 
 
A las 4.30 AM ya estaba en la estación de ferrocarriles festejando haber llegado sin despertar a ninguno de los míos. A esas horas de la madrugada si llegaba a cruzar alguna palabra con alguno de ellos era muy probable que cambiase mi virtual plan de la garrafa por algo más certero y efectivo, como el martillo que utilizo para derribar muros.
Siempre era lo mismo, pero a medida que pasaban los años se hacía todo más insoportable, más denso y apestoso. La rutina de viajar hacia la nada todos los días de mi vida me había convertido en un ser despreciable, una absoluta escoria, unmonstruo moral. Nada podía salvarme más del espectáculo de mi crusificción que unas líneas de cocaína de la peor calidad imaginable. Era lo que había. Y no tenía pretensiones de nada. La palabra esperanza había sido desterrada de mi podrido vocabulario por una mucho más implacable y verdadera: desesperación.
 
La droga enceguecía mis pupilas y relajaba mis demonios para no asesinar a mi jefe.
-Buen día señor -dije secamente ocultando todo mi pasado en mi laringe.
-¿Buen día? Llega 15 minutos tarde y pretende un "buen dia" -escupió el hijo de puta-, ¡ja! si son todos iguales; nunca cuidan su trabajo, no tienen disciplina, ¡son todos unos vagos!. Mire, yo le voy a contar. Cuando mi padre vino de Italia a esta tierra de mierda...
-Ya basta señor, disculpemé ¡sólo quiero ir a mi puesto de trabajo que queda mucho por hacer! -interrumpí con calma y con furia contenida.
El ambiente se había vuelto tenso. Yo sabía que no soportaría otra humillación más; mi cuerpo tenía ganas de estallar sobre la humanidad de ese viejo hijo de puta.
-¡No ve! Pretende hacer callar a su jefe; jajaja. Yo le voy a enseñar, pedazo de basura mestiza, híbrido de sangre putrefacta. Tenía razón Sarmiento cuando...
Las cosas se dieron así. Puedo jurarles que no quise, pero mi cuerpo cobró autonomía. Le hundí un destornillador que llevaba en mi bolsillo en medio de sus ojos. Casi que se asemejaba a un asesinato estéticamente perfecto. Había que verlo al viejo con mi herramienta clavada en su entreceja. Lo había matado a mi modo, con mi originalidad. El destornillador firmaba el crimen como: "lo ha matado un salvaje"
 
 
Regresaba a casa pensando que había renunciado a ese empleo de mierda de una manera poco usual, exquisita. Producir esa muerte me liberó, me mostró el camino de la resurreción. Mi comienzo estaba en poner fin. En acabarlos y acabarme. Sentí pánico, me temblaban las falanges de los dedos y los dientes. Compré una botella de Ginebra; tomé más cocaína y me dirigí a mi lugar, a mi tan vomitivo lugar. Al llegar a casa, todos tendrían una nueva oportunidad.
Eran las 9.16 de la mañana y aún los tres pobres diablos, mis tres pobres diablos, seguían durmiendo. Toda la casa estaba calma. Pude contemplar la armonía del estar dormido. En ese estado del alma no había mundo, reglas, ni siquiera moral. Todas las penurias de nuestras vidas, todas las muertes y crímenes eran piedras arrojadas en un desierto: nada. Decidí por fin hacerlo. Y lo hice por ellos. Sólo que me pareció adecuado seguir con el método anterior, el orginal. La garrafa era algo absolutamente impersonal y denotaba una democracia afeminada. Tomé tres de mis destornilladores y empecé por la más vieja, para luego continuar con mis angelitos. Hubo gritos, desde ya; pero era la liberación en su máxima expresión, eran los aullidos de la nueva vida, de la esperanza.
 
Tuve un sólo inconveniente: cuando los tres tenían cada uno su señal clavada y yacían en el sueño eterno, no encontré a nadie que haga lo mismo conmigo. Tuve miedo, no pude hacérmelo yo solo, por mi cuenta. Y ahora me encuentro sumergido en el fuego eterno. Soy un condenado de la tierra. La libertad de los mios la pagué con cadenas en mi corazón. No pude. No puedo. Soy un pobre diablo; ésa es mi existencia, este es mi destino.
Unidad Carcelaria Nro. 1 de Olmos. Otoño del 2001
 
 
 
 

10/6/12

"No a la construcción de nuevas cárceles"

Documento presentado conjuntamente por las agrupaciones Locos, Tumberos y Faloperos (LTF), La Mella, Comunicación por la Libertad (CXL) y Atrapamuros, en el marco del 4° Foro Nacional de Educación para el Cambio Social, el Sábado 9 de Junio de 2012, en Rosario, Santa Fé, República Argentina.


Trabajo en Cárceles: Nuestra acción, adentro y afuera:

I.
Violaciones sistemáticas a los derechos humanos, muertes diarias invisibilizadas por la opinión pública, terrorismo de estado en democracia, corrupción estructural, negocio millonario para pocos, discriminación, racismo, esclavitud racionalizada, multiplicación de desigualdades extramuros y caldo de cultivo del conflicto social que en teoría pretende atemperar.
La cárcel no es más ni menos que eso.
En la Argentina hay aproximadamente 65 mil personas privadas de su libertad por el Estado, de las cuales casi el 70% son procesados, es decir inocentes.
La sobrepoblación alcanza el 80%, lo que significa que las cárceles argentinas albergan casi el doble de las personas que su capacidad edilicia les permite.
El número de personas encarceladas en las últimas décadas aumenta a un ritmo 9 veces mayor que la población general.
Este crecimiento –vale decirlo- no guarda relación alguna con la frecuencia delictual, sino que depende estrictamente de políticas estatales premeditadas, diseñadas por potencias foráneas, a base de prácticas como la “mano dura” o la “tolerancia cero” y/o teorías tales como el “actuarialismo” o el “derecho penal del enemigo”, en boga principalmente después de la caída de las Torres Gemelas, en Nueva York,  el 11 de septiembre de 2001.

II.

El sistema penitenciario suele ser un negocio sumamente rentable para quienes lo comandan (autoridades políticas, directores de unidades y complejos. y en menor medida los guardias de los servicios penitenciarios).
La comida, el trabajo y la salud de las personas presas se convierten en un “negociado de malversaciones” en el que los funcionarios embolsan –en beneficio propio- los recursos que el Estado provee –teóricamente- para garantizar la dignidad de las personas encerradas.
Las drogas, los celulares, las celdas vip y demás beneficios adentro de una cárcel están sumamente cotizados.
Pequeños “kioscos” administrados conjuntamente por presos y penitenciarios, en connivencia con autoridades de mayor rango, contribuyen a que la estadía en la cárcel, sea una verdadera carrera de supervivencia, en el que “todo vale”, con tal de superar las dificultades naturales que impone esta jaula miserable. 
La lógica de premios y castigos avalada expresamente por la normativa vigente, no hace más que realzar la individualidad de cada una de las personas privadas de su libertad, en detrimento de cualquier actividad llevada adelante en conjunto.
Sin embargo, a través de una lucha constante y larga, dentro y fuera de los muros, hoy existen numerosos centros de estudiantes (Penal de Devoto, Ezeiza mujeres y varones, Unidad 48 de San Martín, Unidad 31 de Florencio Varela, etc.), encuentros inter-carcelarios y reclamos conjuntos; clara muestra que la organización entre los internos no es una utopía, sino, una realidad.
Lo dicho no puede tomarse como algo normal, no hay que acostumbrarse. Que la organización crezca día a día y de distintas formas es completamente posible.
 
 
III.

En lo que va del año, en el complejo penitenciario de José León Suarez en la Provincia de Buenos Aires, murieron 5 personas.
Patricio Barrios Cisneros fue asesinado a golpes por diez guardias penitenciarios delante de su mujer embarazada. Le saltaron en el pecho hasta matarlo.
¿La razón? Su hermano había denunciado que los guardias penitenciarios lo sacaban a robar para ellos. La versión oficial del servicio fue que se había golpeado contra las rejas auto-lesionándose hasta morir.
El fiscal estaba presto a aceptar esta versión, pero más de diez testigos presenciaron el hecho y declararon, por lo que los penitenciarios imputados terminaron dándose a la fuga, con la ayuda de sus colegas y el “visto bueno” de la fiscalía que a las dos semanas de los hechos todavía no había pedido la captura internacional.
Lo dicho es sólo un ejemplo de la impunidad con que se manejan los guardias y directores de los servicios penitenciarios, corroborando completamente lo que hasta ahora venimos denunciando.  
En la provincia de Buenos Aires no hay un solo guardia condenado por torturas o por homicidio. Los fiscales y los jueces avalan las prácticas en lugar de denunciarlas y condenarlas.
La política de derechos humanos no parece alcanzar a los penales. Por el contrario, el manejo penitenciario se asemeja ostensiblemente al de los campos de concentración.

IV.

Mientras tanto, los gobiernos nada hacen para cambiar el rumbo de los acontecimientos o lo que intentan hacer no va en la orientación que nosotros consideramos correcta.
De nada sirve trasladar un penal de una ciudad a otra, como se pretende realizar con la cárcel de Devoto (sólo a los fines de salvaguardar los intereses clasistas de los vecinos de uno de los barrios más adinerados de la Ciudad de Buenos Aires) ni –mucho menos- construir nuevas unidades, como las que se están edificando en Mendoza o en el Noroeste argentino (ambas, verdaderos “monstruos arquitectónicos”).
Por el contrario, consideramos de vital importancia, que las autoridades decreten formalmente la prohibición de construir nuevas cárceles y la necesidad de abordar la problemática social denominada “delito”, desde mecanismos de regulación de conflictos más eficaces. 
Idéntico criterio, asumió la hoy vigente ley nacional de salud mental, N° 26.657, con los manicomios –primos hermanos de la cárcel- y el resultado hasta ahora es satisfactorio.
Su artículo 27 expresa con contundencia que “Queda prohibida por la presente ley la creación de nuevos manicomios, neuropsiquiátricos o instituciones de internación monovalentes públicos o privados”. 
No estaría mal seguir este ejemplo.
La cárcel (y no sólo su realidad), nos indigna y moviliza. Especialmente que aún se sostenga desde el discurso dominante que de esta manera se “soluciona algún conflicto”, “se combate la inseguridad” o se “resocializa” a los que pasan por sus celdas.
Mejorar las condiciones de encierro y reivindicar el legitimo ejercicio de los derechos humanos de las personas privadas de su libertad es una necesidad inmediata, insoslayable, de vida o muerte, pero también lo es luchar en forma organizada para erradicar progresivamente el campo operativo de esta estructura demencial, enfatizando que su eventual abolición no es una mera utopía sino una construcción político-cultural, que no obstante sonar hoy lejana, debe de una vez por todas, iniciar su camino.
De nosotros depende asumir la responsabilidad de dar los primeros pasos en esta dirección.


ATRAPAMUROS – COMUNICACIÓN X LA LIBERTAD (CXL)

LA MELLA – LOCOS, TUMBEROS Y FALOPEROS (LTF)


22/5/12

Feminismo Punitivo

Crónica de una actitud inexplicable.

A propósito de la incorporación del “Feminicidio” a nuestro Código Penal

(Nota originalmente publicada el día 16 de mayo de 2012 en www.asuntosdelsur.org)

El pasado miércoles 18 de abril del corriente año la Honorable Cámara de Diputados de mi país, Argentina, otorgó media sanción al proyecto de ley que incorpora la figura del “feminicidio” a nuestro Código Penal. Por unanimidad y tomando en consideración unos quince proyectos de similares características, más de doscientos legisladores de  bloques de las más diversas orientaciones ideológicas acordaron -sin mayores contrapuntos- sumarle una línea más a nuestra de por sí extensa legislación punitiva.

Lo que no logra casi ninguna temática lo hace -sin esfuerzo alguno- el derecho penal. Todo un dato para aquellos que descreemos por completo que el derecho penal tenga alguna utilidad positiva. El derecho penal parecería ser por estos días una insignia infalible a la hora de consolidar el proceso de “unidad nacional” por el que muchos abogan. Ironías al margen, y más allá de no ser esta la primera vez que nuestros legisladores actúan en esta dirección, no puedo dejar de ver lo sucedido con sincero desconcierto.
Políticos profesionales, con la venia de sus seguidores partidarios y buena parte de las agrupaciones de derechos humanos vinculadas a la  problemática de la “violencia de género” o en particular la “violencia contra las mujeres”, desde la celebración de medidas como la citada no sólo insisten en intentar resolver conflictos sociales desde el derecho penal –obsoleto por definición a  tal efecto- sino que también reivindican en forma contradictoria y muy difícil de explicar un instrumento históricamente misógino. El sistema penal, patriarcal por excelencia, lejos de ser una solución a la violencia contra las mujeres, sin duda alguna puede identificarse incluso como una de sus causas.
La violencia de género manifestada contra las mujeres responde a elementos estructurales. El hecho que explica la violencia de los hombres contra las mujeres en el marco de lo que podría denominarse también “violencia patriarcal” no son las características biológicas de unos y otras sino las variables socio-culturales asociadas.



El “Dios Hombre” de las principales religiones monoteístas; la razón masculina de la Atenas de Sócrates, Platón y Aristóteles; la supuesta debilidad corporal de las mujeres en comparación con “el macho musculoso”; la muchas veces arbitraria distribución de las tareas laborales; la utilización del “masculino” como artículo genérico a la hora de clasificar conjuntos integrados simultáneamente por mujeres y hombres; y un sinfín de factores históricos, culturales, políticos, científicos, lingüísticos, epistemológicos, etc. contribuyeron durante siglos a la edificación del estado de situación presente.

El sistema penal moderno, aquel que irrumpe en el siglo XIII d.c., con la santa inquisición como baluarte máximo -en sintonía con los ejemplos enumerados- tuvo desde su génesis un encono muy particular con las mujeres.  La irremediable asociación entre castigo, persecución, tortura, confesión, delito y pecado y el por entonces naturalizado rol de la Iglesia Católica como principal órgano de justificación ideológica de la persecución criminal premeditada e institucionalizada, explica de por sí esta peculiaridad.
La mujer fue por aquellos años “enemigo” declarado del “buen orden” que el sistema penal pretendía mantener indemne. “Bruja”, “genéticamente más débil que el hombre frente a las tentaciones demoníacas”, “culpable del pecado original” y/o “habitual partícipe de orgías y cofradías perversas”. Los manuales criminológicos de entonces y el imaginario socio-cultural de la época hacían referencia en estos términos a las representantes del sexo femenino.

Sumamente ilustrativo, en concordancia con lo dicho, es el modo en el que los monjes dominicos Jabobo Sprenger y Heinrich Kraemer, en su célebre obra “El martillo de las brujas” catalogan a las mujeres. Este libro publicado por primera vez en Alemania en 1486, enuncia en sus páginas frases como estas: “Dado que son débiles en las fuerzas del cuerpo y del alma, no es extraño que pretendan embrujar a aquellos a quienes detestan”;[1] “La voz: mentirosa por naturaleza lo es en su lenguaje, pues pica encantando. De donde la voz de las mujeres es comparada al canto de las sirenas, que por su dulce melodía atraen a los que pasan y los matan”;[2] “Una mujer que llora engaña: hay dos géneros de lágrimas en los ojos de las mujeres: unas para el dolor otras para la insidia. Una mujer que piensa sola, piensa mal”.[3]


Pero no todo es medieval y lejano si de misoginia punitiva se trata. Varios siglos más tarde, ya con la cárcel consolidada como instrumento de castigo generalizado, en pleno auge de la revolución industrial y en el marco del desarrollo teórico-práctico de la criminología positivista lombrosiana, “la donna delinquente”, cometería -según los principales expertos de esta tradición- delitos “no por mala, sino por loca”, reproduciendo de esta manera -con apenas sutiles variantes- la representación modular de la mujer como sujeto débil mental, maleable y con notoria permeabilidad a las influencias del medio ambiente. Su desviación no es genética –como en el caso de los hombres y sus delatoras fisonomías craneanas-, sino cultural. Su gravísimo error: no responder al estereotipo de “buena madre” y “buena esposa” que todas y cada una de las mujeres debe seguir con vehemencia y sumisión.
La cárcel en consecuencia tendrá como objetivo primordial reconciliar a la mujer con los valores cuya “vocación delincuencial” hizo perder de vista. La cárcel intentará reencontrar a “la mujer delincuente” con las características que “la mujer no delincuente” tiene en el ámbito extra-carcelario.

Lamentablemente por más arcaico que hoy suene, el positivismo referenciado se encuentra en nuestros días ciento por ciento vigente. La tendencia de los centros penitenciarios a reforzar la asistencia psicológica de las reclusas con mucha mayor facilidad que en el caso de sus pares hombres y la cantidad de pastillas “psiquiátricas” que las mujeres suelen recibir en su estadía en la cárcel así lo confirman.

Paréntesis mental: ¿Explicará esto tal vez la habitual tendencia de insultar a las mujeres diciéndole “locas de mierda” y la casi nula utilización de descalificaciones tales para los hombres? ¿Explicará esto la manera simpática –y no tanto- con la que algunos maridos hacen referencia a sus mujeres diciéndoles “bruja”, “ja-bru” o similares? Quizás. Puede ser. Pienso en voz alta, cierro paréntesis e impulso una pregunta: Atento lo dicho, ¿resulta razonable recurrir a un sistema que históricamente vapuleó a la mujer, para defenderla? Intuyo que no.




Asimismo cabe la realización de algunas consideraciones adicionales, más allá de los condicionamientos históricos referidos.  Si el derecho penal de por sí no sirve para nada, menos aún lo hace si se trata de resolver este tipo de problemáticas eminentemente socio-culturales. Carece de poder simbólico, potencialidad disuasoria y/o intimidante. Dicho en otros términos: el hombre no va a dejar de golpear a la mujer porque el Código Penal diga que su conducta merece un castigo de 5 o 100 años de prisión.  En este sentido la actitud festiva, lúdica y efervescente de los diputados, los militantes pro-derechos humanos y principalmente las activistas feministas, minutos después de la sesión a la que hice referencia en el párrafo primero, resulta cuanto menos sorprendente.

El encierro, consecuencia inercial de la puesta en marcha del aparato represivo, suele ser la más fácil de todas las respuestas posibles frente al conflicto social. Lamentablemente cuando los diferentes actores políticos no saben qué hacer frente a una “problemática x” recurren a él compulsivamente, demostrando que la “imaginación no punitiva” no es su fuerte. El encierro agrava el conflicto que  desde el Estado es regulado desde su implementación, haciendo que su universo particular repercuta en la sociedad en su conjunto multiplicado unas cuantas veces. La cárcel genera la violencia social que a través de ella el legislador pretende atemperar. Esto hay que decirlo sin eufemismos.

Finalmente me permito cerrar mi comentario con el enunciado de una convicción: a la violencia contra las mujeres se la combate cuestionando radicalmente todas las estructuras socio-culturales que la motivan, toleran y promueven. El aparato represivo sin duda alguna pertenece a este repudiable elenco. A la violencia contra las mujeres, entonces, también se la combate luchando por la desaparición definitiva del sistema penal.

Maximiliano Postay



  






[1] Kraemer, H. y Sprenger, J., Malleus Malleficarum, Felmar, Madrid, 1976, p. 101
[2] Ibídem, p. 105
[3] Ibídem, p. 100