Si, tal vez, pero si hubiera hecho todo, mi hijo
estaría vivo.
La
presión de los medios –una vez más- se engolosina con la producción de un "otro" (adicto al paco) que no reviste características humanas, sino la de un
aberrante extraño, que en función de su adicción, puede cometer cualquier tipo
de ilícito (por lo pronto consumir esa sustancia diabólica -paco, cocaína,
marihuana o cualquier sustancia distorsiva que lo convierta en
antisocial-).
Con ese criterio, en el mejor de los casos va a tramitar su posible condena
(jurídica), por otra pena disfrazada de bondadosa opción: un “tratamiento” que esconde obligaciones y sometimientos de toda índole: un cambio de la
categoría “delincuente” a “enfermo”, sin más trámite, pero con idénticas
características de desposeimiento de su voluntad, desconocimiento de su
palabra, compulsión sin réplica, castigos por nimiedades, confusión de
prolijidades externas (orden, limpieza, tareas subalternas, etc.) y ausencia de consciencia; u ordenamientos tales como los tratamientos de "chaleco químico", codificados e inducidos -en sentido alienante- por la ciencia y el "saber médico". Orden voluntario de aquellos que pasaron por la experiencia, se
“salvaron y por lo tanto están habilitados para “curar” esta curiosa enfermedad que
solamente los que la padecieron, pueden tratar...
Y esto se hace (ante la ausencia
de palabras y conocimientos específicos) a través de órdenes, conductas
visibles buenas, pulcritud, aseo y demás yerbas, que poco hacen a cambios
trascendentes o de posición interrogante que permita resolver la actitud de
consumo compulsivo y hecho estodesde el
criterio abstencionista, que pretende la falta de consumo como condición básica
para la recuperación del usuario-. Esto es, cero reconocimiento a las
condiciones de mínima autonomía del usuario. Y a pesar que se lo pueda
considerar “paciente” en realidad se lo considera simplemente no autonómico,
dejándolo en situación de cumplimiento de órdenes personales y de
directivas colectivas de todo tipo.
Ese
es el panorama para una persona que meramente consume, que en tanto transgresor
moral, prácticamente se le desconoce todo derecho. Y eso se traslada casi sin
transición a las formas de la mayoría de los tratamientos. Si
esto es así, para los sistemas que se ocupan de los supuestos tratamientos
desde la lógica moralista, imaginemos el posicionamiento y los comentarios
inductores en apoyo del discurso oficial (el incorporado en sustancias,
informes profesionales, informativos periodísticos, comentarios de
“especialistas”, etc.). Discurso oficial -no de gobierno, sino del
supuesto “deber ser” sobre el comportamiento social esperado- que y básicamente
es un discurso de inclusión (el no consumo) y de exclusión (los consumos de
sustancias) que usualmente ya tiene asignación previa sobre una supuesta
peligrosidad, esto es: pobres, marginados, pobladores de asentamientos,
personas pertenecientes a grupos “inadecuados” políticamente, artistas,
bohemios, distintas pertenencias socialmente mal vistas, etc.
De
forma que el daño, el problema de las drogas -la cuestión de las drogas y otras
aseveraciones semejantes- por lo general está apuntalado por un discurso
normativo de exclusiones anticipadas, que quiere controlarlo. Para eso y
frecuentemente se usa ese discurso absurdo de la "peligrosidad" (y nada más)
que puede llegar a crear al “monstruo” y usarlo de alivia conciencia y
disculpador de todos los abandonos previos y actuales frente a todo el cuerpo
social. Obviamente quienes son "señaladores habituales" también son los que
poco o nada se interesan por los derechos y déficits del resto de la
ciudadanía.
El pasado miércoles 18 de abril del
corriente año la Honorable Cámara de Diputados de mi país, Argentina, otorgó
media sanción al proyecto de ley que incorpora la figura del “feminicidio” a
nuestro Código Penal. Por unanimidad y tomando en consideración unos quince
proyectos de similares características, más de doscientos legisladores de bloques de las más diversas orientaciones
ideológicas acordaron -sin mayores contrapuntos- sumarle una línea más a nuestra
de por sí extensa legislación punitiva.
Lo que no logra casi ninguna temática
lo hace -sin esfuerzo alguno- el derecho penal. Todo un dato para aquellos que
descreemos por completo que el derecho penal tenga alguna utilidad positiva. El
derecho penal parecería ser por estos días una insignia infalible a la hora de
consolidar el proceso de “unidad nacional” por el que muchos abogan. Ironías al
margen, y más allá de no ser esta la primera vez que nuestros legisladores
actúan en esta dirección, no puedo dejar de ver lo sucedido con sincero
desconcierto.
Políticos profesionales, con la venia
de sus seguidores partidarios y buena parte de las agrupaciones de derechos
humanos vinculadas a la problemática de
la “violencia de género” o en particular la “violencia contra las mujeres”, desde
la celebración de medidas como la citada no sólo insisten en intentar resolver conflictos
sociales desde el derecho penal –obsoleto por definición atal efecto- sino que también reivindican en
forma contradictoria y muy difícil de explicar un instrumento históricamente
misógino. El sistema penal, patriarcal
por excelencia, lejos de ser una solución a la violencia contra las mujeres,
sin duda alguna puede identificarse incluso como una de sus causas.
La violencia de género manifestada
contra las mujeres responde a elementos estructurales. El hecho que explica la violencia de los hombres contra las mujeres en el
marco de lo que podría denominarse también “violencia patriarcal” no son las
características biológicas de unos y otras sino las variables socio-culturales
asociadas.
El “Dios Hombre”
de las principales religiones monoteístas; la razón masculina de la Atenas de
Sócrates, Platón y Aristóteles; la supuesta debilidad corporal de las mujeres
en comparación con “el macho musculoso”; la muchas veces arbitraria distribución
de las tareas laborales; la utilización del “masculino” como artículo genérico
a la hora de clasificar conjuntos integrados simultáneamente por mujeres y
hombres; y un sinfín de factores históricos, culturales, políticos, científicos,
lingüísticos, epistemológicos, etc. contribuyeron durante siglos a la
edificación del estado de situación presente.
El sistema penal moderno, aquel que
irrumpe en el siglo XIII d.c., con la santa inquisición como baluarte máximo
-en sintonía con los ejemplos enumerados- tuvo desde su génesis un encono muy
particular con las mujeres. La
irremediable asociación entre castigo, persecución, tortura, confesión, delito
y pecado y el por entonces naturalizado rol de la Iglesia Católica como
principal órgano de justificación ideológica de la persecución criminal
premeditada e institucionalizada, explica de por sí esta peculiaridad.
La mujer fue por aquellos años “enemigo” declarado del “buen orden” que el sistema
penal pretendía mantener indemne. “Bruja”, “genéticamente más débil que el
hombre frente a las tentaciones demoníacas”, “culpable del pecado original” y/o
“habitual partícipe de orgías y cofradías perversas”. Los manuales
criminológicos de entonces y el imaginario socio-cultural de la época hacían
referencia en estos términos a las representantes del sexo femenino.
Sumamente ilustrativo,
en concordancia con lo dicho, es el modo en el que los monjes dominicos Jabobo
Sprenger y Heinrich Kraemer, en su célebre obra “El martillo de las brujas”
catalogan a las mujeres. Este libro publicado por primera vez en Alemania en
1486, enuncia en sus páginas frases como estas: “Dado que son débiles en las
fuerzas del cuerpo y del alma, no es extraño que pretendan embrujar a aquellos
a quienes detestan”;[1] “La
voz: mentirosa por naturaleza lo es en su lenguaje, pues pica encantando. De
donde la voz de las mujeres es comparada al canto de las sirenas, que por su
dulce melodía atraen a los que pasan y los matan”;[2]
“Una mujer que llora engaña: hay dos géneros de lágrimas en los ojos de las
mujeres: unas para el dolor otras para la insidia. Una mujer que piensa sola,
piensa mal”.[3]
Pero no todo
es medieval y lejano si de misoginia punitiva se trata. Varios siglos más
tarde, ya con la cárcel consolidada como instrumento de castigo generalizado, en
pleno auge de la revolución industrial y en el marco del desarrollo
teórico-práctico de la criminología positivista lombrosiana, “la donna
delinquente”, cometería -según los principales expertos de esta tradición- delitos
“no por mala, sino por loca”, reproduciendo de esta manera -con apenas sutiles
variantes- la representación modular de la mujer como sujeto débil mental,
maleable y con notoria permeabilidad a las influencias del medio ambiente. Su
desviación no es genética –como en el caso de los hombres y sus delatoras
fisonomías craneanas-, sino cultural. Su gravísimo error: no responder al
estereotipo de “buena madre” y “buena esposa” que todas y cada una de las
mujeres debe seguir con vehemencia y sumisión.
La cárcel en
consecuencia tendrá como objetivo primordial reconciliar a la mujer con los
valores cuya “vocación delincuencial” hizo perder de vista. La cárcel intentará
reencontrar a “la mujer delincuente” con las características que “la mujer no
delincuente” tiene en el ámbito extra-carcelario.
Lamentablemente
por más arcaico que hoy suene, el positivismo referenciado se encuentra en
nuestros días ciento por ciento vigente. La tendencia de los centros
penitenciarios a reforzar la asistencia psicológica de las reclusas con mucha
mayor facilidad que en el caso de sus pares hombres y la cantidad de pastillas
“psiquiátricas” que las mujeres suelen recibir en su estadía en la cárcel así
lo confirman.
Paréntesis mental: ¿Explicará
esto tal vez la habitual tendencia de insultar a las mujeres diciéndole “locas
de mierda” y la casi nula utilización de descalificaciones tales para los
hombres? ¿Explicará esto la manera simpática –y no tanto- con la que algunos
maridos hacen referencia a sus mujeres diciéndoles “bruja”, “ja-bru” o similares?
Quizás. Puede ser. Pienso en voz alta, cierro paréntesis e impulso una
pregunta: Atento lo dicho, ¿resulta
razonable recurrir a un sistema que históricamente vapuleó a la mujer, para
defenderla? Intuyo que no.
Asimismo cabe la realización de algunas
consideraciones adicionales, más allá de los condicionamientos históricos
referidos.Si el derecho penal de por sí
no sirve para nada, menos aún lo hace si se trata de resolver este tipo de
problemáticas eminentemente socio-culturales. Carece de poder simbólico,
potencialidad disuasoria y/o intimidante. Dicho en otros términos: el hombre no
va a dejar de golpear a la mujer porque el Código Penal diga que su conducta
merece un castigo de 5 o 100 años de prisión. En este sentido la actitud festiva, lúdica y
efervescente de los diputados, los militantes pro-derechos humanos y
principalmente las activistas feministas, minutos después de la sesión a la que
hice referencia en el párrafo primero, resulta cuanto menos sorprendente.
El encierro, consecuencia inercial de la puesta en
marcha del aparato represivo, suele ser la más fácil de todas las respuestas
posibles frente al conflicto social. Lamentablemente cuando los diferentes
actores políticos no saben qué hacer frente a una “problemática x” recurren a
él compulsivamente, demostrando que la “imaginación no punitiva” no es su
fuerte. El encierro agrava el conflicto quedesde el Estado es regulado desde su implementación, haciendo que su
universo particular repercuta en la sociedad en su conjunto multiplicado unas
cuantas veces. La cárcel genera la violencia social que a través de ella el
legislador pretende atemperar. Esto hay que decirlo sin eufemismos.
Finalmente me permito cerrar mi comentario con el
enunciado de una convicción: a la violencia
contra las mujeres se la combate cuestionando radicalmente todas las
estructuras socio-culturales que la motivan, toleran y promueven. El aparato
represivo sin duda alguna pertenece a este repudiable elenco. A la violencia
contra las mujeres, entonces, también se la combate luchando por la
desaparición definitiva del sistema penal.
Maximiliano Postay
[1]Kraemer, H. y Sprenger, J., Malleus Malleficarum,
Felmar, Madrid, 1976, p. 101
Hay quienes sólo existen fluctuando en una procesión aleatoria de
significantes. “Pantalón vaquero y botas”. Sí, para él eso es una mujer. O tal
vez “hoy, mañana y el año que viene, fui”. Es que aún no encontró un punto de anclaje.
Secuencia infinita. Permanecen detenidos en una imagen que, una vez les otorgó el espejo de un otro. Le dio un ser frágil, a través de un puñado de palabras indelebles: "vos sos mi vida". Juntura de pedazos, que desde lejos, parece uno.
Otros, llevan una existencia itinerante, buscando por ahí alguien que se apiade y les diga quiénes son. Van vagando, buscando un amo, que les otorgue un ser cuya propiedad intrínseca es la de ser descartable. (¿descartable el ser o el amo?). Hay existencias incuestionables porque poseen artilugios que obturan cualquier agujero, hay quienes cuestionan su existencia.
Y así, entre el ser que devora y
el otro que aprisiona; el Todo que puede encarnar en cualquier mortal y el que
se siente Nada;hay una cuestión que es indudable: existir
duele.
Frente a tan humana problemática,
múltiples recursos para aliviar semejante dolor: un trago para ver mejor; o
quizás una frase filosa, pero escrita, nacida a tiempo; un sueño; una línea,
una fantasía, una profesión; un síntoma; una palabra que cristalice un ser (Soy
Adicto. Soy Ex Adicto, Soy Tumbero, Soy Artista).
Decime quién soy,
Sos imposible,
Decime quién sos,
Soy el origen de tu transparecia,
De tu inconsistencia
Lo que podría hacerte ser Nada.
Decíme.
Habláme.
(Silencio)
Entonces, si hay silencio, hay
esperanza. El silencio, no siempre es ausencia. Puede ser espacio, traería
oxígeno.
Ahí donde hay silencio, hay
posibilidad de hacerse escuchar y de escucharse.
Un lugar donde alojarse, para
descansar de ser o no ser.
Podría ser, el silencio, tiempo propicio para crear.
Segunda
de tres partes de “Pobre: Te odio, te aborrezco y te castigo”.
Marche
una Hepatalgina a la mesa 44. Nuestros investigadores empiezan a sentir un fuerte
malestar estomacal.
III. Los
policías y su odio a los pobres.
“Tengo
las cosas muy claras. Traicioné a mi clase social desde el momento mismo que me
puse este uniforme y esta gorra. Persigo a los pobres, aunque mi procedencia
humilde sea innegable. Los miro a los ojos con asco, con desdén. Sobreactúo la
diferencia entre un “ellos” y un “nosotros” completamente ficticio. Me premian
por acumularlos en comisarias como cucarachas. Ejecuto directivas. No pienso.
No cuestiono. Obediencia debida. Orden al servicio de la comunidad”.
“Mi
dignidad vale tan poco que a veces la uso de propina. Torturo, persigo, grito,
golpeo, reprimo y a cambio ni luchar por mis derechos puedo. Mi vida corre
peligro día tras día, mi familia muchas veces también lo hace, pero esto no
deja de ser un detalle menor frente al enorme orgullo que representa para mí servir
a la patria. ¿Sindicalización? Jamás, nunca, ni en sueños. La cúpula al mando
ve con muy malos ojos que los policías rasos puedan materializar semejante acto
vandálico”.
“Últimamente
en América Latina estamos adquiriendo una sana costumbre. Cuando un gobierno no
nos gusta, improvisamos algún que otro golpe de estado. A veces algún populista
berreta toma el poder y le da a los pobres (a los malos, no a nosotros) más de
lo que en realidad les corresponde y eso a nuestros jefes (sí, esos que no
permiten nuestra organización) mucho no les simpatiza. Hasta ahora venimos
fallando. Será cuestión de seguir intentando. ¿Quién te dice? Quizás si ustedes
nos dan una manito en cualquier momento metemos un batacazo”.
“Comemos
mucha pizza. Las tortugas ninjas son nuestros referentes. Somos gordos,
panzones, pero hábiles para capturar a intrépidos forajidos arranca-billeteras.
Decimos “afirmativo” más veces que Susana Giménez “correcto”. Jamás nos metemos
con los grandes delincuentes. El delito organizado trabaja en connivencia con
nosotros. Somos parte de una suerte de “equipo familiar”. Pan y manteca. Batman
y Robin. Fresco y Batata. Martín y Fierro. Los hermanos sean unidos, que esa es
la ley primera. Así decía, ¿no? Que lindas épocas esas… desde que se inventó la
pólvora, se acabaron los valientes”.
“Para
dormir no contamos ovejas, sino cometas. ¿Estrellas fugaces? ¿Figuras cósmicas?
Nooooo mi amigo. Estoy hablando de los “diegos” que nos llevamos cada vez que
nos toca hacer un operativo. ¿Maradona? Nooooo. Ustedes están bastante perdidos
por lo que veo eh!! Verdesss!! Verdessss!! Parece que la materia “corrupción”
se la llevaron a marzo, eh! Mucha mano dura, mucho tolerancia cero, pero poca
viveza. Ya sabía que los iba a agarrar en algo”.
IV. Los
jueces y su odio a los pobres.
“Soy
Dios. O lo más parecido a eso que pueda existir en este mundo. Me deben respeto
y sumisión. Todos y todas. Exijo que me llamen “Su excelencia”. Vivo de
rituales muy estúpidos. Un crucifijo adorna mi cabeza. En algunos países hasta
uso peluca y toga. Teatralizo el conflicto social que por supuesto me
pertenece. Las partes no existen. Son meros datos en un expediente, cuyo
contenido jamás conoceré. Soy Dios. Eso ya lo dejé claro, ¿no?”.
“Soy
Dios. Tengo chofer, custodia y mucho pero mucho roce social. Vivo
extremadamente mejor de lo que podría sugerirles mi salario. Mis ingresos son
de dudosa procedencia. Amigos, cadenas de favores. No piensen mal por favor.
Una excarcelación tiene precio, pero no lo digan demasiado alto. Lo sabe todo
el mundo, pero uno tiene su nombre, vio. Además soy profesor universitario. Que
van a pensar los incrédulos de mis alumnos”.
“Soy
Dios y en mi calidad de tal de más está decir que me cago en eso de la igualdad
ante la ley. Sin dudas me parece la frase más pelotuda de toda la normativa
existente sobre la faz de la Tierra. Salvo alguna excepción muy pero muy
aislada, sólo condenamos a los pobres. Ay, ay, ay. Que fácil sería si todos
supieran cómo compensarme. Soy Dios”.
“Soy
Dios. Mi cargo es eterno. Pertenezco a una corporación divina. Intocable. Todos
sueñan con tener un amigo como yo. Un conocido con tan alto rango y jerarquía.
Trabajo bastante poco. Para eso tengo un ejército de pendejos, a mi
disposición. Que vayan aprendiendo los mocosos como es esto de mirar a todos
por encima del hombro. Toman las audiencias por mí, escriben las sentencias por
mí y hasta a veces me falsifican la firma para no complicar mi estadía en el
campo de golf más cercano. Soy Dios”.
“Soy
Dios. Pongo el grito en el cielo si alguien osa contradecirme. Que a nadie se
le ocurra denunciarme públicamente o intentar cortar alguna de mis
atribuciones. Ni agencia de noticias, ni compra-venta de influencias, ni
escuchas ilegales, ni anillos de miles y miles de dólares. Soy Dios y Dios hace
lo que se le canta. Tomá nota marcianito.”
V.
El sistema penitenciario como depósito de pobres.
“Todos
los días los vemos entrar. Nunca pronuncian bien las palabras. Nunca son rubios.
Que mala imagen. Que mala vista. Ya que los tenemos encerrados podrían ser un
poco más lindos, eh. Pero no. Estos negros de mierda, no saben hacer otra cosa
que delinquir”
“Se
agradece de tanto en tanto algún que otro recreo visual. Celebramos cuando en
las cárceles de mujeres aparece alguna rusa atractiva. Que las cárceles
femeninas estén llenas de mulas preferentemente extranjeras muchas veces nos
salva la vida. Salvo –por supuesto- que se trate de alguna boliviana o peruana.
Eso es lo mismo que tener una cárcel de hombres a nuestra disposición. Basura,
basura y más basura.”
“Dicen
que surgí para humanizar los castigos medievales, la tortura en plazas públicas
y demás rituales violentos al estilo William Wallace en el final de “Corazón
Valiente”; pero la realidad indica que mi único objetivo se limita no a
sustituir sino a esconder esas prácticas y mantener su ejecución detrás de los
muros carcelarios. Parece que de un momento a otro publicitar las represalias
no fue muy rentable que digamos para las autoridades de turno y ahí aparecí yo
y a otra cosa mariposa. Jaulas. De un tiempo a esta parte, por suerte nos
pusimos de moda”.
“No
soporto a los familiares de los presos. Son la misma lacra que ellos. Me
encanta complicarles la vida lo más que pueda. Construyo cárceles lo más lejos
posible de los centros urbanos para que cada vez les sea más difícil irlos a visitar. No hay que
mezclar a los normales con estas bestias. Que se tomen cuatro colectivos. Eso a
mí me tiene sin cuidado. Mejor. Así los agarro bien cansados para humillarlos
sin pudor alguno en las benditas requisas. Momento sublime si los hay. Cuartito
al fondo, a sacarse la ropa y si te he visto no me acuerdo”.
“Me
encanta ser cínico. Lo disfruto, lo gozo. Me masturbo con el artículo ese que
dice que la cárcel tiene como objetivo la reinserción del delincuente en la
sociedad. Me cago de risa. Me río en la cara de los que me creen. ¿Resocializar
excluyendo de la sociedad? ¿A qué ignorante perverso se le ocurre confiar en semejante
contradicción lingüística? Si me interesara resocializar a alguien, una vez que
los tipos salen no les dificultaría enormemente las cosas, por ejemplo jodiéndoles
la vida para que consigan un trabajo a partir de la existencia del certificado
de antecedentes. Me caigo y me levantoooooo!! ¿Resocializar? ¿En serio alguien
cree semejante estupidez? Jajajaja!! Estruendoso. Genios posmodernos. Qué
maravilla que son los teóricos del estado de bienestar. Palito, bombón, helado.
Merca, celular y celda vip. Quién da más, quién da más”.
¿Alguna vez te preguntaste
por qué matar en la calle es un “delito” mientras que matar en la guerra es un
acto heroico? ¿Por qué robar está penalizado, pero la extracción de plusvalía es
la fuente de lucro legítima del sistema de producción capitalista?
La respuesta es tan
sencilla que puede sorprenderte: dentro de una sociedad, el legislador elige,
arbitrariamente, qué conductas penalizar y cuáles tolerar, lo que convierte al
delito en una mera decisión política -tendenciosa en la mayoría de los casos-.
¿O acaso creías que hay
acciones que son delitos por naturaleza? No, no y no. De ninguna manera.
Todas las acciones (sí,
todas) que se castigan en una sociedad han sido previamente constituidas,
etiquetadas, designadas como delictivas, en tanto hay un interés por parte de
la autoridad en materializar su persecución desde el Estado.
Todo preso es político. Su
condición responde a una lógica sistemática, histórica y socio-cultural.
¿Orden público? ¿Moral
colectiva? ¿Buen padre de familia? ¿Buen hombre de negocios? ¿Ah, sí? No me
vengan con pavadas.
¿Buenos y malos? Ni cerca.
La dicotomía habremos de buscarla en otro lado. Quizás Bakunin y Marx nos den
algunas herramientas.
Extra, extra. Parece que quieren decirnos la verdad. Parece que se han decidido a hacerlo. Extra, extra. En fin... parece que parece. En realidad tuvimos que engañarlos.
Reyes
magos, Papa Noel y el Ratón Pérez juntos por primera y sólo a los fines de
regalarnos la mágica confesión de seis de las principales agencias del sistema
penal: el legislador, la policía, los jueces, el sistema penitenciario, los
medios de comunicación y los intelectuales.
Pasto,
arbolitos y almohadones. Enérgica combinación tripartita. Franquicia divina.
Imperio celestial de lo impensado.
Extra, extra. No hizo falta torturarlos, ni utilizar la ultra tecnológica "máquina de la verdad".
Nuestra
tarea fue muchísimo más sencilla de lo que a priori podríamos
llegar a imaginar.
La
metodología fue simple. Los citamos a todos juntos y a la misma hora en un
hotel de lujo en Puerto Madero. Les dijimos que veníamos a estudiarlos, con sincera admiración y respeto, desde un planeta llamado “MECAGOENELPOBRE”.
Les
mostramos algunos videos de marchas al estilo “Blumberg” que supuestamente sucedían
todos los días en nuestra región y les dijimos que si en algún momento decidían
visitarnos se iban a encontrar con escenarios muy amigables y afines a su
idiosincrasia: aproximadamente doce jaulas por hectárea, dieciocho ejércitos de
androides lustra-barrotes por municipio y una escuela multidisciplinaria y politécnica
de tortura, encierro y segregación cada 233 habitantes. A su vez le dejamos
claro lo más importante. “Nuestro lema es inquebrantable –enfatizó uno de los nuestros
imitando risueñamente la voz de Ante Garmaz-: todo lo que no se ajuste a
nuestras expectativas estéticas debe ser apartado sin excepción alguna. No hay lugar para gente sin
clase. Brindo por eso”.
Les
mostramos fotos, falsas obviamente; y hasta un discurso de nuestro líder galáctico.
Un enano bigotón adicto a la palabra "estupendo". Los Simuladores estarían orgullosos de nosotros.
Fue
increíble ver el brillo desus pupilas al sentirse
tan identificados con nuestra puesta en escena. Alivio, orgullo, obstinada
calma: “Ustedes deben ser una civilización muy avanzada”, dijo uno de ellos sin
ponerse colorado.
Desde el
minuto cero del diálogo hablamos sin pelos en la lengua, o mejor dicho
"hablaron". Nosotros simplemente pusimos cara de pocker, y grabadorcito de
bolsillo mediante, nos deleitamos con el testimonio.
Pan y
circo. Canario Sapiens.
Expusieron apróximadamente dieciséis horas cada uno. Ego importante el de los muchachos.
He aquí
un brevísimo resumen de cada una de sus intervenciones:
II. El
legislador y su odio a los pobres.
“Aparezco
cada tanto. Bostezo mucho. No siempre me conocen. A veces soy parte de listas
sabanas interminables. Caigo en la volteada. Debo favores y no hago
absolutamente nada que no me convenga en términos personales. Mi función es a
veces un tanto decorativa. No obstante, cumplo con mi deber supremo: ordeno la
vida. Ni más ni menos que eso. Defino. Caratulo. Etiqueto. Siempre condicionado
por aquellos a los que les debo mi carrera. Por supuesto. No vayan a creer que
hay algo de originalidad en mis postulados. Una campaña nunca es gratis. Un
afiche por neurona. Un minuto en cámara por principio. Esa es más o menos la
ecuación”.
“Mi
relación con los pobres es ambivalente. Me votan y me gusta que lo hagan. Eso
es indudable. Digo que los pobres me importan y la verdad me importan un
carajo. El problema es que lamentablemente son mayoría. Qué se le va a hacer.
Aún no somos tan avanzados como ustedes”.
“Legislo.
De eso se trata mi trabajo. Hago leyes. Tengo un puñado de asesores a mi cargo,
pero generalmente no me asesoran. Son mis secretarios. Les digo asesores porque
queda más rimbombante, pero sus opiniones son para mí completamente intrascendentes. Quién
va a atreverse a decirle lo que tiene que pensar a alguien como yo. No seamos
ilusos. La gente no quiere iluminados”.
“Cada
tanto se me ocurren cosas interesantes. Nada demasiado revolucionario por
supuesto. Mi banca, por definición, es una concesión de principios. Creo que
algo ya dije al respecto. De todas maneras siempre tengo un as bajo la manga. Cuando
no se me ocurre nada efectivo para abordar la problemática social recurro al
encierro y sanseacabó. Qué maravilla. Jaulas cromadas. Nos salvan la vida.
Disimulamos nuestra estupidez. Son fabulosas. Ustedes lo tienen re claro, ¿no?”.
“En lo
que hace al delito, año tras año, sesión tras sesión hacemos lo mismo. En
Argentina tenemos alrededor de 1500 conductas castigadas con la cárcel. Todo un record. Como podrán imaginarlo estamos orgullosísimos y vamos por más. El
derecho penal es nuestro Sai Baba. Nuestro fetiche. Qué sería de
nosotros sin su histrionismo. Tiene propiedades sedantes, anestésicas. Lo pide
la gente eh!! Y si la gente lo pide… hay que darle para adelante”.
“¿Qué? ¿Qué
la gente son los pobres? ¿Qué la gente es la gente? Nooooo. Nada que ver. La
gente son los financistas de nuestras campañas. La gente somos nosotros. Nuestros espejos. La gente
es una revista. ADN e Infusión. Lo entendiste, ¿no? ¡Ja! Hoy estoy con todas las
luces”.
Síntesis y declaración de principios. A propósito de las
dudas que la teoría y la praxis de la “no pena” genera en propios y extraños.
A modo de panfleto. Una visión LTF.
El abolicionismo
penal es una corriente de pensamiento y/o unmovimiento social cuyo principal objetivo es la erradicación de la
cárcel y el sistema penal en su conjunto.
Para el
abolicionismo penal los “delitos” son conflictos entre partes. Ni más ni menos
que eso. Conflictos que en algún tiempo y espacio el poder de turno etiquetó de
esa manera, respondiendo a ciertos intereses y circunstancias claramente
identificados con las ideologías dominantes que desde tiempos inmemoriales
permanecen ocupando espacios de privilegio a costa de la opresión y
sometimiento de la gran mayoría de la población del planeta.
El delito como tal
no existe. Es una mera construcción socio-política. Su ontología es cuasi mítica. Su “categorización”
y/o “etiqueta” debe necesariamente ser contextualizada.
Por sólo citar un
ejemplo, no casualmente en pleno auge de la revolución industrial durante la
segunda mitad del siglo XIX la vedette de los Códigos Penales de entonces fueron
los “delitos contra la propiedad”.
Política, economía
y sistema penal son nociones que siempre deben ser analizadas en conjunto. A no
pasar por alto este detalle.
Un abolicionista
penal cree que los conflictos deben ser regulados teniendo en cuenta ciertos
principios fundamentales:
Debemos buscar
soluciones y/o respuestas que favorezcan a ambas partes y que no contribuyan al
agravamiento del incidente tal cual lo hace la cárcel y el sistema penal en
todas sus formas.
Debemos acercar a
los directamente involucrados, devolverles el conflicto que otrora les fuera
expropiado por el Estado y darles el protagonismo que realmente merecen.
Incentivar la
creatividad de los que vívidamente padecieron las consecuencias del conflicto
en cuestión y desalentar cualquier ademán agresivo que pueda llegar a
germinarse.
Para un
abolicionista penal el sistema penal es venganza en su estado más puro. El ojo
por ojo que, parafraseando a Gandhi, hará que -tarde o temprano- todos nos
quedemos ciegos.
La violencia genera
más violencia. Creer que con ella solucionaremos en algo las problemáticas que de por sí tienen todas las sociedades modernas representa, en el
mejor de los casos, un acto de inocente ingenuidad; y, en el peor, un ejemplo más
de cómo los poderosos y los sectores acomodados y poco solidarios con los que
menos tienen suelen aceptar con beneplácito aquellas estructuras que contribuyen
a la eterna indemnidad del statu quo.
Yendo aún un poco
más lejos, pensamos con total convicción que la abolición de la cárcel, en su
calidad de baluarte por excelencia del sistema penal vigente, traería aparejada
la reducción del conflicto social, generando -como consecuencia de ello- una notable merma de lo que
comúnmente los medios masivos de comunicación denominan “inseguridad”.
Si los políticos
profesionales advirtieran esto quizás echarían mano en forma más frecuente a la
teoría y la praxis de la “no pena”.
En esta dirección el abolicionismo
penal, hoy mala palabra, podría devenir tranquilamente en política pública pasible
de aceptación generalizada.
Para un
abolicionista penal el sistema penal es un instrumento de engaño permanente.
Selectivo y sectario. Sus “clientes” representan en altísimos porcentajes a las
clases más pobres. A los excluidos de siempre.
Difícilmente el
sistema penal se meta con los poderosos, sino por el contrario Poder y Sistema
Penal son aliados inseparables.
Un abolicionista
penal descree absolutamente de cada una de las "teorías de la pena". El castigo
no reeduca, no previene conflictos ni reconcilia al infractor con la divinidad, no evita la venganza privada ni cohesiona a
los actores sociales en un único e indiscutible paradigma social.
El castigo es castigo. Corporal y visible. Esta es la única realidad.
Todas las demás son ideas tendenciosas, absurdas e interesadas que pretenden
tapar el sol con el pulgar. Mentiras proclives a darle al Estado prerrogativas morales que
claramente no tiene; y a la autoridad eventual, el “brazo armado” necesario para
mantener -a capa y espada- su tan preciada posición de mando.
El sistema penal es infligir dolor a seres humanos inescrupulosamente, digitarlos
como fichas de ajedrez carentes de sensibilidad alguna. Es tiempo de vida
arrebatado en pos de fines francamente irracionales.
Por el contrario, el
abolicionismo penal no es un desarrollo meramente académico, snob y/o antojadizo.
Responde a múltiples
influencias teóricas y antecedentes prácticos claramente identificables –como
los movimientos abolicionistas de la esclavitud o de la pena de muerte, por
sólo citar un par de ejemplos-.
El abolicionismo
penal no significa pretender que mañana mismo el sistema penal desaparezca o
derrumbar las cárceles utilizando la violencia como método.
Tampoco significa
no hacer nada ante aquellos acontecimientos hoy catalogados políticamente como “delitos”.
A no confundirse.
Que el abolicionismo penal no crea en soluciones punitivas recetadas
normativamente por burócratas de traje y corbata, no significa que no promueva
la regulación y/o solución de los conflictos referidos recurriendo a herramientas muchísimo
más civilizadas, comprometidas, inteligentes y capaces de aportar soluciones
únicas e irrepetibles, atendiendo estrictamente a las particularidades también
únicas e irrepetibles del caso en concreto.
Se alienta la
constitución de mediaciones comunitarias y el traspaso de la regulación de situaciones
conflictivas, hoy contempladas en el derecho penal, a la órbita civil y/o administrativa,
en el marco de un plan de descriminalización progresiva de conductas y con el respaldo de una
"decisión política" clara en el sentido de prohibir la construcción de nuevos
establecimientos penitenciarios.
El abolicionismo penal
no es una isla ideológica. Un abolicionista penal no cree que con abolir el sistema
penal todo se soluciona de la noche a la mañana.
Junto con la
abolición progresiva y razonada del sistema penal resulta imperioso activar
acciones sociales, políticas y económicas quetengan como objetivo solucionar problemáticas estructurales urgentes
como la desigualdad, el hambre, la pobreza, el analfabetismo, la desnutrición
infantil, la concentración hegemónica de los medios de comunicación, la
multiplicación permanente de monopolios industriales y financieros -amparados
por poderes políticos dóciles y justicias amigas-, la discriminación en todas
sus variantes, y una interminable lista de etcéteras que no hacen más que
evidenciar la enorme cantidad de falencias que quedan aún por
resolver.
El abolicionismo
penal no es un dogma autoritario ni un canto al positivismo epistemológico que
busca hasta debajo de las piedras conocimientos objetivos y empíricamente
verificables.
El abolicionismo
penal se nutre de dudas e inquietudes permanentes y no de axiomas o
mandamientos sacros. El abolicionismo penal es –por definición- un ejercicio
creativo, artístico y libertario. Imaginación no punitiva y militancia.
Apostillas sobre la
mediatización del castigo y sus consecuencias sociales
I.
La actualidad de los
medios de comunicación en relación al tratamiento que hacen de la criminalidad
y a la cobertura que realizan de las diferentes actividades de las agencias del
sistema penal, es cuanto menos preocupante.
La espectacularidad,
la utilización de seres humanos con fines lucrativos, la instalación del miedo,
los discursos tendenciosos y la banalización de las problemáticas sociales, son
moneda corriente en la televisión, la radio y los medios gráficos.
“El espectáculo
puede dejar de hablar de algo durante tres días y es como si ese algo no
existiese. Habla de cualquier otra cosa y es esa cosa la que existe a partir de
entonces. Como puede verse, las consecuencias prácticas son inmensas”. (DEBORD,
1990, p. 32).
Se explota la
rentabilidad del “crimen”. Se negocia con el dolor de los demás, llevando la
cobertura mediática a niveles de extrema morbosidad.
En Argentina son
harto famosos los titulares del diario Crónica, reproducidos a su vez por el
canal de televisión del mismo nombre.
Fondo rojo, letras
blancas y una música que recuerda bastante a las marchas militares
ultra-nacionalistas del siglo XIX. Racismo, desparpajo informativo o vaya a
saber uno que extraña motivación: “Accidente fatal en Flores: Mueren dos
personas y un boliviano”, supo leerse alguna vez en algún mediodía frente a la
pantalla de la “caja boba”.
II.
Una de las
problemáticas que más pueden llegar a preocuparnos en torno a los medios de
comunicación y su relación con el aparato punitivo es aquella que se
circunscribe a la publicidad del juicio penal. Momento culmine en el cual el
sistema represivo del Estado pretende legitimarse cual años atrás lo hacía desde
el patíbulo.
Los medios masivos
de comunicación, generando juicios paralelos vacíos de garantía alguna,
doblegan la violencia estructural, que de por sí tiene el sistema penal.
En el marco de una
sociedad globalizada posmoderna e híper industrializada, con los avances
tecnológicos que se encuentran en la actualidad a disposición del ciudadano
medio, sería necio hablar de la publicidad de los juicios penales limitándonos
sólo a lo que acontece en el marco físico de las cortes judiciales.
Los medios de comunicación,
y en especial la televisión desbordaron todo posible límite tempo-espacial,
llevando lo acontecido en los tribunales al hábitat cotidiano de la real
masividad.
La atención directa
que el pueblo ejercía en los enjuiciamientos acusatorios típicos de la cultura
helénica clásica se ve siglos más tarde suplantada por espectadores que desde
el cómodo espacio del salón de sus hogares ejercen diariamente funciones de
“contralor” en forma consciente o inconsciente.
III.
Pero ¿qué es lo que
les llega a estos consumidores de medios masivos de comunicación? Evidentemente
algo muy distinto a lo que en el preciso lugar de los hechos podrían llegar a
percibir.
La prensa; sea
radial, televisiva o escrita; distorsiona la realidad.
Siguiendo agendas meramente
comerciales (LASSITER, 1996, p. 1000), pone a disposición de la muchedumbre lo
que en ese momento le proporciona mayores réditos económicos.
En una suerte de
retro-alimentación permanente entre la “opinión pública y la opinión publicada”
(SCHNEIDER, 1989, p. 78) se genera un círculo vicioso, en el que no se sabe a
ciencia cierta si la prensa responde a demandas populares o viceversa.
En una sociedad de
masas la ficción suele ocupar un rol aún más determinante que la propia
realidad. El simplismo mediático y la presentación de complejas problemáticas
reducidas a la voz arbitraria de lo efímero nos muestran escenarios que desde
un pensamiento socio-criminológico relativamente serio deben ser fuertemente
cuestionados.
Siempre es mucho más
atractivo presentar a los miembros carnales del conflicto que deriva en un
juicio penal como personajes antagónicos y claramente estereotipados;
criminales maliciosos y detestables por un lado y por el otro víctimas
virtuosas, hasta en ciertas ocasiones queribles, que en un gran porcentaje de
los casos son estructuradas desde lo escénico como incapaces de provocar la
reacción que el victimario finalmente tuvo.
Esto contribuye
necesariamente a la lógica de razonamiento que nos lleva a pensar en el
criminal como un enemigo social y no como un ciudadano que perjudicó a otro.
Se lo demoniza y a
partir de ahí nos creemos con el derecho de tratarlo como algo diferente a un
ser humano. Ente peligroso que como tal tiene menos atribuciones que el
ciudadano no “desviado”.
IV.
Igualmente grave son
las consecuencias sociales que se generan cuando la prensa asociada a los
poderes del Estado -o siguiendo simplemente el ánimo de lucro natural de su
actividad- recrea “modas delictivas” de dudosa verosimilitud material.
La mecánica
mercadotécnica de los medios de comunicación es la siguiente: publican una
noticia sobre determinado delito, si esta noticia tiene buena recepción desde el
punto de vista de la cantidad de ejemplares vendidos o si tiene buen rating, de
ahí en adelante se dedicarán a publicitar hechos de características similares.
La cantidad de
páginas dedicadas a este tipo de sucesos, el lenguaje utilizado para referirse a
los protagonistas de las historias criminales, la utilización de imágenes,
ediciones, música de fondo, entre tantos otros detalles, están fríamente
calculados.
En otro orden de
ideas, vale decir que la prensa y sus particulares métodos, a su vez, puede llegar
a afectar a los propios testigos judiciales (LASSITER, op.cit., p. 968)
generando en sus imaginarios nociones distintas a las que el propio sujeto
efectivamente vio, sintió o escuchó.
El llamado “witness
marketing”resulta
por demás problemático. Testigos declarando fuera del ámbito de la corte y
medios de prensa luchando vorazmente por la primicia.
Finalmente planteo
con preocupación la posibilidad de que en algunos casos la prensa adopte como
propias funciones de investigación que no debería tener, tal es el caso del
ejemplo de la serie “XY ungelost” que durante años en pantalla en Alemania,
Suiza y Austria proporcionó datos para el esclarecimiento de casos pendientes
de resolución, publicando incluso fotos de personas relacionándolas con la
comisión de “delitos” sin que éstas aún hayan sido condenadas en juicio.
V.
La morbosidad del
espectáculo judicial llevado a un extremo tal que en si misma representa un
castigo anticipado para el imputado, también es algo que debe ser atendido.
Para evitar esto no
basta tan solo con limitar el obrar muchas veces despiadado de la prensa, sino
que hay que realmente tratar al individuo como a un ser humano inocente hasta
que una sentencia firme determine lo contrario.
El maltrato recibido
de parte de los jueces o los espectadores del juicio, llámese familiares de la
víctima, llámese personas sin ningún tipo de relación con el caso, son
cuestiones que deben ser completamente repelidas -al igual que las sanciones
preventivas, o la exposición del imputado con esposas u otros elementos
estigmatizantes-.
También es menester evitar
prácticas arcaicas por definición, que llegan hasta el patético extremo de
darle rasgos circenses incluso a la propia muerte.
Repudio
enérgicamente, por solo citar un ejemplo, la publicación de las últimas
palabras de los condenados a la pena capital que el Estado de Texas lleva
adelante en su sitio web oficial. (Véase:
http://www.tdcj.state.tx.us/stat/executedoffenders.htm).
Por último resta
analizar cómo se relaciona el instituto de la publicidad del juicio penal con
el derecho que todo individuo tiene a preservar impoluta su esfera de
intimidad. Otra cuestión largamente debatida que siempre suele generar más
interrogantes que respuestas.
Nuevamente creo
imposible la formulación de reglas absolutas. Lo determinante para equilibrar
la relación de estos dos derechos en latente conflicto será recurrir al
análisis pormenorizado del caso específico.
Con la prensa y
desde su indubitable rol masificador las posibles perturbaciones a este delgado
espectro fueron incrementándose.
Definir hasta qué
punto la publicación de noticias relacionadas a hechos delictivos resultan afectaciones
concretas a la prerrogativa “intimidad” no es tarea sencilla.
VI.
Las problemáticas
son infinitas. Lo público, lo privado, el poder, el no poder y tantas otras
complejas parcelas analíticas tiñen cualquier aproximación que podamos hacer al
respecto.
Entre tantas
vacilaciones, una única certeza: todo lo expuesto, jamás puede ser concebido
como algo aislado.
Un modelo económico
y político se nutre de todo lo aquí puesto en crisis. La cárcel, y el sistema
penal en su conjunto, son por así decirlo sólo el “brazo armado” de un grupo
ideológico represivo mucho más gigantesco y amenazador.
Como bien apunta
Francesc Barata a “La experiencia mediática no podemos considerarla como algo
ajeno a la sociedad, sino que hay que contemplarla como un elemento más del
devenir social” (BARATA, F., 2003, p. 15).
Nada es casual. Todo
tiene un contexto. Estudiar la controvertida relación existente entre los
medios de comunicación masivos y el “crimen”, el control social y sus
vericuetos, prescindiendo de las circunstancias históricas, políticas,
económicas y culturales que la rodean es un acto de irresponsable e inaceptable
reduccionismo.
Maximiliano Postay
BIBLIOGRAFÍA MENCIONADA:
BARATA, F., “Los mass media y la cultura del miedo”,
en Revista Panóptico, nº 6, 2º semestre 2006, Virus, Barcelona
LASSITER, C., TV or not TV. That is the question, en The Journal of Criminal Law
& Criminology, Vol 86, Nº 3, Northwestern University, Chicago, 1996
SCHNEIDER, H., La criminalidad en
los medios de comunicación de masas, en Doctrina Penal, Año 12, Nº 45/48,
Ed. Depalma, Buenos Aires, 1989
DEBORD, G., Comentarios sobre la sociedad del espectáculo, Anagrama,
Barcelona, 1990