5/2/12

Militancia, propaganda y referencia



Érase una vez un grupo de individuos libres. Hombres y mujeres como cualquiera de nosotros. Sueños ambulantes, sin Dios y sin Estado. Piedras en el zapato del poderoso. Demonios urbanos. Hijos sin familia, soledades compartidas. Peones de ese rey que ya no existe. Trovadores incansables. Trotamundos sin fronteras. Gemidos. Páginas escritas con la tinta horizontal de las metáforas. “Astillas, clavos miguelitos, cabezas de tormenta, marabunta suelta y errante en el panal psíquico del orden burgués”.[1]

Pretéritos al margen; anécdotas, leyendas e ilusiones. No obstante la añoranza, la realidad indica que los anarquistas sobreviven aún hoy al paso de los años. Víctimas de infinitas persecuciones -principalmente durante su época de esplendor sobre el final del siglo XIX y principios del siglo XX-; ni la saña lombrosiana[2] ni la subestimación y/o desnaturalización permanente de sus mensajes y proclamas[3] fueron lo suficientemente fuertes como para sepultar en el temible cementerio de las reflexiones caducas las ideas “utópicas” de aquellos “personajes”.

En Barcelona, en San Pablo, en México D.F., en Sevilla, en Ámsterdam, en Rosario, en Buenos Aires, en Roma, en Calabria, en Asunción, en Caracas y en una inmensa lista de urbes y campañas, las trincheras anarquistas yacen erguidas –dignas y honorables-, año 2012 mediante.

Ya no hay plazas llenas de banderas rojas y negras; ni un Bakunin[4] ni un Malatesta ni un Kropotkin recitando discursos memorables. Ya no hay temores oficiales justificados. Ni policías desvelados por un tal Simón Radowitzky. Poco queda de aquel ruidoso e influyente anarco-sindicalismo; de aquellos meses de ensueño en la Catalunya anti-Franco. Poco queda de los viajes de Rafael Barret y Pietro Gori; o de la revolución mexicana y Ricardo Flores Magón.[5]  Disímiles como pocos. Individualistas o colectivistas. Pacifistas o expropiadores. Organizados o anti-organización. Sus diferencias internas -muchas veces irreconciliables y otras tantas meras excusas para seguir discutiendo-, tampoco mermaron su permanencia pétrea.

Vaya misterio el del pensamiento libertario. Nunca fueron demasiado numerosos. Nunca lograron encarrilarse detrás de una única vertiente. Nunca elaboraron teorías ultra racionalizadas ni pensamientos laberínticos, dignos de admiración profana. Nunca negociaron sus postulados ni vendieron su dignidad al mejor de los postores. ¿Y entonces? ¿Cómo se explica que todavía estén de pie? ¿Cuál es el secreto? 

Sin duda alguna me atrevo a sentenciar que los anarquistas, de ayer y de siempre, deben su permanencia -so pena de óbices, trampas de oso, entuertos exógenos y contradicciones endógenas- a su infatigable vocación propagandística. Donde había un anarquista, había un orador en potencia. Donde había dos anarquistas, había un debate público digno de ser escuchado atentamente. Donde había tres anarquistas, había un panfleto y una revista inminente. La consigna era simple.

No eran educadores, predicadores ni profetas. Pero tenían una convicción profundamente arraigada: “el cambio” sólo era viable, con el apoyo –crítico y no devocional- de la mayor cantidad de personas posible: “El anarquista no admite treguas. Su actividad se concreta en lucha continua y su interés estriba en prolongarla todo lo posible. Se muestra intratable, intransigente, sin piedad con los que detentan el poder administrativo, intelectual y económico. No acepta concesiones sociales a cambio de una relativa tranquilidad, haciéndose el cómplice de las gentes interesadas en el mantenimiento de la actual sociedad, sino que lleva a la mayor intensidad y constancia su labor de crítica profunda y seria. Rechazamos, pues, las fórmulas fijas, porque no debemos tener en cuenta más que las circunstancias relativas del presente que vivimos.”[6]

Cualquier excusa era buena para transmitir nociones libertarias; desde la improvisación y la espontaneidad, hasta lo producido en conjunto en centros culturales, círculos u asambleas. En Buenos Aires, por ejemplo, en el año 1904 llegó a haber 51 centros libertarios, a través de los cuáles la actividad propagandística era concebida por sus miembros como algo integral, no sólo destinado a trabajadores, explotados, “sino también a sus esposas e hijos”. [7]

Debates históricos, sociales y filosóficos eran combinados con actividades culturales y/o festivas -alejadas de los parámetros de ocio impuestos arbitrariamente por la sociedad burguesa-, en las cuáles se trataba de exacerbar la ética anarquista en detrimento de los vicios superfluos de la cultura retrógrada ofertada habitualmente por la élite dominante. [8]

Míticas publicaciones ácratas porteñas como: “El descamisado” (1870); “El perseguido” (1890); “La protesta humana” (1897) –desde 1903 en adelante “La protesta”-; y “El rebelde” (1898);  dieron sus primeros pasos en aquellos años.[9]

Hoy más de un siglo después, y por la módica suma de tres pesos argentinos, tengo entre mis manos el Nº 8.249 de “La Protesta”, correspondiente al bimestre Junio-Julio de 2010. Un puesto de diarios, a metros del Congreso de la Nación Argentina, sobre la Av. Callao (entre Rivadavia y Bartolomé Mitre), lo exhibe orgulloso en sus vitrinas a la sombra de Clarín, Página 12 y la revista Playboy. Desde la segunda página un titular logra entusiasmarme: “Presos a la calle”: “¡No se confundan sociedad! LA DEMOCRACIA TAMBIÉN ASESINA, TORTURA Y DESAPARECE PERSONAS.”[10]
 
La actividad epistolar e incluso la controvertida y harto violenta “propaganda por el hecho” también formaron parte del copioso arsenal propagandístico de los clásicos movimientos libertarios.

Va un ejemplo por demás ilustrativo: Ravachol, activista anarquista nacido en Francia en 1859, y muy cuestionado incluso por sus propios compañeros libertarios -por las muchas veces exagerada violencia de sus prácticas- “ya arrestado y después de haber comido bien en prisión, le dice a sus guardias que tiene por costumbre hacer propaganda en todos lados, y les pregunta: ¿Saben ustedes qué es la Anarquía?”[11]

Evidentemente eso de que la filosofía libertaria “no constituye un modo de pensar la sociedad de la dominación, sino una forma de existencia contra la dominación”,[12] no es simplemente una frase acartonada: “Para innovar y con ello dar vida hay que atreverse a profanar, sin la menor reserva, hay que aprender a ser radicalmente irrespetuosos”[13]

¡Cuánto puede aprender en la actualidad la militancia abolicionista penal de estas extraordinarias enseñanzas! La propaganda temática –estructuralmente elucubrada-, en oposición a los muros, las jaulas y las cadenas cualquiera sean sus formas, razón de ser y/o genealogía debe multiplicar su densidad y debe hacerlo AHORA.

Revivir la metafísica del panfleto, generar espacios de difusión de ideas adaptados a la sociedad cibernética contemporánea, ir aula por aula en todas las universidades que sea posible promocionando actividades culturales, copar el espacio público, etc. En resumen: lo que se nos ocurra. El límite es el cielo. Creatividad, creatividad y más creatividad. Instalar la discusión radicalizada en contra de las cárceles, los manicomios, las granjas de tratamiento compulsivo para adictos y hasta los geriátricos (por sólo citar algunos ejemplos) resulta para todos aquellos que compartimos el desprecio visceral por la “cultura represiva" una obligación irrenunciable.

Maximiliano Postay



[1] FERRER, C, “Átomos sueltos. Vidas refractarias”, en Cabezas de tormenta. Ensayos sobre lo ingobernable, Utopía Libertaria, Buenos Aires, 2008, p.16
[2] LOMBROSO, C., Los anarquistas, Editorial La Protesta, Buenos Aires, s/f (Acompañado de la respuesta de Ricardo Mella, 1896). Obra escrita originalmente en 1894, en la cual el criminólogo italiano, atribuía la conducta anti-sistema de los anarquistas a sus características físicas y/o mentales, tildándolos de degenerados, morbosos, histéricos, hijos de padres viciosos, etc.
[3] Véase a título de ejemplo lo expresado en: GUÉRIN, D., El anarquismo, Utopía Libertaria, Buenos Aires, 2008, pp. 103 y sigs.
[4] “El revolucionario ruso sólo se hallaba a gusto entre energías desatadas y entre gente decidida. Max Nettlau lo abarcó en una frase acertada: Bakunin se había transformado en una Internacional él mismo. Fernando Savater diría más tarde que fue el mayor espectáculo del siglo XIX. En efecto, su biografía fue legendaria mucho antes de su muerte”. (FERRER, C., “Deicidio y Disidencia”; Introducción de: BAKUNIN, M., Dios y el Estado,  op. cit., p. 7).
[5] VIÑAS, D., Anarquistas en América Latina, Paradiso, Buenos Aires, 2009, pp. 47 y sigs.
[6] ARMAND, E., El anarquismo individualista. Lo que es, puede y vale, Utopía Libertaria, Buenos Aires, 2007, p. 126 (Traducción a cargo de M. Martínez).
[7] SURIANO, J., Anarquistas. Cultura y política libertaria en Buenos Aires. 1890-1910, Manantial, Buenos Aires, 2008, pp. 38-50
[8] Ibídem, pp. 156 y 157
[9] Ibídem, pp. 186 y 187
[10] La mayúscula corresponde al original.
[11]  DAURIA, A., Contra los jueces. El discurso anarquista en sede judicial, Utopía Libertaria, Buenos Aires, 2009, p. 55
[12] FERRER, C., “Átomos sueltos. Vidas refractarias”, op. cit., p. 19
[13] IBAÑEZ, T., “Instalados en la provisionalidad y en el cambio… (como la vida misma)”, en Actualidad del anarquismo, Utopía Libertaria, Buenos Aires, 2007, p. 135


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