Si, tal vez, pero si hubiera hecho todo, mi hijo
estaría vivo.
La
presión de los medios –una vez más- se engolosina con la producción de un "otro" (adicto al paco) que no reviste características humanas, sino la de un
aberrante extraño, que en función de su adicción, puede cometer cualquier tipo
de ilícito (por lo pronto consumir esa sustancia diabólica -paco, cocaína,
marihuana o cualquier sustancia distorsiva que lo convierta en
antisocial-).
Con ese criterio, en el mejor de los casos va a tramitar su posible condena
(jurídica), por otra pena disfrazada de bondadosa opción: un “tratamiento” que esconde obligaciones y sometimientos de toda índole: un cambio de la
categoría “delincuente” a “enfermo”, sin más trámite, pero con idénticas
características de desposeimiento de su voluntad, desconocimiento de su
palabra, compulsión sin réplica, castigos por nimiedades, confusión de
prolijidades externas (orden, limpieza, tareas subalternas, etc.) y ausencia de consciencia; u ordenamientos tales como los tratamientos de "chaleco químico", codificados e inducidos -en sentido alienante- por la ciencia y el "saber médico". Orden voluntario de aquellos que pasaron por la experiencia, se
“salvaron y por lo tanto están habilitados para “curar” esta curiosa enfermedad que
solamente los que la padecieron, pueden tratar...
Y esto se hace (ante la ausencia
de palabras y conocimientos específicos) a través de órdenes, conductas
visibles buenas, pulcritud, aseo y demás yerbas, que poco hacen a cambios
trascendentes o de posición interrogante que permita resolver la actitud de
consumo compulsivo y hecho estodesde el
criterio abstencionista, que pretende la falta de consumo como condición básica
para la recuperación del usuario-. Esto es, cero reconocimiento a las
condiciones de mínima autonomía del usuario. Y a pesar que se lo pueda
considerar “paciente” en realidad se lo considera simplemente no autonómico,
dejándolo en situación de cumplimiento de órdenes personales y de
directivas colectivas de todo tipo.
Ese
es el panorama para una persona que meramente consume, que en tanto transgresor
moral, prácticamente se le desconoce todo derecho. Y eso se traslada casi sin
transición a las formas de la mayoría de los tratamientos. Si
esto es así, para los sistemas que se ocupan de los supuestos tratamientos
desde la lógica moralista, imaginemos el posicionamiento y los comentarios
inductores en apoyo del discurso oficial (el incorporado en sustancias,
informes profesionales, informativos periodísticos, comentarios de
“especialistas”, etc.). Discurso oficial -no de gobierno, sino del
supuesto “deber ser” sobre el comportamiento social esperado- que y básicamente
es un discurso de inclusión (el no consumo) y de exclusión (los consumos de
sustancias) que usualmente ya tiene asignación previa sobre una supuesta
peligrosidad, esto es: pobres, marginados, pobladores de asentamientos,
personas pertenecientes a grupos “inadecuados” políticamente, artistas,
bohemios, distintas pertenencias socialmente mal vistas, etc.
De
forma que el daño, el problema de las drogas -la cuestión de las drogas y otras
aseveraciones semejantes- por lo general está apuntalado por un discurso
normativo de exclusiones anticipadas, que quiere controlarlo. Para eso y
frecuentemente se usa ese discurso absurdo de la "peligrosidad" (y nada más)
que puede llegar a crear al “monstruo” y usarlo de alivia conciencia y
disculpador de todos los abandonos previos y actuales frente a todo el cuerpo
social. Obviamente quienes son "señaladores habituales" también son los que
poco o nada se interesan por los derechos y déficits del resto de la
ciudadanía.
Aunque
para nosotros sea poco conocido, la teoría y praxis del no castigo, tiene
cierto nivel de desarrollo en nuestro país vecino.
Según
pudo contarnos María Lucía Karam, jueza abolicionista brasileña, que en los años
ochenta se destacó por su tendencia a no condenar a personas acusados de
haber cometido delitos tales como la tenencia o el consumo de drogas, el
abolicionismo penal llega a Brasil en la década del ochenta del pasado siglo XX,
de la mano del profesor holandés Louk Hulsman.
A
diferencia de lo que ocurrió en el resto de Sudamérica, donde el derecho penal
mínimo de Alessandro Baratta caló hondo en los claustros académicos de la por
entonces denominada criminología crítica o criminología de la liberación, en
Brasil el autor de culto por aquellos años fue este simpático norte-europeo
signado por el paso por un campo de concentración nazi durante su juventud y
una incansable actividad gubernamental en los Países Bajos, estado en el que
logró reducir la cantidad de reclusos de 55 a 18 cada 100.000 habitantes
en pocos años.
La
primera obra abolicionista que llega a Brasil fue “Peines perdues”, de Louk
Hulsman, traducida por la propia Karam.
Poco
tiempo después se traducirían textos de Christie y Mathiesen y los mismos
brasileños empezarían a desarrollar sus propias reflexiones.
Entre
las obras más destacadas del pensamiento abolicionista en Brasil pueden
mencionarse la antología de textos publicada como “Curso Livre de abolicionismo
penal”, las conversaciones libertarias de Edson Passetti y el texto de Karam
“De crímenes, penas y fantasías”.
Paralelamente
aparecieron revistas, cursos, seminarios y hasta programas de televisión.
Desde
el punto de vista teórico, sin dudas el principal aporte de esta nueva
corriente fue el concepto de “Heteropía libertaria” de Passetti. Para el autor
brasileño la heteropía, a diferencia de la utopía, se encuentra al alcance de
nuestras manos y puede materializarse incluso desde la vida cotidiana.
Ambas
cosas se complementan. El fin utópico, casi inalcanzable, y los medios imperceptibles a priori, del quehacer transicional.
De
la mano de Karam, el tema “drogas” también apuntaló el desarrollo del
abolicionismo penal en Brasil. Anti-prohibicionismo, legalización y discusiones
en torno a la constitucionalidad o no de tipos penales que cuestionen
actividades privadas como puede ser el hecho de consumir una línea de cocaína o
un cigarrillo de marihuana, empezaron a ser frecuentes en los ámbitos de
discusión socio-jurídico penal brasileños.
Fieles
a sus raíces libertarias los abolicionistas brasileños difunden sus ideas, plenos
de convicciones y entusiasmo pero sin ánimos de adoctrinamiento.
En
este sentido María Lucía Karam supo decirnos que no obstante ser muy difícil la
divulgación de ideas tan radicales como las abolicionistas, su optimismo se
fundamenta en el hecho de que cada vez que ella tiene la posibilidad de hablar
en público, al menos una persona se le acerca
ofreciendo ayuda y reclamando mayor información.
Cabe
destacar la importancia que los abolicionistas brasileños le dan a la difusión
de sus ideas, reuniones y proyectos desde internet.
Por
sólo citar un ejemplo www.nu-sol.org publica las
diferentes ediciones de la revista anarquista y abolicionista penal Verve, los
eventos anarquistas y abolicionistas que pueden resultar de interés y
diferentes trabajos clásicos y contemporáneos sobre anarquismo y abolicionismo.
También
en este sentido deben destacarse algunas limitaciones.
Brasil,
no obstante ser el país más grande y poderoso del continente, tiene el "problema"
de ser uno de los pocos Estados latinoamericanos en los que no se habla
español; por ende la tendencia –voluntaria o involuntariamente- es a cerrarse y
generar micro-climas de exclusivo predominio portugués-parlante.
La
integración del abolicionismo brasileño con otros simpatizantes y/o
agrupaciones abolicionistas desparramadas por el resto de Latinoamérica es
imprescindible si lo que se pretende es tener una incidencia regional realmente
significativa. A trabajar en ello.
TOUR GRATUITO. PROHIBIDO COBRAR.
PROHIBIDO NO COBRAR. PROHIBIDO PAGAR. PROHIBIDO NO PAGAR. PROHIBIDO DEVELAR LA
DERROTA. PROHIBIDO GANAR. SOMOS ESTUPIDOS, PROHIBIDO CONTRADECIR NUESTRO
EPITAFIO.
I.
Bienvenidos al maravilloso mundo
del fracaso del prohibicionismo. Una tierra de oportunidades, si lo que se
busca es hacer cosas que no sirven para nada y ganarse el voto de alguna señora
de Barrio Norte, Recoleta o Belgrano R.
Bienvenidos, pasen, pónganse
cómodos. Fascinante geografía de decisiones pelotudas. Sombras chinescas.
Reduccionismo. Eficacia sobreactuada. Inmediatez santificada. Mucho botox, comportamiento
de manual, doble moral y cinismo.
Que vivan los fumadores
subacuáticos. Que vivan las “manos negras”. Los cliches. Los opinólogos a
sueldo.
Aquí se dice que las putas son
horribles. Que coger sin amor es horrible. Y que ser un proxeneta es más
horrible todavía. Aquí se dice que los
departamentos privados y cabarets deben ser clausurados; aquí se dice eso y al
mismo tiempo se le regala un viajecito a las Bahamas a una secretaria, con el
propósito de ligar algún que otro favor sexual.
”Eso no es pagar por amor. Eso es
ser un caballero. Usted no entiende nada mi amigo. Lo suyo es envidia pura”. Un
fulano de traje prende su habano, se acomoda su panza con ambas manos y le
manotea el culo a la primera adolescente que pasa por su lado. Exhala una
carcajada hilarante, me mira concierto
auto-fanatismo y ensaya la primera pitada. El humo dibuja un signo
fantasmagórico sobre su rostro excitado. De fondo suena una canción de Cacho
Castaña.
Aquí se intenta terminar con la
problemática de la promoción de la prostitución y la supuesta apología mediática
de la “trata de personas” prohibiendo el mitológico “rubro 59”.[1]
La respuesta de la masa no tarda
en llegar. El “rubro 59” desaparece casi por completo. Un éxito.
Los políticos iluminados que
propusieron su derogación se rasgan las vestiduras. Sueñan con su inmortalidad
en los libros de historia. “Ya hablarán de nosotros, entre guardapolvos, gomas
de borrar y lápices de grafito”. La música cambia repentinamente. Marcha
triunfal. Giusseppe Verdi vestido de jugador estrella de la selección nacional
de fútbol, ingleses apilados, Victor Hugo, relato memorable y barrilete
cósmico.
Silencio, sorpresa. Habilidad gramatical.
Dogmas destruidos. La nueva tendencia ofrece el primer veredicto: muerto el
“rubro 59”, la rabia por el polvo fácil sigue ultra vigente: “Señorita soltera
busca hombre para relación informal”. Salto a la cerca. Página sesenta y pico
del “gran diario argentino”.
Risas, escándalo, cine mudo. El
gordo y su habano se van por los aires. El gordo pisa la cáscara de una banana,
un payaso lo mira y le tira agua en los ojos con una pistola plástica. El gordo
se levanta y vuelve a caer esta vez de trompa al piso. Aparecen siete enanos
disfrazados de Hannibal Lechter y al oído le susurran el nuevo hit de Justin
Bieber. El gordo corre, casi sin ropa.
Primer Acto: Prohibir da felicidad;
Segundo Acto: Prohibir motiva la creatividad del impedido; Tercer Acto: Prohibir
ridiculiza al artífice de la prohibición.
II.
Bienvenidos al maravilloso mundo
del fracaso del prohibicionismo. “Gobernador, Gobernador. Quiero solucionar un
problema gravísimo. Los chicos están como locos. La noche los vuelve satánicos.
Gobernador, Gobernador. Usted que todo lo puede. Usted que todo lo sabe. ¿Qué
se le ocurre?”.
El líder rasca su barbilla. Mira
fijo a un asesor que no asesora. Misterio. Suspenso. Ansiedad. El líder no
puede esperar. Se debe a su público y lanza una respuesta.
Un E.T. platense une su dedo
índice con la nariz del jefe distrital. A pocos metros del lugar, un ejército
de aduladores rentados festeja la iniciativa de su referente. A partir de ahora
todos los boliches bailables a los que concurran los jóvenes bonaerenses
deberán tener estricto horario de finalización. Queda absolutamente prohibido
que cierren después de las 5:30 am.[2]
Brillante, superlativo.
Estructuralmente superior. “Anuncien la medida con bombos y platillos. Esto
seguramente ha de posicionarme como presidenciable”. Voceros, papeles al
viento, medios de comunicación, conferencias de prensa. Más, me das cada día
más. Valeria Lynch.
Silencio II. Parece que eso de
salir todos a la misma hora genera muchos disturbios. En los lugares donde hay
más de un boliche (generalmente suelen estar bastante próximos unos con otros)
los jóvenes se encuentran masivamente a la salida. Acumulación. Muchedumbre y
muchas veces caos. Encima todavía es de noche y los riesgos de camino a casa se
multiplican como consecuencia de ello.
Acto megalómano suspendido. El
Gobernador sufre un ataque de epilepsia. Benny Hill corretea rubias en el salón
principal de la Casa de Gobierno. Nuevamente aparecen siete enanos, esta vez disfrazados
de motonautas. Lluvia de sillas. Entre el tumulto se hace presente el club de
fans de Kapanga, y en homenaje a su banda de culto recitan la letra de “el mono
relojero”, cual coro Kennedy. La primera dama provincial promociona sus
perfumes. Dos estatuas vivientes ven caer su maquillaje. Otra vez el mismo payaso
de antes y su pistolita carnavelesca haciendo de las suyas.
III.
Bienvenidos al maravilloso mundo
del fracaso del prohibicionismo. Las drogas están prohibidas hace años y la
historia no cambió ni una coma. El negocio crece. Las muertes se multiplican.
No aprendimos nada con las consecuencias de “la ley seca”. Seguimos recitando
“padresnuestros”. Dios, falopero mío, armate un“cigarro” con tu corona de espinas. A la cárcel van los perejiles. Se
prohíbe el consumo de estupefacientes, se prohíbe su tenencia; el Estado
imperializa su tan particular moral, coloniza almas, ejemplifica, obliga;y ¿nos quejamos de Cameron y su séquito de piratas?
Vaya paradoja.
Bienvenidos. Abrazo de oso para
todos.
Cuánto tiempo sin verte. Estás
igual.
Aquí un “noticiero” es “contenido
no apto para niños y adolescentes”. No vaya a ser que a los pibes se les dé por
estar informados. Está bien. Hay que reconocerlo. Es cierto. Muchos periodistas
son despreciables, pero tampoco es para tanto…
Bienvenidos. Tapate los ojos. En
la televisión hay una teta. Pezón, pezón. Círculo vicioso que alimenta
degenerados. Corrupción maternal. Desecho tóxico.
Yo te aviso cuando puedas volver
a mirar. No hagas trampa. Te estoy vigilando.
La legitimación
de la guerra contra la droga a través
de las palabras
Alessandro Baratta supo decirnos, hace ya más de quince años,
tomando como referencia la teoría sistémica de Niklas Luhmann, que la política
de drogas contemporánea –aún hoy vigente-, constituye un sistema autorreferencial,
que se reproduce a sí mismo ideológica y materialmente[1].
Por reproducción ideológica el autor entiende “el proceso general
a través del cual cada actor o grupo de actores integrados en el sistema
encuentra confirmación de su propia imagen de la realidad en la actitud de sus
propios actores”; mientras que por reproducción material entiende la producción
“de una realidad por parte del sistema “conforme a laimagen de la cual surge y que la legitima”[2].
Esta realidad que el sistema autorreproduce está, según el
profesor italiano, caracterizada por cuatro elementos:
a) la relación necesaria entre consumo y drogodependencia;
b) la pertenencia de los toxicómanos a una subcultura que no comparte
el sentido de la realidad propio de la mayoría de los “normales”;
c) el hecho de que los drogodependientes tienen un comportamiento
asocial y delictivo que los aísla de la vida productiva y los lleva hacia
carreras criminales;
d) el estado de enfermedad psicofísica de los drogodependientes y
la irreversibilidad de la dependencia.
Este sistema prohibicionista de drogas, por lo tanto, “produce por
sí mismo la realidad que lo legitima”[3],
generándose así lo que tanto Baratta como Escohotado denominan “profecías autocumplidas”, siendo una de
sus principales características “el hecho de que los actores se confirman
recíprocamente en su actitud favorable a la actual política de la droga”[4].
En este sistema, continúa Baratta, hay un solo grupo desviado,
apartado: el de los drogodependientes, el cual no sólo es funcional a esa
autorreproducción del sistema sino que además la refuerza.
Estos diferentes grupos del sistema están formados por los
expertos, las instituciones, el público y la prensa, artífices del desarrollo “tanto
a nivel real como simbólico de la guerra contra el problema de la droga”[5][6].
Lareproducción ideológica
y material de este sistema, está sustentada por sus discursos, los cuales reconfirman
aquellos cuatro elementos de la realidad que fueran enumerados hace unas líneas.
Parafraseando a Rosa del Olmo, lo que se produce entre esa
realidad y el discurso, es una suerte de retroalimentación, ya que éste es
“parte constitutiva de la realidad condicionándola” y a su vez aquella “refuerza
los contenidos del discurso”.
El lenguaje se torna, de esa forma, una herramienta paraconstruir realidades a partir de subjetividades[7],
formando una pieza fundamental del sistema cerrado de la droga del cual habla
Baratta, manejándose para crear percepciones, dando vía libre a la eventual
legitimación de determinadas políticas estatales.
La forma de referirnos a determinados hechos, fenómenos o
procesos,reflejan nuestra posición ante
aquello de lo que estamos hablando.
En la temática drogas, -como en otras, claro-, la elección de los
términos y las palabras que se usan para describir los diferentes aspectos del
fenómeno indica cuál es nuestroposicionamiento al respecto.
A continuación analizaremos brevemente algunos ejemplos de cómo la
elección de utilizar un término va de la mano de un determinado discurso y una
determinada ideología.
En primer lugar, ya de por sí, decir droga o drogas implica un
modo de ver la temática desde perspectivas diferentes.
Como sostiene Alberto Calabrese, referirnos a la droga de forma
singular, “es una forma de potenciarla en ese
imaginario colectivo como algo muy importante, como decir <<la
belleza>>, <<la maldad>>”, al no diferenciarlas, “le estamos
dando una categorización del mal tremendo, que siempre viene del otro lado de
la frontera”. Esta terminología, no es fruto de una equivocación, si no que es lo
que –por el contrario- le da un significado y una directriz específicos a las
políticas de drogas.[8]
Por otro lado, desde el punto de vista de los componentes y de los
efectos de las distintas sustancias, decir droga
es incorrecto, ya que es imposible englobar todas las drogas dentro de una
clasificación de este tipo.
Siguiendo esta línea, Escohotado sostiene que “el criterio de
quienes gestionan el control social entiende que, por definición cualquier
sustancia psicotrópica es una trampa a las reglas del juego limpio: lesiona por
fuerza la constitución psicosomática del usuario, perjudica necesariamente a
las demás y traiciona las esperanzas éticas depositadas en sus ciudadanos por
los Estados”[9]. Es decir, cuando decimos droga, debemos tener
conciencia que estamos hablando desde el discurso “criminalizador y
prohibicionista hegemónico”[10].
En cuanto a la utilización del término problema de la droga, Baratta explica que está directamente
relacionado con la llegada del capitalismo, ya que es cuando las drogas – que
antes eran algo “normal”- pierden su vinculación secular con las economías
locales y se convierten en objeto de rápidos procesos de transculturización[11].
Otro término que se escucha repetidamente cuando se habla de esta
temática es el mundo de la droga.
Baratta sostiene que esta sentencia forma parte de la representación
unidimensional proveniente del discurso oficial.
En vez de mundo de la droga, el autor italiano sugiere que se debe hablar de mundos de las drogas, ya que si bien hay un
determinado mundo de la droga, que es
el que es visible a la sociedad, “existen otros mundos subterráneos, discretos
e invisibles, y desde este punto de vista, privilegiados”[12];
es decir, aquellos en los cuales habitan usuarios cuyos consumos no generan una reacción social y
penal.
Por otra parte, desde el discurso hegemónico no se habla de
distintos tipos de usuarios, sino que cuando se hace referencia a aquellos que
consumen drogas, se utiliza el término drogadicto,
generando el imaginario de que sólo hay un tipo de uso de droga: aquél que es
conflictivo y genera dependencia.
Desde el discurso no oficial, en cambio se habla de usuarios y se resalta la necesidad de
distinguir sus diferentes niveles.
El uso conflictivo o no de una droga determinada, no depende únicamente de
esa sustancia, sino también de las características del
individuo y su contexto.
El nexo causal entre drogas y dependencia es un aspecto fundamental
del discurso hegemónico y alarmista acerca de las drogas. En oposición, al
utilizar el término usuario, estamos
equiparando al consumidor de drogas con cualquier otro consumidor usuario de cualquier otro producto del
mercado capitalista; lo que implica, en consecuencia, reconocerle los mismos
derechos.
Otro término que los discursos alternativos a la prohibición insisten
en acuñar es el de drogodependiente
en vez de drogadicto.
Romaní explica que al decir drogodependiente
estamos asimilando el hecho de que el hombre es un ser dependiente por naturaleza
y que todos los hombres somos dependientes de algo; por ello, el término drogodependiente rompe el muro entre el otro usuario de drogas y el “yo” no usuario de drogas.
Por el contrario, cuando se utiliza el término drogadicto –que de por sí, suena mucho
más peyorativo-, se lo utiliza de tal manera que, como manifiesta Romaní,
tiende a etiquetar al sector de la sociedad que consume determinada sustancia
prohibida[13].
Otra diferenciación de términos, que por lo general se confunde es
la despenalización con la desregulación.
El uso de la palabra despenalización por parte de los distintos
actores, genera en el imaginario social la percepción de que las políticas
descriminalizadoras implican un “descontrol” del mercado de drogas; cuando, muy
por el contrario, lo que esas políticas plantean es su regulación.
Este breve análisis terminológico no pretende otra cosa que
reflexionar sobre la responsabilidad que implica en cada uno de nosotros la
utilización o no de ciertas palabras.
Las palabras son los ladrillos con los que se edifican los
discursos; su génesis, su antesala.
Por ello, para ser coherentes con nuestras ideologías, debemos medirlas,
sopesarlas, releerlas. Ser conscientes de sus efectos y de que cada palabra
reproduce nuestro sistema de creencias y percepción del mundo.
María Eugenia D´agostino
[1] Baratta, Alessandro, Introducción
a una sociología de la droga. Problemas y contradicciones del control penal de
las drogodependencias, en A.A.V. V., ¿Legalizar
las drogas? Criterios técnicos para el debate, Editorial Popular, Madrid,
1991, pág. 49. [2] Ibídem, pág. 49. [3] Ibídem, pág.50.
[6] Meudt citado en Baratta, Alessandro, op. cit., pág. 53.
[7]Del Olmo, Rosa: Las drogas y sus
discursos en El derecho penal hoy. Homenaje al Prof. David Baigún,
Ed. del Puerto, Buenos Aires, 1999, pág. 141: “La selección de uno u otro tipo
de señal lingüística refleja los modos de percibir y evaluar el mundo de quien
usa el lenguaje. De este modo, el lenguaje tiene su
efecto en la conformación de la subjetividad y la construcción de la realidad”.
[8] Calabrese, Alberto, El
problema de la droga, ponencia en el Foro de la salud y la cuestión social
de la Confederación Médica de la República Argentina (COMRA), realizado en Buenos Aires, el 23 de noviembre de 2009.
[9] Escohotado, Antonio, Historias
de las drogas (1), Ed. Alianza, Madrid, 1992, pág. 13.
[10] Romaní, Oriol, Las drogas:
sueños y razones, Ed. Ariel, Barcelona, 1999, pág. 41: “La definición del
concepto unificado y estigmatizante de droga hegemónico aún en la actualidad,
durante los año del cambio de siglo –S. XX- en E.E.U.U., con el inicio del
control del opio en Filipinas según las pautas de lo que será el paradigma
prohibicionista y también durante los años de la primera Gran Guerra en Europa,
y puede seguirse a través de los principales convenios internacionales que
fiscalizan determinados productos ocasionando la criminalización de sus
consumidores”.